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Milagros Bonasso Jude y Diego Massironi Bowley: el amor bajo el ceibo de “La Soñadora”

El casamiento no fue en una iglesia, sino en la casa de la pareja, en la zona rural de Melilla

Hay historias que empiezan con una certeza silenciosa. En 2017, en el boliche Lotus, Milagros vio a Diego y —según cuenta— supo que su vida sería con él. Fue un flechazo inmediato, de esos que no necesitan explicación. Salieron poco tiempo y, por esas vueltas inevitables de la vida, cada uno siguió su camino. Pero el amor, cuando es verdadero, encuentra la forma de volver. Cuatro años después se reencontraron, comenzaron a salir y decidieron apostar todo: se fueron a vivir juntos y así comparten la vida desde hace cinco años.

La propuesta de casamiento fue tan simple como ellos. Un miércoles al mediodía, cuando Milagros volvía de trabajar, Diego la sorprendió con un anillo, hecho por él mismo con cabo náutico, escondido dentro de una caja de lentes. Él también llevaba el suyo. Sin producciones ni discursos ensayados. “Fue un momento muy nosotros, porque somos simples”, recuerda ella. Y en esa frase se resume gran parte de su historia.

El “Sí” no fue en una iglesia, sino en su casa, La Soñadora, en la zona rural de Melilla, en el Montevideo más verde y abierto. Los invitados comenzaron a llegar sobre las 18.30, mientras el campo se teñía de tonos dorados. A las 19, con el atardecer en su punto justo, Milagros hizo su entrada. Todos la esperaban formando un círculo íntimo alrededor de la pareja, bajo la rama caída de un ceibo que enmarcaba la escena como si la naturaleza misma hubiera diseñado el altar.

No hubo coro ni música solemne: los sonidos del campo —el viento, los pájaros, el silencio profundo— acompañaron la ceremonia. Los anillos fueron entregados por sus sobrinos; en lugar de lecturas tradicionales, los testigos pasaron a firmar y hubo una ceremonia sorpresa organizada por Martina Bonasso, hermana de la novia, junto con una amiga entrañable, Catalina Ferrand.

Creación propia

Milagros llevó un vestido diseñado por ella misma y confeccionado por Sonia, su modista de confianza. El tocado y los accesorios también fueron creación propia, desde su marca Milagros Bonasso. Fiel a su estilo, ella misma se maquilló —nunca deja que nadie más lo haga— y el peinado estuvo en manos de Elena Duarte, su peluquera desde los 15 años. Cada detalle hablaba de identidad, de coherencia, de una novia que se conoce y se respeta.

La decoración tuvo el mismo espíritu. El mobiliario de Living Express dio forma a los espacios, mientras morrones y zapallitos —regalos de un vecino productor de Melilla— aportaron un toque fresco y original. La madre de la novia, dedicada a la decoración, fue quien orquestó todo, aunque fue un trabajo colectivo, familiar, hecho con manos y corazón.

La celebración continuó en la misma chacra. Sin catering tradicional —porque a la familia no le gustan las largas formalidades gastronómicas— optaron por una mesa fría con quesos y fiambres, pernil y una estación de “panchos bolicheros” que se convirtió en uno de los grandes éxitos de la noche. Los postres fueron caseros, y no faltó una torta especial para Milagros, regalo de una conocida.

Fiesta con after

La fiesta se extendió hasta después de las cuatro de la mañana y, como broche final, hubo un after organizado por un amigo de Diego. Risas, música y abrazos largos para celebrar no solo una boda, sino una historia que supo esperar su momento.

Diego, hijo de Jorge Massironi y Rita Bowley, y Milagros, acompañada por sus padres y padrinos Ana Luisa Jude y Juan Martín Hermida, sus hermanas Martina, Fátima y María Paz Bonasso, y las hermanas del novio, Carina y Claudia Massironi, sellaron su compromiso rodeados de quienes los vieron crecer.

Hoy, sin apuro por definir la luna de miel, sueñan con un futuro viaje a algún all inclusive para simplemente descansar y disfrutar. Pero primero quieren saborear este presente: la casa, el campo, el recuerdo del ceibo y esa certeza que empezó una noche cualquiera y terminó convirtiéndose en promesa.

Porque si algo dejó claro su casamiento es que el amor, cuando es auténtico, no necesita más escenario que el propio hogar ni más testigos que quienes forman parte de la vida real.

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