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Ignacio Martínez, escritor de 100 libros infantiles: "Me queda pendiente ver a la gente feliz"

Edad: 68 • Ocupación: escritor • Señas particulares: El piano es su terapia; colecciona las tazas que le regalan en las escuelas que visita; habla de su esposa Brenda como “la mujer más linda del mundo”

Visita muchas escuelas al año. ¿Recuerda algo en especial que le hayan dicho los niños? Sí, en la escuela 111, de Av. Italia y Caldas, un niño me dijo: “Lo más lindo que vos tenés es que sos un escritor vivo, porque yo pensé que iba a venir un escritor muerto” (risas). Cuando se dio cuenta del disparate que estaba diciendo todo el mundo se rio, pero yo le dije: “Tenés razón, efectivamente, muchos ya están fritos, entonces es normal que hayas dicho eso”. Otra vez, un chiquito de un jardín que no recuerdo bien cuál era, se ve que no tenía muy incorporado el nombre Ignacio, pero seguramente iba a algún club por la ocurrencia que tuvo, que fue brillante. Se me acerca y me dice: “¿Por qué te llamás gimnasio?”. Le dije: “No te voy a responder, vení, dame un abrazo”.

¿Qué recuerdos tiene más presentes de su infancia? Un padre que era un gran narrador. Siempre les digo a los niños: “Cometió un error, no leyó un cartel que decía ‘el cigarrillo ya fue, si usted no lo mata, lo mata a usted, cuidado”. Se murió muy joven, a los 42 años; yo era muy niño, así que tengo un recuerdo lejano, fuerte, pero lejano. Mi madre, una mujer excepcional, nos crio como pudo, y tan mal no le salimos. Las letras fueron claves: lo mío es la literatura desde hace más de 45 años y mi hermano es director de bibliotecas. O sea que los libros fueron determinantes.

¿Cuándo empezó a escribir? Todo comenzó en tercer año de escuela, cuando tenía ocho años y una maestra divina, de la cual uno termina siempre medio enamorado. Nos mandó hacer un cuento que tuviera palabras formadas por las sílabas que y qui para usar la u que no suena. Yo escribí un cuento que se llamaba Los inquietos arqueros de Aquiles, y me saqué un sote, como se decía antes. Supongo que mi mamá me llenó de besotes, como hizo toda la vida. Ahí empecé a sospechar que la palabra escrita es una linda forma de comunicarnos.

Vivió mucho tiempo en el exterior, exiliado. ¿Cómo fueron esos años? Primero fui para Argentina y caí en la boca del lobo, porque en el 76 yo estaba allá cuando fue el golpe de Estado­. Ahí me fui para Suecia, y después me vine para América de vuelta. He andado por todo el mundo.

¿Fue en esa época que escribía bajo seudónimo? Un solo libro. Vino antes de que yo ingresara al país, entonces la editorial, que era suecouruguaya­, Norton, tenía miedo de que si el libro entraba con mi nombre lo requisaran en la Aduana o hubiera algún problema, porque estábamos todavía en dictadura. Entonces firmé Ignacio Seger, que significa victoria en sueco. Fue una especie de pequeña bandideada.

¿Es verdad que trabajó en 100 oficios? Sí. En el exterior, y acá también. Di clases de Idioma Español, trabajé de traductor del sueco al español, hice carpintería, fui mozo de boliche, extraccionista de sangre, técnico en medicamentos… por eso recomiendo los yuyos (risas).

¿Sabe de yuyos? No, pero sí sé que los medicamentos no son lo mejor muchas veces. Salvo excepciones, hay que tratar de ir a la medicina más natural.

¿Es cierto que conoció a Cortázar? Sí, el 1 de setiembre de 1977 en París. Habíamos sido convocados por un grupo de uruguayos residentes en Europa, todos preocupados por lo que pasaba en Uruguay, los desaparecidos, que es un tema que me conmueve y me llega hasta el tuétano. Él estaba allí, era en una especie de iglesia oscura. No quería a la prensa porque el centro del evento era otro, no era Cortázar. Entonces nos fuimos retirando, pero él me dice: “Uruguayito, vamos a sentarnos”, porque él era muy alto, y yo lo miraba así (mira hacia arriba). Hablamos muchísimo, me deslumbraron muchas cosas de ese hombre. Y su obra, por supuesto.

Con una carrera tan prolífica, de más de 100 libros publicados para niños y casi 20 para adultos, además de obras de teatro, ¿tiene algún sueño por cumplir? En principio, tratar de ir cumpliendo con todos los compromisos que uno viene asumiendo. Pero que me quede pendiente… Tengo una idea más general. Me queda pendiente ver a la gente feliz; veo mucha gente incapaz de reír o de hacer reír o de amar lo que hace. Es una cosa medio frustrante. Yo tengo hijos en el exterior, como consecuencia de mi exilio. Tengo dos en Suecia, uno en Costa Rica, una hija en Argentina y solo Lupe me queda acá. Y los nietos también. Podría decir: “Me queda pendiente tener una avioneta para visitarlos más seguido”. Pero no es una cuestión esencial, porque cuando nos vemos parece que nos hubiéramos visto ayer, y eso habla de ese universo, de ese territorio que no es ni del tiempo ni de la distancia, es de los afectos.