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Lucía Sommer: "Me dieron el posgrado de 'hippie' cuando me fui a vivir al remanso de Neptunia"

Edad: 55 Ocupación: Actriz Señas particulares: hace dos años se baña con agua fría; en la Comedia Nacional le dicen Chula; le gusta acumular conocimientos “al cuete”

Editora de Galería

Es de Leo. ¿Se identifica?

Sí, sobre todo me identifico con el chancho del horóscopo chino. Soy rechancho.

¿En qué sentido?

Al chancho le gusta estar en el chiquero, le gustan todos los placeres: la comida, el chupi, el chocolate, el sexo, todo. Me identifico más con eso que con Leo.

De niña era muy inquieta, pasaba sus días jugando en la calle, y también era curiosa. ¿Mantiene estas características?

Me encanta salir, me levanto a las seis de la mañana para ir al gimnasio. Obviamente, si está lloviendo prefiero quedarme en mi casa. Pero, si no, me encanta agarrar al perro y caminar por la rambla. Después, me gusta saber cosas y explorar, como decía mi exmarido, conocimientos al cuete. Ahora en verano hice un curso de jardinería vertical, aunque nunca voy a hacer un jardín vertical, pero me encantan. Todo eso me recuelga, pero yo soy re mano negra, o sea, te toco la planta y te la mato. Estudié alta costura en un momento también. Me encanta todo el mundo del vestuario y opino de todo. Me gustaría saber más cosas. Otro sueño que tengo es la ecoconstrucción. Lo voy a hacer.

¿Sueña con construirse una casa de barro?

Sí, obvio. Nosotros heredamos de mi padre una chacrita en Canelón Grande. Siempre digo que me voy a hacer una casita. Nunca va a pasar porque mi cuñado hace construcción en madera, voy a terminar contratando sus servicios (risas). Pero me encanta. Soy muy hippie también. Me gusta lo alternativo. Algún día lo voy a estudiar, solo para saber.

¿Qué la hace sentir hippie?

Lo he aceptado con el paso del tiempo, porque la gente dice “pero vos sos muy hippie”. Y yo: “¡No soy hippie, qué horrible!”. Imaginaba que me lo estaban diciendo como si fuera remugrienta. No soy hippie chic, pero me gusta el confort, entonces no soy tan hippie. Pero por otro lado soy rehippie: no me compro ropa, uso lo que me dan. No soy consumista. Tengo muebles que me dieron, la cocina me salió 170 pesos en un remate y la compré porque era igual a la que tenía mi mamá cuando éramos niños. En un momento piré, vendí mi apartamento en Ciudad Vieja y me fui a vivir al remanso de Neptunia. Ahí me dieron el posgrado de hippie. Después me robaron la camioneta y dije: “Creo que me tengo que volver a Montevideo”. Fue mi experiencia límite de hippie. Quisiera ir a un kibutz a vivir la experiencia de vivir en comunidad. Igual, me parece que es un sueño intelectual nada más.

Antes de estudiar actuación pensó en empezar Relaciones Internacionales. ¿Se imagina cómo hubiera sido su vida si seguía esa carrera?

Bueno, no hubiera sido hippie. Siempre pensé que empecé a actuar porque me vino una chiripiorca, que había sido de un día para el otro, porque siempre quise ser abogada penalista. Veía series como Matlock, veía los juicios orales y públicos que tienen los norteamericanos, y yo quería hacer eso. Mi madre, que era abogada, me dijo que esos juicios no existían en Uruguay. Ahora me doy cuenta de que lo que quería era actuar.

De chica odiaba la música clásica y terminó estudiando canto lírico. También detestaba ir al club y ahora es aficionada al deporte. ¿Hay algo que hoy no le guste, pero que no descarte que le vaya a encantar en cinco años?

Ahí había una cuestión con la obligatoriedad de las cosas. Hoy me encantaría haber aprendido un instrumento. No llegué a tocar nada, pero empecé con el violín porque mi padre tocaba el violín y yo quería tocar, aunque no estudiar, que son cosas distintas. No tenía ninguna disciplina. Me mandaron al club porque mi padre era socio del Biguá. Yo lo detestaba. Tenía muchos problemas de timidez y de comunicación. Y realmente la gente que iba al club no tenía nada que ver conmigo, no tenía amigas, la pasaba mal. Mi hermano hacía karate. Yo creo que me habría gustado más. Ahora de grande hago kickboxing.

Además de kickboxing hace jiu-jitsu. ¿Qué le atrae de esta disciplina?

Me parece fascinante. Se lo recomiendo a todo el mundo, no solo por lo físico, sino por lo mental. Estás luchando por tu vida pero al mismo tiempo tenés que mantener la cabeza muy relajada. Es muy interesante lo que pasa mentalmente ahí, de mantener la calma cuando te están metiendo una llave. La única forma de salir de eso es mantener relajada la cabeza para saber cómo reaccionar.

¿Se considera relajada?

Tengo bastante calma mental. Hago mucho trabajo para eso. Hace unos años me empecé a bañar con agua fría. Es un ejercicio para poder mantener la calma en situaciones de estrés. A mí me sirvió bastante. Claro que, si estoy helada, no me doy una ducha con agua helada. Más allá de eso, trato y lo recomiendo.

Vive con un perro que adoptó hace unos meses. ¿Volvería a convivir con una persona?

No soporto mucho la convivencia. Está todo bien, no es que diga que no quiero tener pareja ni nada, sino que creo que los matrimonios durarían más si cada uno viviera en su casa, porque la convivencia es un tema complejo, desgasta mucho, y cuanto más viejo te ponés, peor.

Una vez hizo un desnudo para una tapa de revista. ¿Le costó?

No, nada. En mi casa no había mucho pudor por el cuerpo. Nunca hubo vergüenza, y no me dio pudor nunca en el teatro.

¿Algún actor de la pantalla que le encante?

Gary Oldman es la cosa más increíble que hay. Lo amo, es un actorazo.

Tiene el pelo muy largo. ¿Es de ir a la peluquería?

Nada. O sea, voy una vez al mes a hacerme el henna, y todas las veces que voy me quieren convencer de que me corte el pelo.

¿Llegó a dejarse las canas?

Se me ocurrió en la pandemia. Me empecé a mirar y dije “no”. La cana no queda platinada naturalmente, se pone amarillenta. Cada tanto veo a alguien que se dejó las canas y pienso: ay, otra más, qué pesada (risas). Sí me hago laciado, esto no es natural. Parece natural; pienso que este debería ser mi pelo porque tengo cara de india. ¿Por qué tengo ondas?, me pregunto.