N° 1920 - 01 al 07 de Junio de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl momento de mayor esplendor del Islam está asociado a los nombres de Averroes, de Al Farabi, de Avicena; tal vez a este último es que deben atribuirse la mayoría de los méritos que forman parte de la arqueología cultural de una civilización que desde entonces se privó de la investigación y del gusto por el conocimiento. Fue esa, la del contacto del mundo musulmán con la filosofía griega, una luz intensa pero efímera, y podemos datar cuándo comenzó a apagarse: fue en el momento en que llegaron al poder los turcos selyúcidas, en torno al año 1055. Esta facción se compone mayoritariamente de sunitas ortodoxos que estimulan no la filosofía, no la ciencia y la experimentación, no el diálogo con las culturas del mundo y la ampliación de horizontes para la investigación de la naturaleza, sino el cerrado misticismo sufí.
El más notorio representante de esta nueva y definitiva ola de cerrazón es el filósofo Al Gazel, hasta el día de hoy el más respetado e influyente teólogo del Islam, que en su momento se sirvió de su formación filosófica para atacar la filosofía y defender la exclusividad excluyente de la teología. Su método es inteligente y habilidoso, casi perverso: postula con argumentos muy sutiles, muy bien trabajados, un radical escepticismo filosófico con el fin de desacreditar a la razón y elevar la fe. Su tesis bien se inscribe en la agenda de la filosofía de la Edad Media, de la que es referente; dice así: los filósofos no pueden conocer la verdad con la sola luz de la razón, por tanto cada vez que los filósofos quieren demostrar, como era habitual e imperativo entonces, la existencia de Dios o la inmortalidad del alma, que son las verdades más favorables a la religión, declara con aparente desaliento que esa prueba no concluye. Y para coronar su operación, desarrolla toda una astuta argumentación, bien entrelazada en cada una de sus partes, y muy seductora para el lector desprevenido, una tirada provocativa, digamos, digna de Lucrecio o de Voltaire pero que esconde bajo su humilde manto el puñal del fanatismo. El abismo hacia el que cae se ha dado en llamar fideísmo, y consiste en arruinar de tal modo el espacio y los instrumentos de la razón, que luego no hay razones para defender la fe con otro argumento que no sea la propia fe; es como cortar absurdamente la rama sobre la que se está parado. Solo que, por inteligente, es delicado; y si bien gasta destrezas en ir contra la razón, postula al propio tiempo lo que llama un “justo medio de la creencia”, que no es otra cosa que ubicarse equidistante entre los que acatan ciegamente la letra del Corán y quienes confían en la razón para buscar la verdad. Eso es lo que afirma en un sentido que puede impresionar como prudente, pero en la práctica se advierte que con su filosa retórica de hecho no toca un solo versículo del Corán —nadie sensatamente se atrevería a ello—y sí, en cambio, apunta todas sus baterías a las imposibilidades de la filosofía frente a la contundencia de la Revelación. Juega indistintamente con ambas barajas, aunque de antemano conoce el resultado.
Afirma, así, el comienzo del mundo pero en consonancia con su método, no lo afirma solo por la fe sino que entiende que se puede demostrar con la razón, se puede demostrar que el mundo empezó, por tanto es imposible un mundo que no haya empezado. Dice aproximadamente esto: si fuera posible un mundo sin comienzo, no se podría demostrar el comienzo del mundo porque no se llegaría a eso como conclusión necesaria, siempre quedaría la posibilidad de que hubiera sido distinto, es decir que se puede demostrar, y como se puede demostrar, lo otro es imposible; este es el argumento que usa para demostrar que el mundo tiene que haber empezado; se basa en un principio que es que ser efecto significa que no se era y que después fue, primero no era y que después fue: como se ve, se trata de un argumento podríamos decir afable, hilado con precisión y no sin cierto apego por los derroteros de la filosofía. Pero no pasa de eso.
La siguiente acción salta del campo de la filosofía al de la política y recomienda al sultán no hacer lugar a los filósofos en su reino, porque los filósofos son innecesarios, porque todas las verdades están en el Corán y la filosofía, por tanto, es una invitación al desvío, al desconocimiento, a la pérdida de fe, a la herejía, al fuego. Desde entonces ha prevalecido esa postura.