Los domingos, antes de que la calle termine de despertarse, Foncho (Alfonso) Martínez Brianza juega a un juego que casi siempre gana. Desde la ventana alta de Gentío ve pasar cientos de personas que avanzan, mate en mano, entre la feria. Adivina cuáles van a subir los escalones. Casi nunca se equivoca. “Ese entra”, dice. Y entra.
No es magia. Es oficio. Después de años comprando en remates, armando casas, buscando piezas que otros pasan de largo y viendo cómo una silla, una lámpara o un cuadro encuentran dueño casi por intuición, desarrolló un radar para reconocer a quienes todavía caminan con curiosidad. Los que no salen a comprar algo puntual, sino a ver qué aparece.
Gentío nació un poco así. No como un plan de negocios, sino como una consecuencia. Primero fueron las compras compulsivas en remates, las piezas que ya no entraban en un apartamento del Cordón, las seis sillas Herman Miller que terminaron ocupando más espacio del posible. Después apareció una vieja casa sobre Tristán Narvaja con la luz justa, una arquitectura noble y una certeza: si iba a tener un lugar ahí, con la feria pasando por la puerta todos los domingos, no podía ser un depósito cerrado. Tenía que abrirse al barrio.
Desde entonces abre solo los domingos. Y esa decisión terminó definiendo el espíritu del lugar. Mientras Montevideo corre de lunes a viernes, la feria impone otra velocidad. Se estaciona lejos, se camina sin apuro, se entra a un local “a mirar”, se termina conversando cuarenta minutos con un desconocido o comprando un objeto que nadie había salido a buscar. “La venta se hace sola. Lo difícil es la experiencia”, dice Foncho sobre el recorrido. Y esa idea sirve tanto para explicar Gentío como para entender por qué la feria sigue siendo uno de los mejores paseos de la ciudad.
Gentío abre solo los domingo, lo que define el espíritu del lugar.
Adrián Echeverriaga
Por eso, más que preguntarle qué vende, tenía sentido pedirle otra cosa: que armara un domingo. No una guía de imperdibles ni una lista de recomendaciones, sino el recorrido de alguien que conoce Tristán Narvaja como quien conoce el living de su casa. Un paseo hecho de cafés, anticuarios, mantas donde revolver sin apuro, un choripán en una terraza, un sombrerero de los de antes y esos pequeños hallazgos que solo aparecen cuando uno deja de buscar.
No hay que saber de diseño para mirar distinto
Antes de abrir Gentío, Foncho pasó 10 años trabajando en Fez, una de esas tiendas donde los objetos llegaban de viajes, ferias y fábricas para terminar en las casas de otros. Aprendió de muebles, de textiles, de iluminación y de composición. Pero, sobre todo, aprendió a mirar. O, mejor dicho, a detenerse.
Gentío terminó pareciéndose bastante a la manera en que Foncho mira el mundo. No hay estanterías repetidas ni series infinitas del mismo producto. Hay cuadros apoyados esperando dueño, cerámicas, ropa, lámparas, libros, máscaras, pequeños animales de vidrio, muebles y objetos que parecen haber llegado desde lugares distintos para convivir en un mismo paisaje. Nada está ahí por casualidad, pero tampoco responde a una fórmula. El recorrido tiene más de intuición que de catálogo.
“Me gusta hackear el sistema”, dice. “Me gusta hackear el sistema”, dice.
“Me gusta hackear el sistema”, dice. Lo explica hablando de remates, de encontrar una pieza extraordinaria que pasó inadvertida para todos los demás. Pero la frase sirve también para entender cómo construyó el lugar. En tiempos de algoritmos que muestran siempre lo mismo y de casas que se parecen demasiado entre sí, Gentío propone sorprenderse. Por eso insiste en que los objetos no son solamente objetos. Guardan memorias. Disparan recuerdos. A veces uno compra un cuadro y termina llevándose una historia. O una canción. O la imagen de la casa de una abuela. “Los objetos te eligen”, dice, como quien habla de personas. Tal vez por eso le cuesta pensar en vender. Prefiere pensar en encontrar el dueño correcto para cada cosa.
Para Foncho, los objetos no son solamente objetos. Guardan memorias. Disparan recuerdos.
Adrián Echeverriaga
No empieces por el principio
Hay una manera de recorrer Tristán Narvaja si lo único que uno quiere es tachar casilleros: comprar frutas, mirar libros, pasar entre los puestos de ropa y volver a casa antes del mediodía. Foncho hace exactamente lo contrario. “Yo siempre entro por otro lado”, dice, mientras gira el dedo en dirección a una calle paralela. Evita el primer tramo de la feria, el más apretado, el de las bolsas de verduras, los carros y la ansiedad de quien viene con una lista. Prefiere aparecer unas cuadras más abajo, cuando el ritmo empieza a aflojar y la caminata deja de parecer una misión para convertirse en un paseo.
Hay algo de esa elección que también explica su manera de mirar. No parece interesado en encontrar rápido lo que busca. Al contrario. Da la impresión de disfrutar el rodeo. Como si la gracia estuviera en demorarse lo suficiente para que aparezca lo inesperado.
La primera parada llega casi enseguida. No es un anticuario. No es un puesto histórico. Es un café. Porque, según él, el paseo empieza mejor con un vaso caliente entre las manos que con una bolsa llena de compras. En la esquina de Tristán Narvaja 1612, el pequeño Recoveco sirve un café que Foncho recomienda sin vueltas.
En la esquina de Tristán Narvaja1612, el pequeño Recoveco sirve un café que Foncho recomienda sin vueltas.
Lucila Castillo
En la calle hay gente que camina con un ramo de flores recién comprado. Otros cargan discos de vinilo. Un padre empuja un cochecito mientras el hijo insiste en detenerse frente a una caja de juguetes usados. Dos turistas discuten si aquel cuadro vale lo que cuesta. “Los objetos te eligen”, había dicho Foncho en Gentío. Y recorriendo la Tristán, uno empieza a pensar que quizá esa frase también sirve para los barrios.
A pocos metros aparece otro de esos lugares que parecen resistirse al paso del tiempo. La vidriera de Livio Gorras (Tristán Narvaja 1637) podría pertenecer a otra época. Detrás del mostrador, Livio sigue haciendo sombreros a medida con la paciencia de un oficio que casi no existe. Sigue haciendo las cosas como siempre se hicieron. En una feria donde todo cambia cada domingo, el taller de Livio funciona como un pequeño recordatorio de que algunos saberes sobreviven al paso del tiempo.
Livio sigue haciendo sombreros a medida con la paciencia de un oficio que casi no existe.
Lucila Castillo
Unos pasos más allá, el paisaje cambia por completo. Piba Z parece pertenecer a otra generación. Camperas deportivas, prendas dosmileras, colores fuertes y una curaduría que mira más a la cultura pop que a la nostalgia. Eso también es Tristán Narvaja: en menos de una cuadra conviven un sombrerero que cose a mano desde hace décadas y una tienda donde jóvenes buscan la próxima joya vintage para subir a Instagram. La feria nunca fue un museo. Siempre fue una mezcla.
Piba Z parece pertenecer a otra generación. Camperas deportivas, prendas dosmileras, colores fuertes y una curaduría que mira más a la cultura pop que a la nostalgia.
Lucila Castillo
Hay objetos que esperan
Después del café, del sombrerero y de la ropa vintage, Foncho recomienda un lugar donde sí o sí “hay que entrar.” Detrás de una fachada discreta, el anticuario de los hermanos Zubía funciona con otra lógica. No hay acumulación ni esa sensación de búsqueda desesperada que a veces tienen las ferias. Cada pieza ocupa su lugar. Los muebles, las luminarias, la cristalería y los objetos dialogan entre sí con una calma que obliga a bajar el ritmo. A Foncho le gusta especialmente esta tienda. Según él, curar un espacio (aunque nunca usaría esa palabra) no consiste en juntar cosas lindas. Consiste en saber cuáles merecen seguir circulando. Hay una diferencia enorme entre acumular objetos y construir un paisaje. Esa idea que ve lograda en Zubía es la misma que intenta defender en Gentío: las casas no necesitan más cosas, necesitan mejores historias. Foncho dice que nunca le interesaron demasiado las tendencias ni las casas que parecen salidas de un catálogo. “Una casa linda es una casa que te permita ser lo más vos posible”, había dicho Foncho. Acá en lo de Zubía esa idea cobra forma. Uno se va de este anticuario pensando que a veces alcanza con saber que esas cosas siguen ahí, esperando a la persona indicada.
Un lugar donde sí o sí “hay que entrar”: el anticuario de los hermanos Zubía.
Lucila Castillo
El placer de encontrar
Después de Zubía, la feria vuelve a desordenarse. Las vitrinas desaparecen y el paisaje cambia de golpe. Empiezan las mantas extendidas sobre el piso, las cajas de cartón, las pilas de objetos donde conviven una cuchara de plata, un muñeco sin un brazo, una cámara fotográfica, un cenicero de vidrio y una lámpara a la espera de una segunda vida. Es hora de revolver. Bucear. Buscar esa sensación difícil de explicar que aparece cuando un objeto se sale del montón. La frase de Foncho, “me gusta hackear el sistema”, en la feria adquiere otra dimensión. Hackear, en este caso, consiste en encontrar belleza donde otros apenas ven cachivaches. “Hay que ser pillo”, decía. “Acá siempre aparece algo”. Y “algo” es, por ejemplo, una pieza que sobrevivió al tiempo sin perder su carácter, aunque tenga una marca, una rayadura o una historia imposible de reconstruir del todo.
El domingo también se come
Luego de varias cuadras caminando, uno deja de pensar en objetos y empieza a pensar en comida. Foncho recomienda parar en El Imperio (Tristán Narvaja 1752), subirse a la terraza, pedirse un choripán y mirar la feria desde arriba. Después de recorrerla a pie, verla desde esa altura cambia la perspectiva. Las cuadras que hace un rato parecían un laberinto se convierten en un río de gente que avanza lentamente entre puestos, toldos y árboles.
Foncho recomienda parar en bar El Imperio, subirse a la terraza, pedirse un choripán y mirar la feria desde arriba.
Adrián Echeverriaga
Hay domingos que dobla unos metros antes y entra a Sanguche (Tristán Narvaja 1648). El menú es otro, la estética también. Panes bien hechos, combinaciones creativas y una cocina que se integra a una generación nueva de locales de comida que fueron apareciendo alrededor de la feria. Cocinas que mezclan sabores uruguayos con influencias venezolanas, colombianas, peruanas o asiáticas. Tristán Narvaja siempre fue un lugar donde las cosas se mezclan. Bien dijo Foncho: “Es un paseo que está vivo”.
Antes de irse
Cuando el almuerzo termina y la feria empieza a bajar lentamente la intensidad, el recorrido vuelve a Gentío. En unas horas habrá pasado por el local gente que compró un cuadro, una lámpara, una campera o una taza. Otros habrán entrado solamente a mirar. No hace demasiada diferencia. “La venta se hace sola”, repite su dueño. “Lo difícil es la experiencia”. Quizás por eso, cuando alguien cruza la puerta para irse, casi nunca le dice “gracias por venir”. Los saluda con un “disfruten la feria”. No es una despedida. Es una invitación a seguir caminando.