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Fortaleza, fidelidad y solidez son los cimientos en las relaciones. Estos valores dan soporte a los vínculos que se desarrollan en un recorrido diario bajo la premisa de la elección mutua, consciente y continua. En el camino de formar su familia, los matrimonios transitan momentos de estabilidad y también instancias adversas. Varias parejas comenzaron su peregrinaje juntos hace más de dos décadas, y Galería lo registró en las páginas de sus primeros números con cobertura social de los casamientos. Hoy, estos matrimonios celebran, igual que la revista, un aniversario especial.
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El camino hacia las bodas de plata se construye gradualmente, valorando lo cotidiano, disfrutando cada paso, encontrando alegría en los pequeños detalles y desarrollando resiliencia para afrontar los desafíos. Compartir esa ruta con los más cercanos implica un proceso que requiere compromiso y actitud positiva para alcanzar las metas en común.
Cuatro familias, Stirling-Terra, Volonté-Nessi, Gutiérrez-Symonds y Cat-Beyhaut, vuelven a presentarse en nuestras páginas para compartir sus experiencias de vida a lo largo de estos años.
Stirling · Terra
Diego Stirling Martins y Rosario Terra Rompani se casaron el sábado 21 de abril de 2001 en la catedral de Montevideo. Aquel día, los novios saludaron en el atrio a amigos y familiares, y también a miembros del gabinete del entonces presidente Jorge Batlle, ya que el padre de Diego, Guillermo Stirling, se desempeñaba como ministro del Interior. Galería cubrió este acontecimiento de la vida social montevideana con una nota titulada Casamiento de otoño. Rosario llevaba un vestido diseñado por Oscar Álvarez con detalles en color aguamarina, y un tocado de Mercedes Casaravilla, dos de los mayores diseñadores del momento. Una de las anécdotas de los preparativos fue que Álvarez, en mitad del proceso de confección, debió diseñar otro modelo porque la novia “quería algo celeste, algo distinto”.
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Diego Stirling y Rosario Terra con sus hijas, Uma, Lara, Olivia y Delfina.
Mauricio Rodríguez
La pareja celebró su casamiento en el Hotel del Prado, un lugar muy querido para Rosario, que vivió en el barrio sus primeros 10 años. Un dato que destacaron fue que la ceremonia religiosa la ofició Mario Piaggio, el mismo cura que había casado a los papás de Diego.
La historia de amor se inició con una mentira piadosa más de seis años antes. Se trató de una cita a ciegas: “Hoy mis hijas no lo pueden creer”, confiesa Rosario. Las credenciales de Diego eran buenas, ya que conocía a su primo y venían hablando por teléfono hasta que él la invitó a bailar, pero ella tenía dolor de cabeza. Con tal de calmar su jaqueca, le dijo que como estudiante de medicina le recomendaba tomar jugo de naranja con un par de aspirinas y una siesta. Para terminar de convencerla le prometió pasarla a buscar a las 11 de la noche para ir a La Base, la discoteca que se encontraba frente al viejo Aeropuerto de Carrasco. Según cuenta ella, “fue una cita muy divertida” y “Diego es un gran bromista”, porque en realidad estudiaba escribanía.
Rosario recuerda que vio las fotos sociales publicadas en la revista tres meses antes de que su fotógrafo entregara el álbum. “Galería estaba empezando y estar en un social era muy importante, igual que ahora”, asegura.
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Mauricio Rodríguez
Hoy la pareja tiene cuatro hijas: Delfina de 21 años, Lara de 18, Olivia de 16 y Uma de 13. Según Diego, la casa es de “puertas abiertas” como lo era la de su padre. A partir del nacimiento de sus hijas pasaron a dedicarse por completo a ellas, aunque tuvieron la ayuda de las abuelas: “Tuvimos mucha suerte”, afirma. La pareja vivió una etapa de adaptación, aunque Diego fue el que tuvo que aprender a convivir con cinco mujeres; no resultó fácil, pero fue “agarrando dinamismo”.
De estos 24 años destacan que “lo más lindo fue crecer juntos”. Cada uno desarrolló su carrera profesional, ella es consultora en marketing y él es escribano. “Tenemos grupos de amigos cuyos hijos son amigos de nuestras hijas. Cuando uno mira hacia atrás lo único que nos queda es agradecer a Dios por tener cuatro hijas sanas y encaminadas”, sostiene Rosario. Con relación a la crianza afirmaron que cada una de las chicas eligió el colegio en el que se siente más cómoda, una decisión que los padres fomentaron.
Sobre las transformaciones del amor, Rosario declara: “Se va creciendo y la relación va cambiando para bien. Por más que se den discusiones hay una base de confianza de la que no se duda. Nos vemos y nos entendemos”. Diego agrega: “Son distintas, pero todas las etapas son lindas”.
“El común denominador de estos años es mi paciencia”, bromea Diego, y Rosario acota: “Ya se adaptó, y no es de hacer cosas que excluyan a las mujeres. Es muy empático y hacemos muchas cosas juntos”.
Como legado para sus hijas los dos aseguraron que quieren el mismo ejemplo de amor y compañerismo que tuvieron sus padres. “No es un camino fácil, no es todo color de rosa, pero queremos que vean que se puede estar con una persona para toda la vida”, concluye Rosario.
Gutiérrez · Symonds
A Juan Manuel Gutiérrez y Luli Symonds los presentaron amigos en común, aunque esa salida no fue la primera vez que se vieron, porque ambos habían estudiado en The British Schools. Luli cuenta que son de distinta generación y que en ese momento a él “no lo tenía en el radar”.
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Juan Manuel Gutiérrez y Luli Symonds con sus hijos, Juan Ignacio, Violeta, y Pedro.
La primera cita fue una cena en Sacramento, y a Luli la conquistó el gran sentido del humor de Manuel. Poco a poco, nació el amor. Luego de un año y medio de novios decidieron casarse, en diciembre de 2000. Galería realizó la cobertura social en la parroquia Stella Maris, donde Luli entró con un vestido diseñado por Oscar Álvarez y un tocado de Mercedes Casaravilla. “En la iglesia leyó mi madrina, Esther Bosch, con la que tengo una relación espectacular, y fue muy emocionante”, relató Luli. Veinticinco años después, Juan Manuel conserva ese humor que la conquistó, al punto tal que ella asegura ser la única que se ríe de sus ocurrencias.
La boda la recuerdan con alegría. En la nota publicada por Galería, que aún conservan, se describe como un momento de gran emoción para ambos. Sobre estos años de convivencia pasaron tiempos “alucinantes”, como cuando llegaron sus hijos. También hubo de los otros, “los que sacuden y duelen”, pero los superaron. “Una vez que pasan es bueno ver cómo entre los dos nos fuimos acompañando y conteniendo”, explica Luli. Para el aniversario de los 25 años de casados la pareja hizo una escapada a Carmelo, una instancia propicia para hacer balances y “mirar para atrás con nostalgia”. Una de las estrategias para conservar el matrimonio es escuchar y saber perdonar. “Se trata de conocer al otro y saber cuándo necesita un silencio”, ejemplifica. “En el día a día no te das cuenta, pero 25 años es un montón, es conmovedor, la mitad de mi vida”, cuenta entre risas.
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Uno de esos momentos difíciles que Luli recuerda fue el nacimiento de su primera hija, Violeta, en 2003. “La buscamos y vino superrápido. Fue un embarazo difícil porque tuve preeclampsia y nació prematura. Hubo muchos miedos, pero por suerte después todo salió espectacular. Era muy chiquita y pasó cinco días en la incubadora. De todas formas tuvimos un médico divino, un genio que nos dio seguridad y confianza”.
Si bien en los primeros meses de Violeta la pareja quedó en segundo lugar, la clave fue no descuidar los tiempos juntos. “Los pequeños requieren tener el foco en ellos. Ese fue un desafío que hemos podido superar. Con cada hijo es distinto, por un lado más demandante porque hay una persona más en la familia, pero por otro también se va adquiriendo más experiencia”. A Violeta la siguió Juan Ignacio en enero de 2005, y luego Pedro, en 2009. “Vamos aprendiendo juntos”, comenta Luli.
Sobre el legado que quiere para sus hijos, afirmó: “Yo creo que el amor va cambiando y mutando, lo importante es no dejarlo morir, buscar distintas estrategias según la etapa. Que se conserven la chispa, el diálogo y saber disfrutar entre los dos”.
Cat · Beyhaut
Hace 25 años, el 8 de abril de 2000, Aline Beyhaut y Santiago Cat dieron el “sí” en la parroquia Las Carmelitas. Pero su historia empezó mucho antes, cuando Aline tenía apenas 15 años y Santiago —en aquel entonces un chico de su barrio— la invitó a salir. Sus padres no la dejaron, aunque el destino les dio una segunda oportunidad cuando ella cumplió 19.
Tras cinco años de noviazgo, recuerdan su casamiento como uno de los días más felices de sus vidas. Fue una celebración enorme, muy diferente a las de hoy. La fiesta fue en la chacra San José, donde se habían casado los padres de Aline. Llegaron con sus amigos en un ómnibus, una decisión que todavía hoy les causa gracia, muy distinta a la clásica entrada en auto de los recién casados.
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Santiago Cat y Aline Beyhaut con sus hijos Bautista, Paulina y Joaquín junto a su mascota Tyson.
Valentina Weikert
Fue una fiesta inolvidable, aunque tan multitudinaria que dio pie a varias anécdotas: Aline cuenta que al salir del baño una mujer la felicitó y ella no tenía idea de quién era. Santiago, por su parte, menciona que entre fotos y saludos apenas comieron. Por eso, cuando llegaron al hotel, arrasaron con lo que encontraron en el frigobar.
Con el tiempo, crecieron juntos. Santiago destaca el empuje de Aline, su alegría y capacidad para cumplir metas. Aline dice que Santiago ha sido un compañero incondicional: optimista, divertido y muy buen padre.
La llegada de sus hijos marcó un antes y un después. En 2002 nació Joaquín; en 2005, Bautista; y en 2007, Paulina. “Si me preguntabas antes, yo quería dos varones y una mujer”, dice Santiago, sorprendido de que la vida lo haya escuchado tan literalmente. Ambos vienen de familias grandes —él, de ocho hermanos; ella, de cuatro—, así que los hijos eran un sueño natural, casi inevitable. Aline, que trabajó muchos años en educación, se adelantaba a todo, investigaba, leía y vivió tres embarazos que recuerda con enorme cariño, cada uno con sus propios desafíos.
La vida familiar se fue construyendo entre asados de domingo, reuniones numerosas, cumpleaños llenos de gente y una casa que siempre mantiene movimiento: los tres hijos son muy amigueros y conservan grupos del colegio. El deporte también es un punto de unión: Joaquín y Bautista juegan rugby, tal como lo hizo su padre, Paulina jugó al hockey, y Aline encuentra su equilibrio en el yoga y el pilates.
En 2020 llegó un cambio profundo impulsado por el trabajo de Santiago. Tras 25 años en el Banco Interamericano de Desarrollo, fue convocado para integrar una empresa en Washington. Fueron cinco años intensos, marcados por la adaptación a una nueva cultura y de aprendizajes que —según cuentan— los unieron todavía más como familia. En ese tiempo también llegó Tyson, el perro que Aline nunca imaginó tener, pero que Bautista soñaba desde chico. Pronto se convirtió en un integrante más del hogar y hasta cruzó fronteras junto con ellos.
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Valentina Weikert
Aline, que ya había transitado un largo camino en el ámbito de la educación, emprendió su propio negocio, Era Mío. Después de 21 años, decidió venderlo al mudarse a Estados Unidos, en donde se certificó en coaching y trabajó en una clínica, actividad que continúa desarrollando.
Hoy, mirando hacia atrás, Aline y Santiago coinciden en algo: estos 25 años no son solo un aniversario, sino el resultado de elegirse a diario. Hablan de paciencia, de risas, de proyectos compartidos y de un compromiso constante. Desde hace 14 años participan en un grupo de matrimonios que se inició en una parroquia, donde comparten experiencias y aprenden de otras parejas. Ese espacio —dicen— les ha dado herramientas, compañía y perspectiva.
Y cuando se les pregunta por el futuro, responden sin dudar que quieren otros 25 años más, siempre priorizando lo que los unió desde el principio: la familia y seguir viviendo la fe como hasta ahora.
Volonté · Nessi
Cuando Romeo Volonté y Silvina Nessi se casaron en Las Cumbres, en noviembre de 2007, la imagen que publicó Galería capturó un momento de ilusión. Detrás de esa foto hubo lluvia, cambios de último momento y un plan B que obligó a improvisar. “Yo tenía toda la película armada y en cinco segundos se me cayó”, recuerda Silvina. Con el tiempo, esa anécdota quedó incorporada a la memoria común, casi como un anticipo de lo que vendría después: aprender a adaptarse.
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Romeo Volonte y Silvina Nessi con Teo, Alejo y su mascota Akun.
Mauricio Rodríguez
La vida de casados comenzó sin grandes sobresaltos. Ya convivían y tenían claro el camino: volver a Uruguay, estar cerca de sus familias y formar la propia. Romeo viajaba mucho por trabajo; Silvina dejó la publicidad, se formó en diseño y asesoría de imagen y fue cambiando de rumbo con los años. El proyecto de hijos, sin embargo, no fue inmediato. “Nos costó un poco, perdimos un par de embarazos”, cuenta ella. Hubo tratamientos, controles, inyecciones y espera. “No todo es color de rosas”, coinciden. Fue una etapa que los obligó a hablar más, a acompañarse y a sostenerse como equipo.
La llegada de Teo, en 2010, y de Alejo, en 2012, cambió la dinámica familiar. Hoy, con 15 y 13 años, el deporte organiza buena parte de la agenda: rugby en Cuervos y fútbol. Las mañanas arrancan temprano y suelen ser agitadas. “El momento más estresante del día es despertarlos”, admite Romeo. Entre mochilas, idas y vueltas y salidas apuradas, empieza el día.
En lo cotidiano, los roles están bastante claros. Romeo es el más romántico y también el que suele organizar; Silvina improvisa más. Esa combinación aparece tanto en las decisiones grandes como en los detalles del día a día. Por ejemplo, Romeo siempre cocinó y durante la pandemia por el Covid-19 Silvina se animó más. Empezó a probar recetas, a buscar tiempos y a soltarse.
En ese contexto llegó Akun. Vivían en apartamento y no tenían perro, pero en plena pandemia la idea empezó a rondar. “Vamos a ver”, dijeron. El “vamos a ver” se volvió definitivo: Akun, un perrito salchicha, llegó casi como una prueba y terminó ocupando un lugar central en la familia.
El camino no estuvo libre de golpes. La enfermedad de Romeo —un tumor en la cabeza— marcó un antes y un después. “Eso te baja a tierra”, dice él. Para Silvina fue una etapa de acompañar y estar. Coinciden en que esos momentos difíciles, lejos de separarlos, los unieron más y les cambiaron la escala de prioridades.
Más adelante, Silvina encontró un nuevo espacio propio. Hoy está al frente de Mére, un proyecto de joyería artesanal, con una socia. Hoy, Silvina reparte su tiempo entre el taller y algunas asesorías; Romeo está armando una consultora que le da mayor flexibilidad. Almorzar juntos es uno de los pequeños logros que valoran. Los fines de semana tienen su propio ritual: los sábados, con los padres de Silvina; los domingos, con suegros, hermanas, asados y sobremesas largas. El campo aparece como refugio y lugar de encuentro.
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Mauricio Rodríguez
También se hacen lugar para planes de pareja. Les encanta ir a shows. Romeo sacó las entradas para ver a Shakira, un gusto musical que también se expresó en su casamiento, cuando la música de Shakira sonó fuerte en la pista. Viajar es otro plan que no negocian. “Una vez por año tratamos de viajar todos”, cuentan. A veces solos, otras en familia o con amigos del colegio de los chicos. No importa tanto el destino como el tiempo compartido.
Cuando se les pregunta cómo definen su relación en pocas palabras, la respuesta es clara: amor y elección. Elegirse cuando las cosas salen bien y también cuando no. Elegirse en la crianza, en la enfermedad, en la rutina y en los planes compartidos.
Volver a aparecer en Galería, ahora por los 25 años de la revista, les provoca una mezcla de sorpresa y gratitud. “Te cae la ficha del tiempo que pasó”, reconocen. Miran aquella foto de 2007 con cariño y con la perspectiva que dan los años vividos.
Veintitrés años después, su historia no es la de un cuento perfecto. Es la de una pareja que atravesó pérdidas, cambios y rutinas, y que sigue apostando a caminar juntos. Y eso, para ellos, es lo verdaderamente importante.