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Llegó a Uruguay un nuevo fármaco para tratar la obesidad: qué es y qué resultados promete

El MSP registró la tirzepatida, cuyo nombre comercial es Mounjaro, un medicamento inyectable que en otros países mostró excelentes resultados en el tratamiento de diabetes tipo 2

Durante décadas, el tratamiento de la obesidad se resumió a una receta conocida por todos, que suena simple, pero a veces no lo es tanto: comer menos y moverse más. Cuando eso no daba resultado, la sensación era que el problema estaba en la falta de voluntad o de constancia del paciente. Desde hace poco tiempo, esa mirada empezó a cambiar. Existe un consenso médico cada vez más extendido que busca abordar la obesidad como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial.

En línea con ese consenso, el Ministerio de Salud Pública (MSP) de Uruguay registró hace poco tiempo el primer fármaco específico para tratamiento de la obesidad en su historia. Se trata de la tirzepatida, comercializada por el laboratorio Adium con el nombre comercial de Mounjaro. La presentación oficial se realizó el martes 21 de julio y contó con la presencia de expertos médicos de Argentina y España, países que ya tienen cierta experiencia en el uso de este fármaco.

Un billón de personas en todo el mundo padecen obesidad, según cifras de la Organización Mundial de la Salud. Ese número no parece estar retrocediendo, sino todo lo contrario. Se estima que, para 2030, alcanzará al menos a la mitad de la humanidad. La realidad nacional condice con lo que pasa a escala global: la obesidad es la forma más permanente de malnutrición. Del total de la población uruguaya, 72% presentan un índice de masa corporal considerado alto y 36% tienen obesidad, según datos de 2025.

En el marco de este nuevo paradigma que considera la obesidad como un espectro, se la define como una condición caracterizada por un exceso de adiposidad (grasa), con o sin distribución o función anormal del tejido adiposo o graso. Dentro de esa definición caben dos grandes categorías: la obesidad preclínica y la clínica. La primera es el exceso de adiposidad en el que los órganos y los tejidos aún conservan su función. La segunda es una enfermedad sistémica crónica definida por una alteración en la función de tejidos, órganos, o el individuo en su conjunto, que deriva de ese exceso de adiposidad.

Junto con la diabetes tipo 2 (no insulinodependiente) y la hipertensión arterial, la obesidad constituye el epicentro de la morbimortalidad (morbilidad es el número de personas que enferman, y mortalidad, el número de personas que mueren) en el mundo. Las enfermedades cardiovasculares son su principal manifestación y las más letales.

Médica internista y diabetóloga Fabiana Vázquez durante la presentación en Uruguay del nuevo medicamento. “La tirzepatida puede cambiar la vida de los pacientes”, dijo.

Médica internista y diabetóloga Fabiana Vázquez durante la presentación en Uruguay del nuevo medicamento. “La tirzepatida puede cambiar la vida de los pacientes”, dijo.

Los hábitos aún importan

La noticia sobre el primer fármaco registrado por el MSP para el tratamiento de la obesidad provocó algo así como un déjà vu. ¿No había llegado ya a Uruguay una medicación similar? A fines del año pasado, las autoridades sanitarias del país aprobaron la comercialización de la semaglutida con el nombre comercial de Ozempic, siempre con receta médica y con un acceso limitado. Y si bien salieron a la luz infinidad de casos y anécdotas de personas, incluso celebridades de Hollywood, que lo usaron para bajar de peso y tuvieron enormes descensos con semaglutida, el MSP lo aprobó solo para el tratamiento de la diabetes tipo 2.

“La tirzepatida puede cambiar la vida de los pacientes”, dijo la médica argentina Fabiana Vázquez durante la presentación de Mounjaro en Uruguay. Vázquez es especialista en medicina interna y diabetología, y tiene una amplia experiencia en el manejo integral de la diabetes tipo 2, la nutrición y el riesgo cardiometabólico. En entrevista con Galería, explicó que lo que distingue a este fármaco es su “efecto dual”. Esto quiere decir que actúa sobre dos receptores distintos: el GLP-1 y el GIP.

“Todo lo antiguo que teníamos era poco eficaz, medido en la capacidad de bajar de peso, pero sobre todo de facilitar el cambio de conducta alimentaria de la gente. ¿Por qué? Porque no tenía acción” en el cerebro, dijo la doctora. La semaglutida es un agonista del receptor GLP-1. En términos simples, un medicamento recetado que imita a una hormona natural del intestino para controlar el azúcar en sangre, y que además reduce el apetito y contribuye a la pérdida de peso.

Pero es el cerebro el órgano capaz de identificar la sensación de saciedad y el apetito. Y, aunque tienen una conexión estrecha, el cerebro y el intestino tienen vías y mecanismos diferentes. “Nosotros podemos sentir hambre por un lado y saciedad por otro”, sostuvo Vázquez. Era importante, entonces, replicar ese receptor GLP-1, tan reducido en personas con diabetes e incluso con obesidad. Pero actuaba solo en una parte.

La tirzepatida actúa también sobre el receptor GLP-1 pero, además, agrega acción sobre otro, llamado GIP, que se encuentra sobre todo en el páncreas, el tejido graso y el cerebro. Esa es la “diferencia sideral” con la semaglutida en su uso para el control de la obesidad, según la especialista. Esto es porque, cuando una persona empieza a ganar peso, su tejido graso se enferma y produce sustancias anómalas que no involucran a los receptores GLP-1, sino a los GIP, que se encuentran en las células de ese tejido graso, llamadas adipocitos.

Para el tratamiento de la diabetes tipo 2, la semaglutida permitía bajar la hemoglobina glicosilada, un indicador que promedia las glucemias (cantidades de azúcar en sangre) de los últimos tres meses. El número normal de este indicador, según explicó Vázquez, es de 5,8. Con semaglutida se presentaron casos de pacientes llevados hasta 6,5, es decir, bastante cerca de la normalidad. Sin embargo, con ese valor todavía permanecían riesgos de complicaciones por diabetes. La “tirzepatida permite la remisión de la diabetes”, aseguró la médica. Y esto es algo que nunca se había logrado con un fármaco.

En cuanto al tratamiento de la obesidad, la clásica receta de dieta y ejercicio, según Vázquez, da como resultado descensos de peso de entre 5% y 10% como máximo, en general. Si bien existen algunos casos muy exitosos, pero son menos de cinco de cada 100, esos son los casos que logran bajar de peso, normalizarlo y sostenerlo en el tiempo. “Todos los demás son un fracaso permanente”, sentenció Vázquez.

Tanto la semaglutida como la tirzepatida tienen efectos probados en la pérdida de peso, pero su indicación implica un tratamiento de por vida, como en el caso de problemas de presión arterial o colesterol. “Porque estamos tratando un tejido que se enfermó. Si suspendemos, lo más probable es que vuelva a enfermarse”, advirtió la especialista.

Si bien algunos pacientes con obesidad logran, al cabo de uno o varios años, reducir las dosis de tirzepatida de forma paulatina, son pocos los que logran dejarla por completo. Además, cualquier tratamiento farmacológico para la obesidad debe siempre estar acompañado de un cambio de hábitos alimenticios y de ejercicio físico. Ni la semaglutida ni la tirzepatida reemplazan a la vieja receta, sino que la ayudan y la potencian. “Está demostrado que los que reciben el tratamiento con tirzepatida tienen más facilidad para elegir comidas saludables, más livianas y menos calóricas”, resaltó Vázquez.

Sin fórmulas mágicas

El entusiasmo que despertó la llegada de la tirzepatida en países como Argentina y España hizo que muchas personas la vieran como una solución definitiva para bajar de peso. Pero los especialistas insisten en moderar las expectativas: no se trata de una “inyección milagrosa”, sino de una herramienta más dentro de un tratamiento integral de una enfermedad crónica.

“La gente viene frustrada después de tantos años y cree que cada medicamento nuevo es la fórmula mágica. Es importante que entiendan que no: esto es parte de un proceso de cambio y de trabajo”, advirtió la médica.

La tirzepatida tiene indicaciones precisas. Está aprobada para el tratamiento de la diabetes tipo 2 cuando el control metabólico no se logra de manera adecuada con otros fármacos o cuando estos no pueden utilizarse. En obesidad, se indica en personas con un índice de masa corporal igual o superior a 30 kg/m², o desde 27 kg/m² cuando existe al menos una enfermedad asociada al exceso de peso, como hipertensión, dislipemia, prediabetes o diabetes tipo 2. “Los pacientes que tienen diabetes y obesidad son candidatos absolutos”, resumió la especialista. En cambio, no está indicado para personas con diabetes tipo 1 (insulinodependientes) ni para quienes desean perder unos pocos kilos por motivos estéticos.

El formato de presentación de Mounjaro es una lapicera prellenada, denominada KwikPen, con la que el paciente se autoadministra la tirzepatida una vez por semana, a cualquier hora del día. La dosis de inicio para las primeras cuatro semanas suele ser de 2,5 miligramos, y luego se aumenta a una dosis de 5 miligramos. Así, se puede incrementar la dosis en intervalos de 2,5 mg tras al menos cuatro semanas de la dosis actual.

Uno de los debates que acompañan a esta nueva generación de fármacos es el riesgo de medicalizar a personas con sobrepeso leve que podrían mejorar con cambios en el estilo de vida. Para Vázquez, esa decisión siempre debe tomarse de forma individual y bajo supervisión médica. “Todo medicamento tiene riesgos y beneficios. El médico es quien tiene que ponerlos en la balanza junto con el paciente y decidir si corresponde usarlo y cómo hacerlo”, afirmó.

La especialista también rechazó la idea de que la aparición de medicamentos altamente eficaces vuelva innecesaria la alimentación saludable y la actividad física. Por el contrario, sostiene que ambas siguen siendo pilares del tratamiento. La diferencia es que la tirzepatida facilita sostener esos cambios: disminuye el apetito, aumenta la saciedad y ayuda a controlar la compulsión por la comida, lo que hace que elegir alimentos más saludables requiera menos esfuerzo.

“El medicamento ayuda muchísimo porque saca el hambre, permite elegir mejor y da tiempo de pensar antes de comer”, explicó. Sin embargo, aclaró que “si una persona come muy mal, con un exceso de calorías, no existe ninguna posibilidad de que baje de peso”. En ese sentido, insistió en que el objetivo no es seguir una dieta restrictiva, sino construir una alimentación saludable, sostenible y también placentera.

A eso se suma otro componente clave: el ejercicio. Más allá de favorecer el descenso de peso, la actividad física ayuda a preservar la masa muscular durante el tratamiento, algo especialmente importante cuando se pierde grasa corporal. “No necesito que el paciente se mate en un gimnasio. Sabemos que, con unos 150 minutos semanales de actividad física, adaptados a cada persona, ya se obtienen beneficios”, concluyó.

Qué muestran los estudios

Que la llegada de la tirzepatida haya despertado tanta expectativa no responde solo a la aparición de un nuevo medicamento, sino a los resultados que viene mostrando en los ensayos clínicos. Durante el lanzamiento, el endocrinólogo español Esteban Jódar Gimeno, referente internacional en obesidad, diabetes y enfermedades metabólicas —incluido durante cinco años consecutivos entre los 100 mejores médicos de España por la revista Forbes—, repasó la evidencia que posiciona a esta molécula como uno de los mayores avances terapéuticos de los últimos años.

Según explicó, el programa internacional de estudios Surmount fue diseñado para demostrar no solo la eficacia y la seguridad de la tirzepatida, sino también si era capaz de alcanzar reducciones de peso comparables a las que hasta hace poco solo podían conseguirse mediante cirugía bariátrica. “Necesitábamos generar evidencia suficiente de que las terapias farmacológicas podían llevarnos a límites cercanos a los que sabíamos que podíamos alcanzar con cirugías”, señaló.

Los resultados, sostuvo, superaron las expectativas. Mientras que con la semaglutida la pérdida promedio de peso rondaba el 16% en personas sin diabetes, con tirzepatida los estudios registraron descensos de entre el 22% y el 26,6%, dependiendo de la dosis utilizada y de las características de los participantes. Incluso, cerca de uno de cada cinco pacientes tratados con la dosis más baja comercializada logró perder más del 25% de su peso corporal.

“Son fármacos que nos llevan a límites que no habíamos ni siquiera soñado”, resumió Jódar. Pero subrayó que el beneficio no se limita a la balanza. La mayor parte del peso perdido corresponde a tejido graso —en particular, grasa abdominal, la más asociada al riesgo cardiovascular y metabólico—, mientras que la proporción de masa muscular preservada es similar a la observada en personas que adelgazan mediante cambios en el estilo de vida. Además, la reducción del perímetro de cintura acompaña de forma muy estrecha la pérdida de peso, un indicador que se relaciona con una mejoría del riesgo cardiometabólico.

Otro de los hallazgos relevantes proviene del seguimiento a largo plazo de personas con prediabetes. Tras más de tres años de observación, quienes recibieron tirzepatida prácticamente no desarrollaron diabetes tipo 2, un dato que, según el especialista, abre una nueva perspectiva: no solo tratar la obesidad y sus complicaciones, sino también prevenir la aparición de enfermedades asociadas.

Los efectos adversos fueron similares a los observados con semaglutida: náuseas, diarrea, pérdida del apetito, vómitos, estreñimiento, indigestión y dolor estomacal. Sin embargo, no se detectaron señales de seguridad inesperadas durante los estudios clínicos.

Consultada por Galería, Vázquez aseguró que, desde que comenzó a recetar tirzepatida a sus pacientes de Argentina, en diciembre de 2025, ninguno tuvo que suspender su uso por no tolerar los efectos adversos.

El desafío del acceso y lo que viene

Más allá de los resultados que muestran los ensayos clínicos, Vázquez sostuvo que la tirzepatida también puede convertirse en una oportunidad para que los pacientes reconstruyan su relación con la comida. Si bien el medicamento reduce el hambre y la compulsión, insistió en que el tratamiento debe acompañarse de un trabajo de autoconocimiento que permita identificar qué cosas llevan a las personas a comer demás y construir hábitos que puedan sostenerse en el tiempo.

Los resultados alcanzados con la tirzepatida incluso llevaron a que algunos especialistas la describan como una “bariátrica química”. Los estudios clínicos muestran pérdidas de peso similares a las que se obtienen con la cirugía bariátrica, aunque la diabetóloga aclaró que todavía resta conocer los datos provenientes de la práctica cotidiana, fuera del estricto control de los ensayos clínicos. “Lo que se viene publicando es muy promisorio. Hay personas que realmente cambian sus hábitos alimentarios sin tanta dificultad. Y cuando después de años de frustraciones empezás a bajar de peso y ves resultados, también te dan más ganas de moverte y hacer ejercicio”, afirmó.

Sin embargo, el entusiasmo convive con un desafío ineludible: el acceso a la medicación. En Uruguay, el precio de lista del tratamiento supera los 30.000 pesos mensuales, una cifra que hoy lo vuelve inaccesible para gran parte de la población. Para Vázquez, esa situación no es nueva y probablemente responda a una etapa inicial en la incorporación de este tipo de terapias.

La especialista recuerda que algo similar ocurrió décadas atrás con los análogos de insulina: en un comienzo eran medicamentos muy costosos, hasta que la evidencia demostró su beneficio clínico y económico y muchos sistemas de salud comenzaron a financiarlos. “Estamos en los primeros pasos de los tratamientos efectivos para la obesidad. A medida que aparezcan nuevas moléculas, aumente la competencia y se amortice la inversión en investigación, los costos probablemente vayan bajando”, dijo.

Mientras ese escenario se consolida, la llegada de la tirzepatida marca un punto de inflexión en la forma de abordar una enfermedad que durante años fue minimizada o reducida a una cuestión de voluntad. Hoy, con nuevas herramientas terapéuticas y una mejor comprensión de sus mecanismos biológicos, la obesidad empezó a ocupar el lugar que la evidencia científica reclamaba desde hacía tiempo: el de una enfermedad crónica que requiere un tratamiento integral, personalizado y sostenido.