¿Cómo elegís los proyectos?
Voy aprendiendo. Así también conozco colaboradores, gente maravillosa con la que da gusto trabajar y otra con la que entendés que no. Para los artistas independientes, armar un buen equipo es fundamental. Haciendo una analogía futbolera, después de tanta sobredosis de fútbol que tuvimos estos meses, creo que lo importante es formar un buen equipo.
¿Cómo es un día tuyo cuando no estás de gira?
Tomo clases de canto todas las semanas. Hago yoga. Y después está toda la parte de producción: coordinar los shows, pensar las visuales, organizar cada presentación. Ahora, además, estoy trabajando en un proyecto fotográfico con otro fotógrafo. Él tiene más la parte técnica y yo la pulsión. Estamos haciendo retratos de gente de la cultura argentina con una estética medieval, como si fueran personajes de otra época. Me entusiasma mucho.
Alguna vez dijiste que con los años aprendiste a estar más en sintonía con vos misma. ¿Cómo fue ese aprendizaje?
Con el tiempo aprendí a no tomar decisiones apresuradas. Cuando se trata de un cambio importante, hago mucha introspección. Una de las decisiones más fuertes fue dejar la banda de Charly García. En ese momento él estaba muy bien, haciendo giras por el exterior, pero yo, internamente, ya no me sentía en ese lugar. Me llevó unos seis meses tomar la decisión. Seguía haciendo los shows, trabajando, pero había un ruido adentro mío que no desaparecía. Hasta que un día dije: “Bueno, tengo que hacerlo”. Y estuvo bien. Después tomé otra decisión importante: irme de Buenos Aires e instalarme en el monte, al pie de la sierra. Era salir del centro de todo —los discos, el movimiento, la ciudad— para irme al silencio, a los gauchos, al campo. Al final, lo importante es escuchar qué pasa adentro, más allá de todo lo que sucede afuera.
Alguna vez contaste que también elegiste quedarte en Buenos Aires en lugar de irte por tu green card. ¿Nunca viviste esas decisiones como un punto de no retorno?
Hay algo que siempre me ayudó cuando tenía que tomar una decisión importante: pensar que, si me equivocaba, siempre podía volver atrás. Eso me daba mucha tranquilidad. Me permitía decidir con más ligereza. ¿Por qué pensar que una decisión tiene que ser definitiva? Si uno se equivoca, también puede corregir el rumbo. Por suerte, hasta ahora no me pasó de arrepentirme. Pero saber que existía esa posibilidad me ayudaba a no vivir cada decisión como una tragedia.
Hay algo que siempre me ayudó cuando tenía que tomar una decisión importante: pensar que, si me equivocaba, siempre podía volver atrás. Hay algo que siempre me ayudó cuando tenía que tomar una decisión importante: pensar que, si me equivocaba, siempre podía volver atrás.
¿Y cuándo finalmente decidís?
Hay una palabra que me encanta: sentipensante. La aprendí de (Eduardo) Galeano, que a su vez decía haberla aprendido de un pescador colombiano. Me identifica mucho. Es esa mezcla de sentir y pensar. No decidir solo con la cabeza ni solo con el corazón, sino con las dos cosas juntas. Creo que así fui tomando las decisiones importantes de mi vida.
¿Nadie te empujó hacia la música?
No. Siempre digo que, cuando una semilla está ahí, de alguna manera termina encontrando su camino. Mi mamá, cuando yo ya había vuelto de Estados Unidos y había construido mi vida, me dijo una frase que me quedó para siempre: “Yo a vos no te enseñé nada”. Y era verdad. Me hice sola. Después también entendés la historia de tus padres. Eran otras épocas, otra forma de criar. Hoy se espera otra presencia de los padres; antes era todo mucho más duro.
Sin embargo, tu mamá terminó dejándote otras cosas.
Sí, claro. Era una mujer muy profunda. Poeta. Maestra. Estudiaba una línea de pensamiento vinculada a (Georges) Gurdjieff y (Piotr) Ouspensky, todo ese camino de la evolución del ser humano. Me acuerdo de que, cuando mi hija era chiquita, mi mamá le hablaba de física cuántica. Y yo pensaba: “Mamá, la nena necesita una milanesa” (ríe). Era así. Muy espiritual, muy intelectual. No era una madre del abrazo ni del beso. Pero me dejó otras cosas muy valiosas. Me dejó profundidad. Me dejó la búsqueda de conocerse a uno mismo. Y eso, con los años, aprendí a agradecerlo.
¿Y cómo eras de chica?
Muy sensible. Y muy curiosa. Soy la menor de tres hermanas y me acuerdo de que mi papá decía: “Bueno, Hildita es la más llorona”. Tenía unos berrinches tremendos, era muy emocional. También era la única que parecía ir para el lado del arte. Mis hermanas siguieron otro camino: las dos fueron maestras, como mi mamá.
¿Cómo era esa familia?
Era una familia bastante dispersa. Mis padres estaban separados, en una época en la que eso todavía era raro y hasta daba un poco de vergüenza decirlo. Yo fui pupila en un colegio católico y crecí en esos años previos a la dictadura y durante la dictadura en Argentina. Después me fui a vivir a Estados Unidos, y eso, de alguna manera, me abstrajo de toda la oscuridad política que se vivía acá. Mi adolescencia fue neoyorquina. Tengo una mezcla bastante grande de mundos.
¿Qué recuerdos aparecen cuando pensás en tu casa de la infancia?
No tengo una infancia especialmente feliz. No había una familia muy armada desde el afecto. Mi papá era militar, mi mamá maestra y poeta, pero los dos eran bastante distantes. Hoy, mirándolo con la perspectiva del tiempo, creo que eran personas muy concentradas en sí mismas. No nos transmitieron demasiado amor desde lo cotidiano. Entre nosotras, las tres hermanas, sí había mucha unión. Pero mis padres estaban bastante ausentes y eso generó una sensación de abandono que recién de grande pude entender. No lo digo desde el reproche. Lo digo porque comprendí que muchas de las cosas que hago hoy tienen que ver con esa historia: la búsqueda de sensibilidad, de expresión, de conexión. Todo eso nació ahí.
En esa casa la música no parecía ocupar un lugar central. Sin embargo, a vos sí te pasó algo con ella. ¿Cuándo empezó?
Sí, es curioso porque mi casa no era especialmente musical. Mi papá escuchaba marchas militares. Y mi mamá, después de separarse, tenía algunos discos de Gabriela (Parodi), una de las primeras mujeres que hizo folk en la Argentina. No era una casa donde la música estuviera todo el tiempo sonando. Sin embargo, yo tenía el radar encendido. Sentía que había algo ahí, aunque todavía no supiera qué era.
Una cosa es descubrir la música y otra imaginar una vida dedicada a ella. ¿Cómo fue ese paso?
Nunca pensé: “Voy a ser música”. Fue todo muy empírico. Si me hubieran preguntado cuál iba a ser mi profesión, probablemente habría dicho fotógrafa. Pensaba que iba a vivir de sacar fotos. Pero empecé a cobrar por tocar. Cada vez había más ensayos, más recitales, más canciones… Y la música terminó ganándole a la fotografía. Fue el oficio el que me fue llevando.
¿Te acordás de la primera vez que subiste a un escenario?
Sí. Apenas volví de Estados Unidos. Yo tocaba la guitarra desde chica y un amigo me llevó a un pub. Me dijo: “Dale, subí y cantate un tema”. Canté una canción de los Beatles. No subí pensando que era cantante. Subí porque me dio vergüenza decir que no. Después empecé a formar parte de grupos underground de principios de los años 80. Ahí me fui haciendo. Empecé a cantar voces, armonías, a conocer otros músicos. Todo fue muy de a poco.
¿Y cuándo sentiste que ya habías encontrado tu propia manera de hacer música?
Tampoco fue algo que decidiera. Nunca pensé: “Voy a hacer este tipo de canciones”. Me iban saliendo. Recién cuando miré hacia atrás entendí que había un estilo. Está dentro del pop rock, pero siempre desde la canción. No es un rock de guitarras distorsionadas; hay algo más melódico, más pop. Eso apareció solo.
Y en ese camino empezaste a cruzarte con músicos como Charly García, Fito Páez y Andrés Calamaro. ¿Cómo fueron esos encuentros?
Sí, pero fue algo muy natural. Nos fuimos encontrando porque todos estábamos haciendo cosas parecidas. A Andrés lo conocí antes de que fuera cantante. Tocaba el piano, componía, estaba empezando. También era muy amiga de Andy (Cherniavsky), que en ese momento era su novia y además fotógrafa. Trabajábamos juntas. Con los años, la música y la fotografía fueron armando una misma comunidad. Nos seguimos cruzando. El otro día Andy participó en el videoclip de Los ejecutivos y nos mirábamos pensando: “Toda una vida compartiendo cosas”. Es hermoso.
Hilda transmite una calma que no tiene nada de quietud.
Adrián Echeverriaga
¿Cómo era ser una mujer joven dentro del rock de los años 80?
Yo siempre fui bastante varonera. Nunca usé la sexualidad como una herramienta ni jugué al personaje de femme fatale. Me sentía una más. Además, el arte tiene algo bastante asexuado. Cuando estás creando, eso pasa a un segundo plano. Ahora bien, éramos pocas. Muy pocas. En los años 80 y 90 había un puñado de mujeres haciendo pop y rock.
Hoy se habla mucho más de la presencia de las mujeres en la música. ¿Sentís que cambió el panorama respecto de cuando empezaste?
Muchísimo. Hoy ves muchísimas más cantantes, instrumentistas, productoras, técnicas de sonido. Me parece buenísimo. Yo tengo una sonidista mujer, por ejemplo. Antes era impensado. Las mujeres fueron ocupando espacios que durante mucho tiempo parecían reservados para los hombres, y eso pasó en todas las profesiones. También ayudó la ley de cupos en los festivales. Algunos decían que los artistas tenían que estar solo por su talento, pero el problema era que muchas veces los productores elegían siempre a otros hombres. Había que empujar un poco esa puerta para que se abriera. Y funcionó.
¿Cómo fue trabajar con Charly?
Fue un torbellino de sensaciones. Musicalmente era hermoso. Hermoso de verdad. Después dependía mucho de cómo estuviera él. Cuando entraba en esos momentos más difíciles, todo se volvía muy intenso. Pero yo tengo un temperamento bastante tranquilo y nunca entré en esa histeria. Quienes más sufrían eran los productores. Imaginate tener un estadio lleno y no saber hasta último momento si el artista iba a salir o no a tocar. Con los años entendí también la presión enorme que significa sostener una estructura así.
¿Qué aprendiste de esa experiencia?
Aprendí mucho, incluso algunas cosas por contraste. Pero también pasó mucho tiempo. Hoy Charly es un señor mayor. Tiene las marcas de una vida muy intensa y de un cuerpo que fue muy castigado, pero también recibe un cariño enorme. Eso me emociona. Lo veo rodeado de homenajes, de reconocimiento, de afecto. Me parece que todo ese amor le hace bien. Ojalá pueda volver a verlo pronto. Me gustaría hacerle algunos retratos nuevos.
¿Qué seguís buscando cuando componés?
Ahora busco disparadores. Componer es un trabajo. No siempre aparece una canción porque sí. Entonces salgo a buscar pequeñas cosas que me despierten algo. La naturaleza me inspira muchísimo. Los árboles. Los pájaros. Las palabras. En este disco hay una canción que se llama Palíndromo y nació justamente de jugar con el lenguaje. Me divierte que una palabra pueda leerse igual de un lado y del otro. Ahí aparece también algo de mi mamá poeta. Creo que esa curiosidad por las palabras viene de ella.
Componer es un trabajo. No siempre aparece una canción porque sí. Entonces salgo a buscar pequeñas cosas que me despierten algo. La naturaleza me inspira muchísimo. Los árboles. Los pájaros. Las palabras. Componer es un trabajo. No siempre aparece una canción porque sí. Entonces salgo a buscar pequeñas cosas que me despierten algo. La naturaleza me inspira muchísimo. Los árboles. Los pájaros. Las palabras.
¿Seguís mirando el mundo como fotógrafa?
Sí. Sigo sintiéndome fotógrafa, aunque ya no viva de eso. Siempre digo, medio en broma, que yo vivo del vivo. Vivo de tocar. La fotografía sigue siendo una parte muy importante de mi vida. La muestra sobre Charly, por ejemplo, sigue viajando de un lugar a otro y eso me da mucha alegría.
Alguna vez dijiste que admirás a los artistas que nunca se alejan de la vida cotidiana. ¿Qué cosas seguís necesitando hacer vos misma?
Comprar mis cosas. Cocinar. Tengo una vida bastante sencilla. No necesito asistentes para todo. Me gusta manejarme sola. Nunca me interesó construir esa imagen del artista inaccesible. Me parece hasta un poco triste. Si viajo en colectivo o en subte y alguien se acerca a saludarme, lo vivo con naturalidad. No me gusta ponerme en un pedestal.
Hablemos de La impostora. ¿Por qué elegiste ese título?
Porque necesitaba sacarme de encima una vieja sensación. Durante muchos años conviví con algo parecido al síndrome del impostor: esa idea de que te va bien, pero sentís que no merecés lo que te está pasando. Lo viví sobre todo entre los 20 y los 30 y pico. Entonces apareció esa canción y sentí que podía exorcizar todo eso. La impostora era un buen título porque tiene algo de misterio, pero también porque habla de una sensación muy real.
También hablás de una sociedad impostora.
Sí. Hoy vivimos un momento muy extraño. Ya no sabés bien qué es verdad y qué no. Está la inteligencia artificial, la posverdad, las redes sociales… Todo se mezcla. Por eso el título también terminó hablando de algo más grande que mi propia historia.
El primer adelanto fue Nieve. ¿Por qué elegiste esa canción?
Porque tiene un estribillo muy pegadizo. Musicalmente representa muy bien el universo del disco, ese cruce entre canción y electropop que hacemos con Federico Melioli, con quien trabajo hace más de 20 años. Es una canción de amor, pero la letra es de él. Al principio hasta le decía: “Pero esto no me está pasando a mí” (ríe). Después entendí que interpretar también es un arte. No hace falta que todo sea autobiográfico.
Después apareció Los ejecutivos, de María Elena Walsh.
Sí. Me impresionó lo vigente que sigue siendo. Es una canción escrita a fines de los años 60 y, sin embargo, parece hablar del presente. En este momento que vive la Argentina, donde el capitalismo extremo termina despreciando todo lo colectivo, esa letra volvió a tener muchísimo sentido. Siempre admiré profundamente a María Elena Walsh. Era una escritora extraordinaria.
Después de dos discos dedicados a Charly García, ¿cómo fue volver a cantar tus propias canciones?
Lo necesitaba. Cuando salió Hilda canta Charly, pensé que iba a ser un solo disco. Después vino el segundo, en vivo, y el proyecto siguió creciendo. Hicimos muchísimos conciertos y fue una experiencia hermosa. Pero, en un momento, empecé a extrañarme. Sentí que Hilda quería volver a cantar a Hilda. Extrañaba mis canciones, incluso esas que no son las más conocidas, pero que siento muy mías. Tenía ganas de volver a ese lugar.
¿Sentís que hoy cantás distinto?
Creo que canto con más seguridad. La voz es la misma; no podés cambiar el timbre como quien cambia el color de los ojos. Pero sí cambia la manera de decir las cosas. Con los años, la práctica y el autoconocimiento hacen que una cante desde otro lugar. Yo siempre digo que soy una librana bastante dubitativa. Por eso, cuando tengo una certeza, la celebro. Dudar todo el tiempo cansa. Aunque, si miro para atrás, me doy cuenta de que nunca dejé de hacer cosas. La duda nunca me paralizó.
Hablando de amor, ¿cómo es ver a tu hija, Mía, construir su propio camino?
Es hermoso. Es una persona hermosa. Le deseo lo mejor. Está haciendo su propio proyecto musical. Ayer mismo compré entradas para ir a verla tocar. Me gusta verla construir su recorrido. Cada artista tiene su tiempo. Algunos llenan estadios enseguida; otros vamos creciendo de otra manera. Y está bien que así sea. Tenemos una relación muy linda.
Me di cuenta de que tengo una vida hermosa. No todo el mundo puede vivir de hacer música. Yo me subo a un escenario, canto, y hay personas que se emocionan con algo que escribí o que interpreté. Eso todavía me conmueve. Me di cuenta de que tengo una vida hermosa. No todo el mundo puede vivir de hacer música. Yo me subo a un escenario, canto, y hay personas que se emocionan con algo que escribí o que interpreté. Eso todavía me conmueve.
Para terminar: ¿qué se viene ahora?
Se viene la gira por Uruguay, la salida de La impostora y una seguidilla de recitales. Estoy muy feliz con este momento.
En una entrevista dijiste que, después de todo lo vivido, habías llegado a un lugar de mucho agradecimiento.
Sí. Eso fue apareciendo con los años. Me di cuenta de que tengo una vida hermosa. No todo el mundo puede vivir de hacer música. Yo me subo a un escenario, canto, y hay personas que se emocionan con algo que escribí o que interpreté. Eso todavía me conmueve. Y también me conmueve pensar que alguien puede quererme simplemente porque una canción lo acompañó en algún momento de su vida. Yo no hice nada para que esa persona me quisiera. Entonces, ¿cómo no voy a sentir agradecimiento?