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    Carta abierta al embajador de España

    Sr. Director:

    Solicito a Ud., si lo considera pertinente, la publicación de esta carta enviada al señor embajador de España.

    Miguel Ángel Estevez

    Señor embajador del Reino de España ante la República Oriental del Uruguay

    Estimado señor:

    Como ciudadano uruguayo, me dirijo a Ud. con todo respeto, en su carácter de máximo representante del gobierno español en el Uruguay, para poner en su conocimiento un episodio del que fui protagonista, que en la generalidad es insignificante, pero en la individualidad de las personas es muy importante y me afectó profundamente.-

    El 20 de diciembre pasado me dirigí a Europa, específicamente a Asti, Italia, en el vuelo de Iberia hacia Madrid y con conexión a Turín, destino final del viaje aéreo. El motivo del viaje era pasar las fiestas navideñas con la parte de mi familia que vive en Oslo, Noruega, compuesta por mi hija, ciudadana española, mi yerno, italiano nativo, y mi nieta, de nacionalidad noruega, italiana y uruguaya. El encuentro se efectuó en Asti, donde vive la familia de mi yerno, es decir, mi familia política.

    Al realizar el trámite de migración para la entrada a Europa, en el aeropuerto de Madrid Adolfo Suárez, me atendió una persona que, con una soberbia propia de un funcionario de un régimen totalitario y no de un Estado de derecho como es España, me preguntó hacia dónde iba, qué iba a hacer y ante mi respuesta me exigió la “carta de invitación” de mi familia, reprochándome que no tenía reserva de hotel, cosa que era imposible porque me iba a alojar y alojé en casa de mi familia política. Ante el asombro, le dije que eso no me lo habían pedido nunca, a lo que respondió que me iban a retener en una habitación y que me iban a mandar de regreso a mi país en el primer vuelo (casi 24 horas después). Me sentí confundido, humillado y vejado en mis derechos. Ante tal circunstancia, le traté de dar una serie de argumentos y determinados datos (que relataré más adelante) que explicaban que mi situación era acorde a derecho, pero no hizo caso. Con la misma actitud de soberbia con que me trató, no sé si por lástima o por soberbia, (como diciendo “usted pasa porque yo le dejo”), puso el sello de entrada (curiosamente en la hoja del pasaporte adjunta a la visa que tengo de EE.UU. hasta el 2024, visa que es muy difícil obtener en Uruguay y que debería servir de referencia), diciéndome que me iban a tener vigilado y a controlar mi salida de Europa. Todo esto me provocó un estado de desequilibrio tensional del cual me fui recuperando con determinados remedios que llevo conmigo y un descanso en la sala VIP de la aerolínea hasta esperar la conexión.

    Al comentar esto, mis amigos y familiares italianos me manifestaron que eso lo hacen a determinadas personas, una especie de “diezmo”; cada tanto número de gente eligen a alguien, como una especie de “razia”, para evitar la entrada de personas indeseables, con antecedentes penales, gente que se dirige a trabajar o a radicarse furtivamente. Si es así, y otra explicación no encuentro, entiendo que fallaron en el procedimiento, ya que el elegido al azar puede ser una persona respetable que no merece ese trato, pero se equivocaron muy feo por las siguientes razones: 1) los uruguayos que viajamos con pasaporte uruguayo no somos indeseables ni tenemos antecedentes penales; previo a obtener el pasaporte necesitamos un certificado de buena conducta expedido por el instituto policial, que acredita la situación regular desde ese punto de vista, y al embarcar en el aeropuerto se controla que el titular de ese pasaporte no tenga ningún tipo de requerimiento (llama la atención que se controle a personas normales cuando, según las redes sociales y los medios de información, se pasean por España en particular y Europa en general, integrantes de las mafias del deporte, dirigencia y barras de la droga, de la trata de personas, de la corrupción política y fiscal, del tráfico de armas, y pasan esos controles migratorios); 2) en cuanto, en mi caso, si me dirigía a trabajar o a radicarme furtivamente, ese señor no tenía por qué saber lo que yo le decía y que se negaba a oír, de que soy un profesional liberal jubilado que en Uruguay tengo un buen pasar y un relativo patrimonio. Pero sí debería saber cosas que yo le decía y le podría probar con el pasaporte y la documentación en mi poder, a saber: a) desde 2008 he viajado a Europa todos los años. Incluso, entre julio de 2016 y agosto de 2017 viajé tres veces (nacimiento, bautismo y primer cumpleaños de mi nieta) y todas las entradas las hice por Madrid, aprovechando el cómodo y excelente servicio directo que tiene Iberia desde y hacia Montevideo, y todas las salidas también fueron por Madrid, salvo una en 2010 que fue desde Génova en un crucero trasatlántico en el cual volví al Río de la Plata. En cada viaje, visitando a familiares y amigos que tengo en España, Italia y Noruega, aprovechaba para hacer un tour por determinados países. Visité más países de Europa que los que no visité, y repito, todas las entradas y salidas salvo una las hice por Madrid; b) que estoy a punto de cumplir 74 años de edad y mal puedo ir a trabajar, y dada mi cómoda situación económica obtenida únicamente por mi esfuerzo personal, me puedo sustentar por mi cuenta en mi país y en cualquier parte del mundo; c) que viajo en clase ejecutiva, cosa que no creo que lo hagan los que viajan por necesidad o buscando una radicación furtiva; d) que tenía marcado el pasaje de regreso para el 8 de enero, como ocurrió; e) que tenía dos tarjetas de crédito y una tarjeta de débito y era portador de una relativamente importante suma de dinero en euros. Esas “razias” para defender determinados principios y cumplir determinadas órdenes no dan el resultado que se busca, y afectan a personas que no merecen ese trato.

    No es el caso de esta carta, pero vale un comentario referente a otros que van a trabajar o a radicarse furtivamente. El Uruguay, como otros países de América, recibió con toda generosidad a inmigrantes españoles, italianos y de otras nacionalidades, incluso yo soy descendiente por línea paterna de ancestros españoles y por línea materna de ancestros italianos, soy viudo de una ciudadana española, la madre de mis hijas, las que son también ciudadanas españolas. Hoy, mi país está recibiendo con toda generosidad a inmigrantes que huyen por terribles situaciones sociales de las sangrientas dictaduras que afloran en nuestro continente. España, como otros países de Europa (Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, en parte Italia, Reino Unido, —a pesar de que este ya no integra más la Unión Europea—), a través de su política colonial, que dejó muchas cosas positivas, también se aprovechó por siglos de las riquezas de sus colonias y aún hoy algunos tienen asentamientos coloniales en África, América y Oceanía. Con esto quiero decir que debería tener cierta consideración con los habitantes de sus excolonias y hacerse cargo de la situación en que las dejaron.

    En cuanto a mi situación personal, el episodio me dejó muy marcado, quedé muy dolorido moral y psicofísicamente. Nunca nadie me había tratado como alguien que viola las normas, que está al margen de la ley, como me sentí tratado, pero de cualquier manera seguiré viajando mientras la biología y la economía me lo permitan, porque no voy a renunciar a pasear por Europa y visitar a mis familiares y amigos. Y si siguen utilizando la táctica del azar para detectar irregularidades y algún día me retienen para devolverme a mi país, espero que pueda pasar esas horas de retención no en una habitación, sino en la sala VIP, que tengo derecho a usar. Pero tenga la seguridad de que si algún día, por las circunstancias políticas o económicas que, como una plaga, se extienden por el continente, debo dejar mí país, me iré con mi familia a Europa y entraré no furtivamente, sino al amparo de las normas de derecho.

    Me llama la atención que esto me haya pasado en España nada menos por las siguientes razones: 1) España aparece a los ojos del mundo como respetuosa de los derechos humanos, reconocidos en esa Constitución que con orgullo celebraron sus 40 años. Derechos humanos que, dicho sea de paso, no nacen en una declaración de un texto legal ni de un organismo burocrático internacional, sino de la propia creación del individuo, y son esenciales a la existencia del hombre: vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. Me sentí vejado y amenazado en mis derechos, especialmente el del honor y la libertad. 2) España se jacta, y con razón, de ser el mayor o uno de los mayores países receptivo de turismo; mal le puede ir a un turista que se le trate en la forma que me trató ese funcionario; es más, deberían advertir a las agencias de turismo de que existe la posibilidad de que sus pasajeros sean tratados así. 3) El funcionario no es más que alguien sometido a una relación de dependencia de un ministerio, de un gobierno y de un Estado; cumple órdenes que se imparten por sus jerarcas en el ejercicio de la defensa de la soberanía, pero lo contradictorio es que ese Estado tiene sometida, en muchos casos, esa misma soberanía administrativa, legislativa, judicial y financiera a organismos supranacionales que dirigen desde Bruselas, Estrasburgo, La Haya o Frankfort, en cuanto a integrante de la Unión Europea y que defiende esa soberanía de la Unión cuando un pasajero va a otro país pero no puede mantener la unidad dentro de su territorio.

    Quiero aclarar que no tengo nada que reprochar a ningún otro funcionario, en este viaje y en todos los que hice, sea del gobierno, de la aerolínea, del aeropuerto, de las sala VIP, funcionarios policiales e incluso a gente de la calle en cualquiera de los países que visité. Fue un caso puntual que me afectó profundamente en mi honor, dignidad y salud.

    Saluda a Ud. atte.

    Escribano Miguel Ángel Estevez Parodi

    CI 1.043.766-1

    Pasaporte uruguayo Nº C 600462