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    El arroz uruguayo

    Sr. Director:

    La reconocida empresa arrocera Saman cerró una de sus plantas la semana pasada. Es triste y preocupante que más de 30 familias pierdan su fuente de ingresos, más cuando la otra fuente laboral de la zona, los free shops, también están pasando un mal momento por la diferencia cambiaria con Brasil.

    Este cierre y la posterior ocupación que observamos hoy es solo la punta de un gran problema que de a poco se deja ver por toda la población: el arroz uruguayo parece estar en vías de extinción. Sumados a estos 33 trabajadores en Saman y los casi 40 que perdieron su empleo en Arrozal Treinta y Tres en estas semanas, están todas las familias que han quedado por el camino con el constante achique del sector. Se estima que por cada 55 hectáreas menos que se plantan, se emplea un trabajador menos, lo que quiere decir que desde el 2010 hasta la fecha se perdieron más de 1.000 puestos directos de trabajo.

    La ecuación económica de cualquier actividad depende de la cantidad que se vende, el precio y los costos de producirlo. La falta de competitividad, la capacidad de ofrecer un producto a menor precio que tus competidores e igualmente generar una ganancia, es lo que está matando a muchos sectores productivos del Uruguay.

    En el caso del arroz, la productividad es de las más altas del mundo, el precio internacional del arroz procesado uruguayo es alto porque es de la mejor calidad en el mercado, pero la explicación a la falta de competitividad son los costos. Costos como los altos impuestos y los precios desproporcionados en el gasoil y las tarifas eléctricas, que se usan como fuente de ingresos para tapar agujeros en las cuentas públicas. Estos costos hacen que plantar arroz no sea rentable, y tras años de perder plata, es lógico que los productores dejen la actividad. Si hay menos producción de arroz, hay menos necesidad de secar y empaquetar, haciendo que estas plantas no tengan materia prima para trabajar y tengan que cerrar.

    Puedo sonar exagerado y pesimista, pero el camino que estamos emprendiendo solo lleva a un lugar, y el final es lamentable. Uruguay, un país con casi 100 años de historia en el rubro y una de las mejores calidades de arroz del mundo, se va a quedar fuera del mercado mundial en menos de 10 años si el gobierno sigue operando contra la competitividad de este sector.

    Para sobrevivir, tenemos que poder competir en el mundo. Tenemos que profesionalizar la gestión de las empresas públicas para que el combustible se pueda vender a precio de importación y la electricidad se pague al costo de producción. Tenemos que permitir que los emprendedores puedan soñar, invertir y crecer, sin miedo a la ocupación o el patoterismo sindical. Precisamos un Estado que guíe con el ejemplo cuando pide esfuerzos impositivos y que sea realista con el tipo de cambio.

    No podemos darles la espalda a este sector y a los miles de uruguayos que directa o indirectamente dependen de él. Como dice Ernesto Talvi: “Aún tenemos tiempo, pero no tiempo que perder”.

    Carlos Rydstrom Henderson