Recorrer con Beba Páez la escultura habitable donde Carlos Paéz Vilaró creó una inmensidad de obras resulta un privilegio. Las anécdotas de Beba despiertan el interés de los visitantes del museo, que se suman a la visita guiada realizada a Galería.
Se dedica al rubro inmobiliario y a continuar el legado del artista; por el 12º aniversario del fallecimiento de Carlos Páez Vilaró, Beba recuerda a su padre
Recorrer con Beba Páez la escultura habitable donde Carlos Paéz Vilaró creó una inmensidad de obras resulta un privilegio. Las anécdotas de Beba despiertan el interés de los visitantes del museo, que se suman a la visita guiada realizada a Galería.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa recorrida se inicia con la fotografía de La Pionera, la casa de madera que construyó su padre, así como las hacían los pescadores de La Ballena. Ella junto con sus hermanos Carlitos y Agó ayudaban a levantarla después de cada tormenta. Páez Vilaró era “bichero”, hay imágenes de él con un gato y unas chivas en las laderas de La Ballena, una de ellas llamada Dalí. Los pasajes y corredores de Casapueblo también tienen un cuento interesante, y todos son nombrados en honor a amigos como Pelé o Vinicius de Moraes.
Cada rincón revela una historia, particularmente una que la marcó desde antes de nacer. En 1957, Carlos y Madelón viajaron al taller del español Pablo Picasso. “Mi mamá estaba embarazada de mí cuando conocieron a Picasso. Él les dijo: ‘Si tienen un varón, pónganle Pablo, y si es una nena, Paula’”. Y entonces me llamaron María Mercedes Paula por Pablo Picasso.
En la visita, desde una radio antigua se escucha la voz del Páez Vilaró, que nombra a los sobrevivientes del accidente de Los Andes. En ese sector del museo se cuentan los detalles de aquellos 72 días en que su hermano Carlitos estuvo perdido en la cordillera: “Escuchar la voz de papá te pone los pelos de punta”.
Beba recibe la llamada de su hermano que está en Medellín para brindar una conferencia; luego, una consulta desde su inmobiliaria ubicada en La Barra.
El sol marca el ritmo de su vida, al igual que marcó el de su padre, y el de Casapueblo.
Desde hace 15 años tenés una inmobiliaria en La Barra en la que ofrecen un apartamento en venta por 17 millones de dólares, así como uno de 130.000 dólares. ¿Cómo está el mercado inmobiliario en Maldonado?
Ese de 17 millones es el penthouse duplex de Cipriani Ocean Resort Residences & Casino, sobre la playa Brava, del arquitecto Rafael Viñoly. Punta del Este es igual que Ibiza, acá sucede lo mismo: vienen desde el millonario más millonario de todos hasta los turistas de cada año. Vienen todos, es impresionante.
¿José Ignacio es la zona más top?
Y las cercanías del Hotel Fasano. A la gente le gusta esa zona por camino Eguzquiza, le gusta el campo y las montañas. Nosotros nos especializamos en barrios privados.
¿Y qué tipo de público elige esa zona?
Es una zona más de brasileros, aunque a los argentinos también les gusta. Ahora estamos trabajando mucho con Puerto Quetzal, esa parte está creciendo tanto que hasta van a hacer un colegio. Vive gente todo el año. Desde la pandemia esto ha cambiado un montón, la gente se vino a vivir porque no tienen miedo, pueden andar con 10.000 dólares en el bolsillo o con un Rolex de oro y no pasa nada. Después, entre los turistas, los brasileros vienen a pasar el 31 (de diciembre) y el 6 de enero se van, mientras que los argentinos se quedan más tiempo. Después hay muchos europeos —alemanes, franceses—.
¿Los europeos qué buscan?
La tranquilidad. Acá están felices y se quedan todo el año. Pero los que predominan son los argentinos que se vinieron a vivir. Anoche, por ejemplo, quería entrar a Las Grutas y tuve que dar toda una vuelta y volver. La mayoría de los que vienen a veranear están hasta el 10 de enero, después baja. Pero igual ya no es como antes, que en marzo se iban y quedaba desierto. En Casapueblo recibimos 2.000 personas diarias en verano y 300 personas por día el resto del año en promedio.
¿Cómo llegó tu padre a Punta Ballena? ¡Qué visión!
Él lo descubrió, vio la puesta del sol y se enamoró de Punta Ballena. Se hizo una casita, vivió sin agua, sin luz, y de a poco empezó a construir Casapueblo. Después le expropiaron unos terrenos para hacer la panorámica, porque él con su hermano habían comprado toda esta parte de La Ballena. Y después se le ocurrió hacer la poesía al sol y todos venían al atardecer a escucharla.
La Ceremonia del Sol se transformó en una tradición.
Es impresionante, cada vez que lo escucho lloro, siento que papá está acá en Casapueblo. Para mí no murió. Siento que el alma de papá está por todas partes en Casapueblo. Hay días que me siento mal en casa y me vengo a escuchar su voz viendo la puesta del sol, me recuerda un montón de cosas que me enseñó y que me repetía. Él me dijo: “Siempre voy a estar en una gaviota”, “siempre te voy a dejar señales, mensajes”. Y es increíble, porque a cualquier lado del mundo que voy veo un mural que él pintó, y es una señal que me dejó.
¿Qué recuerdos conservás de tu infancia en Casapueblo?
Toda la vida vivimos acá. Primero papá tenía una casita de madera, y como se destruía con cada tormenta y tenía que arreglarla, la transformó; empezó a ponerle material, le tiraba pórtland, y así no se le volvió a caer. De a poco empezó a agrandarla hasta que hizo Casapueblo. Pero todo empezó por las tormentas brutales.
¿Eran bravas las tormentas?
Sí, ahora no lo son tanto. Me acuerdo de que en cada tormenta papá nos decía: “Cuerpo a tierra”. Y nosotros nos tirábamos al suelo esperando a que pasara la tormenta. Volaban las ventanas por el aire, veíamos los barcos que se hundían. Nos tirábamos en el jardín agarrados de las rocas hasta que pasara el ciclón. Y después íbamos a buscar los tablones para empezar de nuevo.
¿Los tres hermanos ayudaban?
Sí, claro, éramos las obreras pájaros, como nos decía Vinicius de Moraes, porque ayudábamos a papá a construir con Agó, Carlitos y sus amigos. Vinicius nos hizo una canción, A casa (canta): era uma casa muito engraçada, não tinha teto, não tinha nada, era feita com pororó, era a casa do Vilaró. Una casa muy graciosa, no tenía techo, no tenía nada, la hizo Carlito Páez Vilaró, porque todo estaba a medio construir y nos veía trabajando. Me acuerdo de que yo le llevaba el desayuno a las dos de la tarde, un cartón de cigarrillos Benson and Hedges y una botella de whisky. Ese era el desayuno de Vinicius. Así amanecía y después se iba a cantar a La Fusa o hacía festivales de música acá en la piscina. Fue una época hermosa, y nosotros trabajando para él, las obreras pájaros.
Acá se respira arte, pero a la larga solo Agó siguió los pasos de tu papá.
Yo intentaba, pintaba y hacía cerámica, pero no podía. Carlitos y yo éramos dos desastres, hasta nos llevamos dibujo a exámen, y eso que estábamos todo el día con los pinceles y ayudábamos a rellenar los cuadros. Papá me quería incentivar con la pintura, nos hacía competir con Agó y después los colgaba en el taller para vender. Un día vino un alemán, vio los dos y compró el mío. Agó casi se muere porque el de ella era perfecto. Yo me sorprendí, pero, bueno, el arte te gusta o no. Pero Agó sacó eso del arte de papá. Yo soy expeditiva, inventé lo de la entrada de Casapueblo, inventé el museo.
¿Cómo surgió el museo?
La gente venía a chusmear y preguntaba: “¿No me deja entrar a ver el cuarto de Vilaró?”. Yo no decía que era su hija y les hacía una visita guiada; les decía “el pintor duerme acá, en este lugar pinta”, y les cobraba. La gente quedaba fascinada por la puesta del sol, entonces armamos un taller chiquito con obras de papá, pinturas, cerámicas, y las vendíamos para mantener la casa y comer. A cambio de entrar a la casa, papá les pedía una bolsa de pórtland o materiales para seguir ampliando. Después con mi hermana y mis amigas salíamos por Punta Ballena a vender sus láminas, nos llamaba las urracas parlanchinas, y con eso aportábamos para ir al supermercado. También pescábamos y comíamos mucho arroz, porque un amigo de Carlitos tenía plantación de arroz. Papá pescaba lisas con un arpón y las hacíamos en casa. Era una vida increíble porque venía todo tipo de gente.
Más allá de tu espíritu empresarial, aprendiste a hacer de todo.
Papá nos enseñó a hacer los cuartos, a limpiar los pisos, a lustrar las balas de cañón que él había traído. En la vida hay que hacer de todo. Incluso él se hacía su cama, nunca dejó que nadie se la hiciera, eso se lo enseñó su madre. Era un tipo muy especial. Y con la juventud era divino. Él decía que aprendía de los jóvenes.
¿Quién te puso Beba?
Carlitos. Porque era la beba de la casa. Nuestra infancia acá fue divina. Siempre andábamos descalzos por las rocas, con los animales, después de las tormentas siempre íbamos a buscar los tesoros del mar.
Cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de tu papá, el 24 de febrero de 2015, la familia se reunió en La Ballena, ¿cómo fue?
Sí, al año todo el mundo se juntó naturalmente en la punta de La Ballena. Con mi hija Sofía hicimos una corona de flores en forma de corazón y la tiramos. Fue un día caluroso, con el cielo limpio, y tocaron candombe; fue una emoción impresionante. Y la despedida de papá en Montevideo fue algo único. Nunca jamás había visto algo así. Todo el mundo lo quería, desde la gente más pobre hasta el más rico. Todo el mundo salió a saludarlo a las calles. Acababa de cumplir 90 años y después de tocar los tambores murió. Ese día salió dos veces el 90 a la cabeza. Entonces la gente comentaba: “Este viejo se murió repartiendo plata para los pobres”. Yo lo sentí así. A Agó la muerte de papá le cayó tan mal que le vino algo llamado takotsubo. Estuvo internada tres días y no pudo estar en el entierro. Ella había preparado todo con velas blancas, el concierto de Aranjuez, los negros que iban a tocar el candombe… Pero la noche del velorio le vino el takotsubo, se le paralizó el corazón y se le inundaron los pulmones. Ni los médicos sabían qué era esa enfermedad.
Tu hija Sofía también pinta. Tal vez tus dos nietas hereden el gen artístico. ¿Sos una abuela pendiente?
La verdad que sí, estoy bastante pendiente; voy a verlas a Europa. Voy en junio, que es el cumpleaños de Milán, que tiene ocho años, y ahora nació Isabela. Después ellos vienen en diciembre por un mes. Trato de viajar para verlas, pero además le disparo al frío. Me gusta el frío seco como en Bariloche, pero el frío húmedo me hace mal. Yo revivo con el sol, a papá también le pasaba eso. Con el sol soy feliz, se me ocurren cosas; el sol me da energía, me ordena, rindo.
Tu padre tenía una sensibilidad completa para el arte.
Era multifacético: era arquitecto que no era, era escritor que no era. Todo. Además era un seductor, de hombres y mujeres, porque también seducía a los hombres, que lloraban; no puedo explicar lo que causaba en las personas, pero era único. Fue solo hasta tercero de escuela, no pudo terminar porque el padre se fundió y tuvo que salir a trabajar, pero no tenía una falta de ortografía. El único curso que hizo se lo pagó él, fue a la Academia Pitman a aprender a escribir a máquina. Fue lo único que estudió, todo el resto fue la calle.
Sumada a la perseverancia y las ganas.
Cuando hay un genio es así. Era un genio del dibujo, de la nada te dibujaba en una servilleta. Por ejemplo, si invitaba a alguien a comer y no teníamos postre, le preguntaba: “¿Te gustaría frutillas con crema?”. Y se las dibujaba en el plato. Una vez nos faltaban unas camitas, fue a la fábrica de muebles y propuso cambiarlas por un cuadro. Todo era un trueque, por eso yo salí así. Él se iba todo el invierno a Europa y vivía sin un mango, cambiando todo por sus dibujos.
Tu madre fue una gran compañera con la vida bohemia y creativa de tu padre. Imagino que sería difícil mantener la estructura de un hogar.
Mi madre fue una santa por haberlo aguantado. Hasta que un día no aguantó y lo mandó a la miércoles, porque papá se iba demasiado. Un día lo vio con Brigitte Bardot y dijo “¡pará!”. Se divorciaron, pero siempre se llevaron bien. Porque papá era como agarrar un pájaro y decirle “no vueles”; o lo tomás o lo dejás. Mamá fue increíble, pero sabía que sus tres hijos tenían que ir al colegio, al dentista, y por papá todo hubiera sido un despelote. Entonces ella se ocupaba de todo con mis abuelos y a papá lo dejamos volar. Él tenía una agencia de publicidad con el hermano, era un genio, le iba bárbaro, se ponía traje y corbata todos los días.
¿Todos los días iba a la agencia de corbata?
Sí, se ponía traje para trabajar, hasta que un día nos reunió a los tres, yo tendría 10 años, para plantearnos que se sentía “ahorcado con la corbata”, que necesitaba sentirse libre. Los tres lo entendimos y él viajó por el mundo, hizo películas; su vida era crear y no podía estar encerrado.
¿Y cómo sabían de él?
Todos los días nos escribía una carta contando lo que hacía. Lo que más nos gustaba era cuando llegaba el cartero a casa. Entonces nos contaba que se había embarcado en un barco con franceses, que estaba haciendo la película Batouk… Él estaba siempre presente con una carta.
¿Tu gusto por los animales también viene de tu papá?
Sí. Un día apareció con una pantera que se llamaba Penelope (en inglés), que había traído de África y criado en el barco. La teníamos en el jardín de casa en Carrasco, pero empezó a crecer. Un día la llevamos a casa de mi abuela paterna, que vivía arriba del Cine Censa. Subimos el ascensor con la pantera y mi abuela casi se muere del susto. Otro día la trajimos acá a Punta Ballena y se nos escapó. Nos ayudó un amigo argentino que tenía un auto Torino con focos grandotes, la encandiló y la pudimos agarrar. Ahí se puso un poquito más peligroso y tuvimos que donarla al zoológico, pero papá iba a verla todos los días, y Penelope lo reconocía. Después de eso teníamos araras (guacamayos) de Brasil, dos turquesas y un colorado. Esto era un zoológico: gatos, perros, tortugas, liebres. Papá nos hacía creer que él llamaba a las liebres por teléfono; ellas pasaban por acá naturalmente, pero nosotros le creíamos.
¿Cómo vivieron el accidente de tu hermano en Los Andes?
Fue tremendo. Carlitos tenía 17, cumplió los 18 allá y yo tenía 14, cumplía los 15. La desesperación de mamá y de mi abuela… Ellas eran muy católicas, muy creyentes, mamá lo sentía vivo y lo mandaba a papá a buscarlo. Y papá tenía sus dudas, era más escéptico que mamá, pero no quería volver con las manos vacías.
¿Tu madre nunca abandonó la creencia de que Carlitos estaba vivo?
Ni mi madre ni mi abuela paterna. Ella había perdido un hijo varón y a su marido, así que estaba de luto —en aquella época era hasta la muerte—. Entonces prometió que, si aparecía Carlitos, ella se sacaba el luto. Tenía mucha fe y nos hacía rezar el rosario todos los días. Nos hicimos amigos de un radioaficionado de Carrasco y así hablábamos con papá, porque las llamadas tenían seis horas de demora y eran muy caras. Él iba todos los días a un radio club de Talca y nos contaba lo que pasaba. Y mamá por su lado hablaba con el clarividente Gerard Croiset, que le daba datos: “Hay un cartel blanco que dice ‘peligro’, tienen que encontrarlo”, “veo vida, veo muerte, busquen”, “hay casitas blancas que quedaron de antaño, tienen que encontrarlo”. Eso nos daba fuerzas. Papá no paró de buscar los 72 días que estuvo allá. Se hizo amigo de todos, armaba grupos que lo acompañaban, hizo unos carteles de recompensa para quienes vieran el avión, porque creíamos que podían haber sido raptados, cualquier cosa pensábamos. El día que el arriero encontró a Nando y a Canessa, fue a su casa y le contó a la mujer que había visto a dos peludos que le escribieron esta carta. Entonces la mujer recordó a papá, que tenía un hijo perdido en la montaña. Y ella le dijo: “¿No será aquel pintor loco que andaba buscando a su cabro perdido?”. Al otro día cabalgó tres horas y les llevó pan. Pero fue la mujer la que le dijo “andá a buscarlo porque seguramente son de aquel avión que se cayó”.
¿Creés en el destino?
Sí. Además, creo que no hay imposibles, solamente la muerte. Aprendí a cambiar las cosas, a ver lo bueno de lo malo. Porque además yo tuve muerte súbita a los 50 años, en el 2010; me morí en el Hotel Conrad, en una mesa de té.
¿Estabas tomando el té y te moriste?
Sí, tomaba el té con una amiga brasilera, pedí más scons, mi amiga fue al baño y yo estaba hablando con mi hijo por teléfono, era 28 de julio. Él iba en una camioneta a Bariloche a poner un restaurante y yo estaba nerviosa porque podía patinar en el hielo, entonces hablaba con él y me quedé… No fue un ataque cardíaco, fue muerte súbita. Cuando la moza llegó con los scons me vio así, dura, con el teléfono en la mano, y me empezó a reanimar. Llamaron al Cardiomovil, pero mientras destrancaban el desfibrilador vino una policía que me hizo respiración boca a boca por 11 minutos y medio hasta que llegó el equipo. Ahí me reanimaron, dicen, porque yo no me acuerdo. Cuando llegué al sanatorio, llamaron a toda la familia. Mi padre, mis hermanos y mi hijo se tomaron un avión desde Buenos Aires y a mamá la trajeron desde Montevideo; les dijeron que si revivía iba a quedar boba, porque 11 minutos no resiste nadie. Mamá rezaba, rezaba, y a los tres días empecé a reaccionar. Después estuve un mes internada y de a poquito empecé a recordar cosas, me pusieron un cardiodesfibrilador, un marcapasos y desde ahí vivo perfecto; me cambian el equipo cada nueve años.
¡Cuántas historias! ¿Y el libro que escribiste, Panic Attack, cómo nace?
A los 20 años tuve un ataque de pánico y escribí este libro a instancias de papá, para ayudar a salvar vidas. Papá hizo la tapa y Agó lo ilustró. Son anécdotas de gente que también vivió ataques de pánico, y no sabés a todos los que ayudé. Salvé un montón de vidas, porque hay gente que se quiere matar, se tira por el balcón. Por eso papá puso estas palabras: miedos, angustias, taquicardia. Te da una ansiedad que pensás que te estás muriendo, y no te estás muriendo. Un día estaba comprando los libros del colegio para los chicos y me vino, sentía como que me venía una tormenta y tenía que salir corriendo. La gente de la librería me corría pensando que me iba sin pagar. Respiré profundo y cuando me calmé les pude explicar. Entonces decidí hacer un libro con anécdotas de hombres, mujeres, de diferentes edades, para mostrar que esto es más común de lo que parece. También incluí el testimonio de una profesora de yoga y un médico. Pero en la vida todo lo enfrento con espíritu positivo.