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Tener dos médicos es no tener ninguno

Qué privilegio tener dos médicos, dirán algunos. Pero el supuesto privilegio, en este caso, trajo consigo una encrucijada, con efectos secundarios incluidos

Editora de Galería

Soy una de las tantas víctimas de esta denigrante infección del intestino que me saca de la cama solo para arrastrarme al baño: la vieja y odiada gastroenterocolitis.

Dicen que hay un brote, pero el intento de consuelo resulta inútil. Postrada, sola entre cuatro paredes, la vulnerabilidad y debilidad me remonta a la última vez que este malestar se adueñó de mis tripas. Era una niña y estaba bajo el cuidado y la contención de mi madre, a quien veía como una sabelotodo que marcaba el rumbo hacia la recuperación en forma de gelatina de frutilla, galletitas al agua, llamadas al médico, jarabes extrañamente fáciles de tragar. Cuando uno es niño se lamenta, sí, pero también se entrega con una confianza absoluta a quien sea que esté a cargo.

Pienso qué importante sería en estos momentos poder entregarme y confiar; justamente, por no saber a quién entregarme ni en quién confiar. Y no es un pensamiento caprichoso.

Todo empezó cuando llegó a mis oídos la opinión de un segundo médico.

Qué privilegio tener dos médicos, dirán algunos. Pero el supuesto privilegio, en este caso, trajo consigo una encrucijada, con efectos secundarios incluidos.

“No te olvides del Gatorade de manzana”, me dijo al despedirse el doctor que vino a verme, un señor de pelo blanco, digno de mi obediencia absoluta. Y así fue: ni bien cerré la puerta me pedí por la aplicación de delivery­ la botellita con aparentes poderes medicinales.

Las voces de ambos retumbaron en mi cabeza como si mi aparato digestivo estuviera en el banquillo de los acusados y ellos fueran los jueces, dictando sentencias diametralmente opuestas.

Mi brazo flojo y escuálido —pues llevo tres días “alimentándome” a duras penas con un poco de gelatina de frutilla, siguiendo el manual de mamá— estaba destapando la bebida isotónica con determinación y esperanza cuando me llegó el audio de mi amigo el dotor:

“¡No! ¡Gatorade, no! ¿Ese médico dónde estudió, en la prehistoria? ¡No le hagas caso!”, me ordenó, junto con una larga explicación sobre por qué un simple trago de ese líquido que creía curativo podría empeorar aún más este desagradable cuadro.

Las voces de ambos retumbaron en mi cabeza como si mi aparato digestivo estuviera en el banquillo de los acusados y ellos fueran los jueces, dictando sentencias diametralmente opuestas.

Dicen que el intestino es el segundo cerebro, y pude confirmarlo. El entrevero de órdenes armó tal menjunje en mi cabeza que se trasladó sin escalas a mi estómago. Y mi cuerpo habló por sí solo.

No podré ingerir otra cosa que no sea agua, pero aún así puedo reflexionar. Primero, le agradezco a quien haya que agradecerle por el hecho de que este cruce de verdades entre médicos no me haya encontrado en una situación de vida o muerte.

Segundo, pienso que por algo existen los refranes y trascienden generaciones. Un celular, por más que uno lo cuide, no dura mucho más de tres o cuatro años. Los hallazgos de la ciencia son suplantados por nuevos hallazgos o directamente olvidados, al igual que las promesas de tu ex. Todo va y viene, pero los refranes jamás caducan.

“Un médico cura, dos dudan, tres muerte segura”, dijo algún sabio un buen día, quién sabe cuándo. Detrás de estas simples palabras seguro hay experiencia y aprendizaje acumulado: seguramente, unos cuantos de nuestros antepasados arrepentidos de haber consultado a un segundo o tercer médico si la situación realmente no lo ameritaba.

Así que, por lo pronto, elijo confiar en la sabiduría ancestral y, por supuesto, en la gelatina de frutilla.

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