Aunque Oodi se distingue a lo lejos por su silueta curva revestida de madera, detrás de su diseño también están las ideas de los vecinos de Helsinki, que participaron en el proceso y plantearon qué querían encontrar en una biblioteca pública.
Hubo algo desconcertante al entrar a una biblioteca y encontrarse con decenas de adolescentes que, efectivamente, querían estar ahí. En la planta baja de Oodi, las mesas de ajedrez estaban llenas y las partidas se sucedían una detrás de otra.
Unos pasos más allá hay una sala de cine y un espacio para eventos. Y, casi como si fuera lo más normal del mundo, una máquina recibe y clasifica los libros que vuelven, que luego son llevados a las estanterías por unos simpáticos robots.
El segundo nivel es el que más sorprende. Hay estudios de música, grabación, fotografía y video, salas de edición, videojuegos y zonas para gamers, espacios de trabajo y reuniones, una cocina comunitaria y un Urban Workshop con impresoras 3D, cortadoras láser, máquinas de coser y otros equipos. La mayoría de estos espacios y equipamientos son de uso gratuito.
En el último piso está la biblioteca propiamente dicha, con unos 100.000 libros, una cafetería y una amplia terraza con vistas panorámicas. Es el espacio más silencioso del edificio, aunque incluso allí Oodi se aleja de la imagen tradicional de una biblioteca, con sillones y rincones de lectura de todo tipo y color.
Deichman Bjørvika, Oslo
En Oslo, Deichman Bjørvika también juega en otra liga. Está en el moderno barrio de Bjørvika, entre la Ópera y el Museo Munch, y ocupa seis pisos conectados por grandes cortes diagonales que atraviesan el edificio y llevan luz natural hacia el interior.
Hay libros, por supuesto, pero también discos, películas, videojuegos y materiales en decenas de idiomas. En los estantes conviven el noruego y el inglés con colecciones en somalí, urdu, persa, tigriña y kurdo, entre otras lenguas.
El recorrido está lleno de detalles inesperados: una sala de conciertos, otra de cine, sectores con vinilos y estaciones para escuchar música, estudios de grabación y salas de ensayo. También hay videojuegos (para llevarse o jugar in situ), juegos de mesa y talleres equipados con impresoras 3D, máquinas de coser, cortadoras de vinilo y otras herramientas que los visitantes pueden aprender a utilizar para hacer sus propios proyectos.
En el sector infantil hay espacios para leer y jugar, una zona sensorial, libros en distintos idiomas y hasta un lugar específico para estacionar los cochecitos.
Deichman Bjørvika cuenta, además, con aulas y salas de estudio que pueden utilizarse para reuniones, clases o trabajos en grupo. El mobiliario y las estanterías son modulares, por lo que algunos sectores pueden transformarse para exposiciones o lecturas.
Entre sus colecciones hay materiales poco habituales, como manuscritos y libros antiguos que forman parte del patrimonio de la biblioteca. También alberga Future Library, un proyecto artístico que guarda manuscritos que permanecerán inéditos hasta 2114.
La lista de servicios ya alcanza para poner en duda qué entendemos por una biblioteca, pero mi experiencia adentro terminó de confirmarlo. No hacía falta buscar demasiado para encontrar situaciones que parecían pertenecer a otro tipo de lugar. Alguien cosía un pantalón sastrero, mientras a pocos metros otra persona, con los auriculares puestos, apretaba botones y movía la cabeza frente a una consola de DJ. Todo con vista a los fiordos noruegos.
Diamante Negro, Copenhague
Más de 1.000 estudiantes, vecinos, turistas y curiosos pasan cada día por el Diamante Negro, la sede de la Biblioteca Real de Dinamarca junto al puerto de Copenhague.
Diamante Negro, Copenhague.
Diamante Negro
El edificio, inaugurado en 1999, es en realidad una ampliación de la histórica Biblioteca Real, que tiene sus orígenes en 1648. La institución conserva una colección que reúne millones de libros, manuscritos, fotografías, mapas, partituras y otros documentos. Desde 1697, además, existe en Dinamarca una ley de depósito legal que obliga a entregar ejemplares de las publicaciones producidas en el país, una de las razones por las que la colección no deja de crecer.
Diamante Negro, Copenhague.
Diamante Negro
El Diamante Negro concentra buena parte de esa historia en un edificio de ocho pisos y más de 20.000 metros cuadrados. Tiene unas 450 habitaciones y está conectado con los edificios históricos de la Biblioteca Real, entre ellos el construido en 1906. Su fachada está revestida con 2.500 metros cuadrados de granito negro proveniente de Zimbabue y cortado y pulido en Italia.
Diamante Negro, Copenhague.
Diamante Negro
Hay salas de lectura, espacios de estudio, exposiciones y una cafetería donde probar rollos de cardamomo, típicos de la panadería danesa. También hay una sala de conciertos con capacidad para hasta 600 personas, donde se programan actuaciones vinculadas con la colección musical de la biblioteca.
Diamante Negro, Copenhague.
Diamante Negro
A pocos metros, sobrevive una sala de lectura de 1906, prácticamente conservada como cuando abrió. Sus lámparas de vidrio verde siguen sobre las mesas y entre sus antiguos usuarios estuvo Vladímir Lenin, que utilizó la sala durante una visita a Copenhague en 1910.
Diamante Negro, Copenhague.
Diamante Negro
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El Estado detrás de los libros
Lo que en Escandinavia puede parecer una colección de edificios especialmente bien diseñados tiene detrás algo menos fotogénico, pero bastante más importante: una política pública que entiende a las bibliotecas como parte de la infraestructura de una ciudad.
Finlandia es quizá el mejor ejemplo. El país tiene 706 bibliotecas públicas y 118 bibliobuses. En 2025 registraron 87,9 millones de préstamos, más de 50,5 millones de visitas y 70.360 actividades y capacitaciones, en las que participaron casi 1,6 millones de personas.
En Dinamarca, la relación con las bibliotecas también está lejos de ser testimonial. En 2025, recibieron 33,4 millones de visitas y registraron 34,7 millones de préstamos. En promedio, cada habitante pasó por una biblioteca pública más de cinco veces durante el año.
Por su parte, las bibliotecas de Noruega recibieron en 2025 27,8 millones de visitas, la cifra más alta registrada hasta ahora, y 1,93 millones de personas participaron en actividades como debates, conciertos o talleres. Ese año se prestaron 14,1 millones de libros físicos.
Uruguay for export
Vichar los estantes de literatura latinoamericana y los archivos digitales es también una forma de revisar qué autores uruguayos se leen en los países nórdicos y preguntarse cuál habrá sido el criterio de selección.
En Oslo, me emocionó encontrarme con publicaciones de Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi, Idea Vilariño, Juana de Ibarbourou, Marosa di Giorgio, Horacio Quiroga y Mario Levrero. Pero también había autores más contemporáneos, como Fernanda Trías, con La ciudad invencible, y Carolina de Robertis, escritora estadounidense de padres uruguayos, con La montaña invisible y Cantoras. También aparecía Sobreviví a Treblinka, de Chil Rajchman, abuelo de Camila Rajchman y sobreviviente del Holocausto, y un CD de Bajofondo: Mar dulce.
Muchas de estas obras estaban también en Helsinki. Entre los hallazgos, aparecían La tía Merele, de Susana Olaondo; Un día complicado, de Alejandro de Barbieri, y las Aventuras del Sapo Ruperto, de Roy Berocay. Al parecer, la música uruguaya también suena bastante en Finlandia, con Hugo Fattoruso, Jorge Drexler, Totem y Luis Pasquet como principales exponentes. La sorpresa fue encontrar un DVD de Mal día para pescar (2009).
En el Diamante Negro de Copenhague, la Royal Danish Library conserva también grabaciones sonoras y materiales audiovisuales, aunque parte de ese acervo solo se puede consultar en las salas de investigación. Aparte de los ya mencionados, aparecen El Cuarteto de Nos, Jaime Roos, Ruben Rada, No Te Va Gustar y La Vela Puerca. En el apartado audiovisual figuran películas como Whisky (2004), 25 Watts (2001), La vida útil (2010) y El baño del papa (2007).
También llaman la atención títulos vinculados con Uruguay desde distintos ángulos: la regulación de la marihuana, la militancia del Frente Amplio, la fauna local y la relación entre ciencia y política durante la pandemia.
Y en todas las bibliotecas figuran tres, cuatro, cinco y hasta más biografías diferentes de Luis Suárez, demostrando que, además de goleador, el Pistolero es una especie de embajador literario.