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Danna Liberman: “Les mando un beso muy grande a los inventores o inventoras del Waze que han mejorado mi vida”

Edad: 42 • Ocupación: Actriz, docente y facilitadora de mindfulness Señas particulares: Sus alumnos le regalan golosinas, antes de participar en MasterChef usaba el cuchillo “de sierrita” para todo, está casada con el amor de su vida

Editora de Galería

¿Cómo festejó su Bat Mitzvah? Hicimos una fiesta en mi casa. Me puse un vestido que diseñé yo misma. ¿Por qué mi madre me dejó? A los 12 no te pueden dejar diseñar nada. Tenía un vestido que era simple, cortito, y me diseñé una sobrepollera con varias capas, blanca-lila, blanca-lila, blanca-lila. Y esa sobrepollera en un momento me la sacaba y quedaba con el vestido más cortito. Era como un cambio de ropa. ¿Entendés que yo lo dibujé, una señora lo hizo y yo me lo puse? Estaba feliz.

Es muy compinche con su mamá. ¿Cuál es el mejor plan para hacer con ella? Tomar mate. Porque tomar mate es sinónimo de sentarse y conversar. Compartimos una mirada sobre la vida. Ella también está en la búsqueda de lo espiritual, es sanadora, es un ser hermoso. Me encanta hablar con ella. Siempre me gustó. Es una referente importante. Yo siempre le digo a Ari, mi esposo, que ojalá mis hijos puedan venir a hablar conmigo como yo voy a hablar con mi mamá. Saber que alguien te va a escuchar, que no te va a juzgar, o por lo menos va a intentar no juzgarte.

¿Es orientada, geográficamente hablando? Cero. Hace 12 años que trabajo en este espacio y para ir a mi casa pongo el Waze. Primero, por el tema de la distracción. No sé por qué a veces me dan ganas de doblar, y te doblo. En un momento, te doblo. Y segundo, porque si no, estaría girando en círculos, perdiendo muchísimo tiempo de calidad que podría estar compartiendo con personas, tratando de llegar. Les mando un beso muy grande y mis mayores respetos a los inventores o inventoras del Waze que han mejorado mi vida notablemente.

¿Su paso por MasterChef cambió su forma de cocinar? Sí. Yo usaba el cuchillo de sierrita para todo, para mí no existía la cuchilla. Y los diferentes cortes, por ejemplo. Eso de que a igual tamaño­, igual tiempo de cocción es un concepto del Franchute (Laurent Lainé ) y me quedó grabado. Porque, claro, si vos cortás una cosa grande y una cosa chiquita y metés todo al horno, se te carboniza una y la otra no se cocinó. Es una cosa obvia, pero no tan obvia.

¿Y cómo se llevó con la competitividad del concurso? Soy competitiva. El primer día sudé como si hubiese jugado un partido de fútbol 5, que nunca jugué, pero me imagino. Salí muy devastada y muy mal y dije: “No, pará, no me puedo tomar esto así. Esto está mal”. Y aparte perdí (ríe). Así que dije: “No, Danna, no”. Ahí recordé uno de los conceptos que tengo para la vida, que para mí todo es un juego, y me divertí muchísimo. Era una oportunidad de conocer gente nueva, gente muy diferente. Se armó un grupo lindo, el equipo verde. Se comparten muchas horas. Y muchos nervios, y muchos piques, y fuego y cuchillos. O sea, estás en peligro de muerte todo el tiempo (ríe). Con esa gente atravesaste el campo de batalla.

¿Qué es lo más fácil y lo más difícil de ser madre después de los 40? Lo más fácil es que es mi tercera hija, por lo tanto ella hace lo que quiere y yo también. Duerme conmigo, pegada, tiene 10 meses. No estoy pendiente de los mandatos. Estamos acá, gozando de nuestra existencia mutua. Es un disfrute desde la distensión. Lo difícil es cuando llegás a las reuniones con las otras madres, que acaban de nacer (las madres). Digo: “¡Cuánto colágeno! ¿Qué pasó?”. Porque tienen por lo menos 10 años menos que yo.

La palabra hanami, el nombre que le puso a la obra que escribió en homenaje a su hijo Uriel, significa en japonés “el placer de contemplar las flores”. ¿Cómo es su vínculo con las flores? Me parecen una manifestación de la belleza, de la existencia, la plenitud. Y a su vez, cuando la flor abre y está en su plenitud, es el momento previo a morir. Entonces, para mí, es el punto de encuentro entre la vida y la muerte. Cuando integramos el dolor de la muerte en la belleza de la existencia, es como una sola cosa. Además, mi hijo Uriel amaba las flores. Siempre salíamos a mirar flores, a contemplar. Por ejemplo, la flor de aloe. ¿Viste que es extraña? Nadie pone un ramo de flores de aloe. Uno piensa en la flor y piensa en una cosa más estética, con un aroma. Pero hay flores que tienen un aroma pestilente. O hay flores que duran un solo día. Para mí, la belleza está en todas las flores.

Hace más de 10 años que está casada (2011). ¿Qué la enamoró de su marido? Mi marido es tan lo máximo. Fue mi primer beso de la vida, a los 13 años. Mi primer amor. No estamos juntos desde los 13 años. Estuvimos, volvimos; tenemos nuestra historia, pero es el amor de mi vida. Eso es una certeza. Y cuando te toca atravesar momentos difíciles como familia, pueden destruirte o tejer una raíz profunda. Yo me siento muy muy unida y somos muy diferentes, pero muy diferentes. Creo que esa debe ser una de las razones por las cuales nos complementamos. Para mí, nos encontramos para aprender uno del otro y para atravesar lo que nos tocó.

Ha dicho que no hay loto sin lodo, otra referencia a las flores. ¿Así ve la vida? Sí. Porque uno piensa en la flor de loto y piensa en lo puro, el equilibrio, y en realidad está en el lodo. Todas las mañanas emerge del lodo y todas las noches vuelve al lodo. Entonces, cuando estamos en el lodo y sentimos que no podemos salir, hay que confiar en que vas a emerger como un loto, y que después te vas a volver a sumergir. Esas subidas y bajadas también son la emoción de la vida.

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