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    Tamara Rubilar: Uruguay es “la única zona azul en Latinoamérica”, por su población “más longeva y saludable”

    Doctora en Ciencias, investigadora del Conicet y fundadora de Promarine Antioxidants, la científica argentina desarrolló un suplemento único basado en huevas de erizo de mar, impulsada por el diagnóstico incierto de su hijo, en un trabajo inédito que combina salud celular con sostenibilidad y validación científica

    La historia de Tamara Rubilar —bióloga, doctora en Ciencias, investigadora independiente del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) y directora del Laboratorio de Química de Organismos Marinos de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco— parece hilvanada por una serie de coincidencias improbables. Durante años estudió erizos de mar en Puerto Madryn desde la ciencia básica, en una línea de investigación que en ese momento no tenía ninguna aplicación clínica. Años más tarde, ese mismo trabajo se convertiría en la base de una biotecnología y una industria que no existían en Argentina.

    Fundadora de Promarine Antioxidants, Rubilar lidera hoy un desarrollo que convirtió las huevas de erizo de mar en el insumo central de suplementos dietarios formulados con respaldo científico y producidos con criterios de sostenibilidad y bienestar animal, un logro inédito en el mundo impulsado por el nacimiento de su hijo en 2012 y el diagnóstico de una enfermedad autoinmune compleja.

    Recientemente reconocida por el Senado argentino por su labor en ciencia y tecnología aplicada, Rubilar llegará el próximo 21 de febrero a Punta del Este para participar del Biohacking Human Experience 2026, el summit de longevidad más importante de Latinoamérica. En entrevista con Búsqueda, aborda la relación entre inflamación celular y estrés oxidativo, advierte sobre los riesgos de la oferta de suplementos sin validación científica y plantea el potencial del Atlántico Sur como fuente de innovación biomédica.

    —Su investigación está atravesada por la enfermedad de su hijo. ¿Qué ocurrió en ese momento y cómo esa experiencia personal se transformó en una pregunta científica concreta para impulsar su línea de investigación?

    —Cuando fui a estudiar biología a Puerto Madryn en 1998, jamás imaginé que iba a terminar haciendo lo que hago hoy. Pero en el segundo año de la carrera empecé a colaborar con una investigadora que hacía su doctorado en química orgánica de estrellas de mar. Me di cuenta de que uno podía buscar moléculas que podían usarse para diferentes cosas. Después empecé mi doctorado; trabajaba con esa misma estrella de mar estudiando la regeneración de sus neuronas. En 2006 terminamos con la estrella y nos pusimos a trabajar con el erizo de mar. Trabajábamos sobre ácidos grasos, ciclos reproductivos, en tratar de entender qué le gustaba comer, una investigación superbásica.

    Y, cuando nace mi segundo hijo en 2012 y empieza a comer, la vida nos presentó una curva muy difícil de manejar. A nivel familiar fue muy duro. Sin saber qué era lo que le estaba pasando, no encontrábamos una solución real. Eso pasa muchas veces con enfermedades autoinmunes: hay soluciones paliativas o disminución de síntomas, pero aún hoy no hay soluciones de base. Él tenía una combinación de un sistema inmunológico que no lo defendía y que a su vez lo atacaba, entonces se enfermaba de cualquier cosa y se autolastimaba. Lo trataban con corticoides y con inmunoglobulina para levantarle las defensas; se sentía mejor pero, como con cualquier fármaco, uno agarra el prospecto y ve todas las contraindicaciones. Y, al investigar qué es lo que puede causar en una criatura que no tiene ni dos años (ese tratamiento) a lo largo de su vida, asusta un montón.

    Tenía que buscar algo para que él estuviera mejor. Y esa primera formación sobre extractos y moléculas fue la que me llevó a investigar en productos naturales. Entonces en 2013 comencé a ver que se estaba hablando de los antioxidantes, de que estos bajaban la inflamación intestinal, y que se estaba empezando a hablar de la relación de la microbiota del intestino con la salud general. Hoy todo el mundo habla del intestino permeable, los probióticos, la microbiota y los antioxidantes, pero no era así en ese momento. Y ahí fue que un colega de Brasil me mandó una foto de un paper en ruso (que mencionaba un poderoso antioxidante marino, el echinochroma A). Mi madre hablaba ruso y al leerlo vimos que esas moléculas salían de las huevas de los erizos de mar. Yo tenía erizos en el laboratorio, y hacía más de siete años que estábamos trabajando con ellos. De hecho, esa fracción la tirábamos a la basura.

    —Todo se fue conectando.

    —Hay que dejar que el río fluya. Ahí me contacté con los autores del paper, que estaban en Siberia. Los rusos fueron superprácticos y me dijeron que les mandara la muestra. Me dieron un protocolo, lo hice en mi casa y lo mandé a Siberia. Y cuando ellos me responden que la muestra tenía muchísima echinochroma de muy buena calidad, empecé a tener más seguridad. Ellos habían tomado la molécula de los caparazones de los erizos y habían generado dos fármacos que estaban a la venta en Rusia desde 2003, o sea que ya hacía una década que esta molécula se usaba para la salud humana en Rusia. Empezó consumiendo mi marido, después seguí yo y finalmente mi hijo. El cambio no fue inmediato, pero a los cuatro meses empezamos a ver los primeros beneficios en él, que básicamente era que no aparecía más sangre en sus deposiciones. Eso ya indicaba que el intestino estaba mucho mejor. Y al año le sacamos los corticoides.

    —¿En qué consiste exactamente su investigación y qué problema biológico busca abordar?

    —Lo que hacemos con los productos es trabajar con las huevas de los erizos, desarmándolas para que esté todo expuesto. En ese momento yo hacía extractos purificados y me aseguraba de tener solamente la molécula. Con el tiempo nos dimos cuenta de que no era necesario; podemos hacer extractos 100% purificados, pero ahí se entra en el mundo de la farmacéutica, en el que aparecen solventes y cosas que no queremos en nuestros productos. Entonces empezamos a hacer suplementos de la forma más natural posible, porque generamos una técnica para poder exponer todo sin tener que ponerle aditivos ni solventes. Es simplemente hacer disponibles los beneficios de las huevas. Con el tiempo creé una formulación que hoy es comercial, que es la que le di a mi hijo y que todavía consume.

    Llegó un punto en donde éramos más de 15 personas entre el Conicet, la Universidad de la Patagonia y la Universidad Tecnológica Nacional. Es una industria que no existe, entonces pudimos construirla en base a economía circular, con protocolos de bienestar animal y sin residuos.

    —¿Por qué considera que este desarrollo fue visto como una innovación importante dentro del campo científico argentino? Si bien existían antecedentes similares en el mundo, en Argentina era una línea relativamente inexplorada, ¿no?

    —Totalmente inexplorada. La acuicultura de los erizos de mar tradicionalmente fracasaba porque no es sostenible económicamente criar a los erizos para alimento, pero nosotros generamos otro negocio diferente, donde se aplica la tecnología y agregado de valor, y se vuelve no solo sostenible, sino rentable. Fue una innovación a nivel mundial, porque los rusos pescan y matan 1.400.000 erizos de mar para hacer la misma cantidad de producto que nosotros hacemos al cultivar 1.000 erizos en la planta cada dos meses, sin matar animales. Porque lo que desarrollamos no fue solo cómo cultivarlos, sino una biotecnología para que acumulen 500 veces más que en la naturaleza y que, en vez de que liberen sus huevas una vez al año, lo hagan cada dos meses.

    —¿Cómo se compatibiliza el aprovechamiento biotecnológico con la conservación y el manejo sostenible del recurso?

    —Ese es nuestro gran desarrollo. Las moléculas se conocen hace más de 500 años, aparecen en materia médica en 1647 y desde el punto de vista científico se investigan desde la década del 50. Entonces nuestra innovación no está en la molécula, sino en cómo obtenerla de manera sostenible, sustentable y, sobre todo, con protocolos de bienestar animal. Generamos formulaciones específicas con esas huevas pensando en mejoramientos celulares; no vamos a síntomas, sino a fallas celulares. Cuando las células empiezan a funcionar mejor, los beneficios se ven en los órganos y por consiguiente en el bienestar de la gente. Tenemos fórmulas generalistas y también formulaciones diseñadas específicamente para Covid persistente —con la que hicimos una prueba médica en hospitales públicos de Argentina— o para la salud cardiovascular, que también cuenta con pruebas médicas.

    Tratamos de diferenciarnos del gran mundo de suplementos dietarios que no tienen evidencia científica. Por eso hacemos certificaciones en Estados Unidos y pruebas clínicas. Hoy tenemos cuatro formulaciones en el mercado y estamos empezando una prueba médica para resistencia a la insulina. También estamos trabajando a nivel de ciencia en párkinson y enfermedades neurodegenerativas, todo a partir de las huevas de los erizos de mar como ingrediente central.

    —Su trabajo se basa en recursos del Atlántico Sur. ¿Qué potencial científico ve hoy en los ecosistemas marinos de la región?

    —Es gigantesco. Las exploraciones que se hicieron en el fondo marino tanto de Argentina como de Uruguay fueron espectaculares, y se vio que hay un montón de especies que ni siquiera conocemos, y por tanto hay infinidad de potenciales moléculas. Es lo mismo que pasa con el Amazonas; cuando se empezó a investigar no solo se hicieron cosméticos de todo tipo, sino también fármacos basados en moléculas de plantas y animales amazónicos. Y con el océano hay mucho más, porque está prácticamente inexplorado y uno podría encontrar un montón de moléculas anticancerígenas que modulen sistemas inmunológicos o que produzcan beneficios que aún todavía desconocemos.

    Erizo
    Erizo de mar.

    Erizo de mar.

    —Uruguay comparte ecosistemas marinos con Argentina. ¿Ve condiciones para que investigaciones de este tipo puedan desarrollarse o replicarse aquí?

    —Sí. Uruguay tienen una ciencia de muy alta calidad. Pero además Uruguay es la única zona azul en Latinoamérica (como se clasifica a los países donde la gente es más longeva y saludable), y tiene potencial para generar no solo investigaciones e innovación, sino también lugares específicos para que la gente busque este wellness y este bienestar. Una de las razones por las que se hace el summit en Punta del Este es exactamente por esta característica que tiene Uruguay sobre la salud de su población.

    —¿Cómo se vincula su investigación sobre compuestos antioxidantes marinos con los procesos biológicos del envejecimiento y con la idea de longevidad saludable?

    —Se relacionan de forma extremadamente directa, porque las grandes razones de los problemas de salud crónicos hoy en día son la inflamación celular y el estrés oxidativo. Gran cantidad de enfermedades no transmisibles como la diabetes, la hipertensión, la obesidad, inclusive muchas enfermedades autoinmunes que se despiertan tardíamente y aceleran el envejecimiento tienen que ver con estas dos características. Las células se inflaman y se oxidan, entonces funcionan mal: la calidad de vida disminuye y la esperanza de vida se acorta. Y la gran característica que tienen las huevas de los erizos de mar es que frenan eso, está clínicamente demostrado que las huevas de los erizos de mar logran bajar el estrés oxidativo y hacen que las propias células generen glutatión, que es un antioxidante natural. Entonces generan un ambiente no solo calmo dentro de la célula, sino más beneficioso, al activar las mitocondrias. Y eso es lo que se busca para disminuir el envejecimiento: bajar el estrés oxidativo, generar más glutatión, bajar la inflamación y tener más mitocondrias. Se venden muchos suplementos de glutatión. El problema es que la gran mayoría se absorben menos de un 15% en el intestino. Con nuestros productos la biodisponibilidad se vuelve del 95%.

    —¿Qué riesgos observa en la popularización del discurso sobre longevidad cuando no está suficientemente respaldado por datos científicos?

    —Siempre aconsejo que trabajen con médicos que tengan este tipo de formación, funcionales u ortomoleculares, que miren la salud desde otro punto de vista, para poder seleccionar qué tomar y qué no. Y, si van a comprar suplementos, que certifiquen las calidades: que tengan el sello FMP o BMP, de buenas prácticas de manufactura, que aseguren que el producto tiene trazabilidad y no presenta contaminación cruzada. Pero sobre todo que tengan una validación científica y no sean solo una moda.

    —¿Cómo imagina la evolución de la biotecnología marina en el Atlántico Sur en la próxima década y qué elementos considera indispensables para que un país impulse un sector de biotecnología marina con impacto?

    —Latinoamérica tiene, sobre todo en el Cono Sur, una oportunidad enorme. Porque tanto el Atlántico Sur como el Pacífico Sur son los océanos más prístinos del planeta: no tenemos todavía contaminación de metales pesados ni el problema que hay en el Caribe con el sargazo. Entonces tenemos una oportunidad de ventana sobre todo por la inexploración que existe. Aprovechar esa ventana y el talento científico que tenemos en Latinoamérica es de fundamental importancia, porque realmente puede generar un motor económico. Conocemos poco del océano, es vasto, pero tenemos que cuidar sus recursos. Y Latinoamérica tiene la oportunidad de desarrollar biotecnología marina. En Europa se está poniendo muchísimo dinero para eso, pero solo tienen el Mediterráneo y una zona del Atlántico Norte. Nosotros tenemos muchísima más costa, entonces sería inteligente que no solo miremos hacia la pampa verde, sino también hacia la pampa azul, como se ha descrito al Atlántico Sur.

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