N° 1926 - 13 al 19 de Julio de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCómo o cuándo se puede decir que una revolución termina es muy difícil, habida cuenta de la variedad no lineal de acontecimientos inesperados que se van sumando y llevan de reforma en reforma hacia derroteros imprevistos hasta por los más iluminados de los líderes iniciales. Pero con ser complicado ese discernimiento, no lo es tanto el de saber qué causas exactas, qué suma de circunstancias y de motivos y de humores se dieron cita en un momento dado para producir no cualquier estallido sino uno capaz de multiplicarse en distintos registros hasta adquirir el espesor de lo verdaderamente conmovedor, de lo revolucionario. Una de las causas visibles de la Revolución francesa fue la insensata guerra que Luis XVI desató contra Inglaterra para apoyar a los republicanos liberales de las colonias de América del Norte. Esa aventura militar y política fue un fiasco y dejó a Francia en los brazos de un colapso fiscal de proporciones monumentales; el otro fue la poca o ninguna prudencia del Rey para renovar su elenco ministerial.
Al menos eso es lo que consigna madame de Staël en varias páginas de sus Consideraciones sobre la Revolución francesa (editorial Arpa, que distribuye Gussi), pero particularmente en el capítulo IX de la primera parte. Allí realiza una cruel y quizá acertada semblanza de Charles-Alexandre de Calonne, ministro y controlador general de las finanzas del Rey. Ni las desdeñosas invectivas que reserva a Danton y a Robespierre, ni la irritación y el descrédito que consagra a Bonaparte tienen el disimulado y divertido furor con las que desprecia a este victorioso competidor de Necker que contribuyó como pocos a hundir el tesoro de Francia en los peores momentos de su historia. Las palabras de la hija de Necker son todas suavemente arteras, porque quiere crucificarlo en lo que al parecer tuvo de ligero, de insolvente, de superficial. Dijo que en la corte “se le suponía un talento superior porque trataba con frivolidad los asuntos serios entre los que hay que poner la virtud”; y también afirmó que “la frivolidad de su carácter le perjudicaba porque cuando intentaba hacer daño, lo hacía sin habilidad alguna”; y ya en la culminación de su mirada escéptica o crítica acerca de la falta de exigencia de calidad en el Consejo del Rey, expresa: “Su reputación, fundada en lo que contaban de él las mujeres en cuya compañía solía pasar el tiempo, lo llamaba al ministerio”.
La autora busca salvar la racionalidad de un rey bueno y tal vez débil, propenso a dejarse influir por los insistentes y los astutos, reconoce que tuvo buena inspiración, que quiso enderezar responsablemente la torcida nave del Estado, pero que la ola de su entorno pudo más y acabó por llevarlo a la total perdición. El hecho de haber optado por M. de Calonne, según ella, es una muestra incontestable de esa tragedia. “El Rey —dice— se resistió largo tiempo a su nombramiento porque su instinto lo rechazaba. La Reina compartía la repugnancia del Rey aunque estuviera rodeada de personas que pensaban lo contrario. Se hubiese dicho que uno y otra presentían a qué infortunios iba a llevarlos un hombre como aquel”. De esta reveladora descripción (realmente llamativo, por lo menos, que Maria Antonieta tuviera distancia con este personaje tan ligado a sus amistades y a sus juegos galantes), pasa a conjeturar lo que muchos reconocieron cuando ya era demasiado tarde: “Ningún hombre en particular puede considerarse autor de la revolución de Francia, pero si quisiera señalarse a un individuo como responsable próximo de aquel suceso que los siglos venían preparando, habría que acusar a los errores de M. de Calonne”. Y como para mostrar que fue un adelantado a todas las épocas que le sucedieron —también en esta en la que vivimos— dice que el buen suceso del economista Calonne residía en que “quería contentar a la corte repartiendo dinero a manos llenas; animaba al Rey, a la Reina y a los Príncipes que no se privaran de ninguno de sus gustos asegurándoles que el lujo era el origen de la prosperidad del Estado”.
La ruina del país estaba asegurada. Las personas encargadas de controlar el gasto eligieron gastar y para financiar ese gasto eligieron presionar con nuevos castigos tributarios a los desdichados que estaban condenados a pagar y a pagar a cambio de solamente recibir las amenazas de nuevos impuestos o de mordiscos si el dinero seguía sin alcanzar para mantener a los inútiles y parásitos de turno.