N° 1933 - 31 de Agosto al 06 de Setiembre de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Brasil es el país del futuro… y siempre lo será”. Esta frase se la atribuyen a varios personajes, pero a todos ellos con el mismo sentido: Brasil tiene riquezas naturales, un enorme territorio, un mercado interno potente, pero también tiene… brasileros. Por eso, nunca termina de despegar. Siempre amaga y siempre termina aterrizando forzosamente.
Pero ahora parece que las reformas hacia la apertura comercial, la liberalización del mercado laboral y la privatización de empresas ineficientes (y corruptas) van en serio. No porque demuestren mucha convicción en ello, sino porque el agua ya les pasó el nivel del cuello.
Brasil ya probó todos los fracasos políticos y económicos que podía probar: política de sustitución de importaciones, dictadura militar, política socialista, populismo y un neoliberalismo con Collor de Melo, que no fue otra cosa que un reparto de favores a los amigos. Al mejor estilo Menem.
Lo que Brasil casi nunca ha probado en toda su historia es el liberalismo liso y llano. Hoy figura en el lugar 140 del ranking de libertad económica de la fundación Heritage, encabezado por Singapur, Hong Kong y Nueva Zelanda. Se ubica en el lugar 123 del ranking Doing Business del Banco Mundial, que mide la facilidad para hacer negocios y las buenas regulaciones.
Todas estas políticas socialistas, estatistas, intervencionistas y que recargan de impuestos a los que verdaderamente trabajan y crean valor, son las que hunden a los países. Los que son muy ricos en recursos naturales demoran más en irse al fondo, pero todos terminan naufragando.
Brasil parece haber entendido la lección: el socialismo y el populismo solo duran (como decía Margaret Thatcher) hasta que se acaba el dinero… de los demás. Mientras tanto, dejan un tendal de corrupción, déficit, endeudamiento público y pésimos hábitos laborales, de personas que se acostumbran a recibir dinero sin hacer nada o haciendo muy poco.
La semana pasada, todo el gobierno uruguayo puso el grito en el cielo con la reforma laboral aprobada en Brasil y ahora gritarán más fuerte, ya que se aprestan a privatizar varias empresas y servicios públicos para generar liquidez y evitar la sangría de las malas gestiones en manos de políticos y empleados públicos.
Van a privatizar Electrobras (la empresa de energía eléctrica más grande de América Latina), aunque el Estado permanecerá como accionista y la lista continúa con otras 56 empresas estatales entre aeropuertos, autopistas, terminales portuarias y hasta la Casa de la Moneda.
Ante esta iniciativa, tres comentarios. El primero, recordar los avances en igual dirección realizados por el gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera que han sido un éxito hasta el día de hoy: terminar con el monopolio del Banco de Seguros, mejoras en el puerto, superávit fiscal, bajar la inflación del 120% al 40%, eliminación de aranceles, desmonopolización de alcoholes, etc.
Lo segundo: no caer en el esquema privatizador de Menem, que tuvo poco de liberalismo y mucho de mercantilismo para amigos.
Y tercero, que estas reformas harán más competitivo a Brasil y menos a Uruguay, que sigue abrazado a absurdos monopolios, subsidios, endeudamiento y rigidez laboral.
Este gobierno frenteamplista no va a hacer ningún cambio en la dirección que está tomando Brasil. No creen en ello, no tienen tiempo y no tienen agenda.
Pero la oposición y los empresarios sí deberían poner estos temas arriba de la mesa y hablarlos con clara y fuerte voz. ¡Sine metu!