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Un viaje a Hakone, el Japón más sereno y auténtico

Veinticuatro horas en una ciudad montañosa de aguas termales, cultura tradicional y vistas impactantes al Monte Fuji

Editor de Galería

Con sus 2.400 metros de altura y una capa de nieve que corona su cima, el monte Fuji da la bienvenida a Japón a casi todos sus visitantes. Por su inmensidad, la perfecta forma cónica del volcán —inactivo desde 1708— puede verse desde el avión e incluso desde el espacio.

Al pisar suelo japonés, uno recibe un sello en el pasaporte con la imagen del monte. Este gesto simbólico refleja no solo su importancia como atractivo natural, sino también su profundo significado espiritual para el sintoísmo y el budismo, las principales religiones del país.

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Desde el extremo sur del Lago Ashi, en Moto-Hakone, se obtienen algunas de las mejores vistas al Monte Fuji

Desde el extremo sur del Lago Ashi, en Moto-Hakone, se obtienen algunas de las mejores vistas al Monte Fuji

Nadie quiere irse de Japón sin un souvenir con su imagen, y quienes tienen la posibilidad hacen el esfuerzo de acercarse lo más posible a él, ya sea para tomarle fotos o para simplemente dejarse deslumbrar.

Tras una semana en Tokio, y antes de dirigirme al sur (para conocer Osaka, Kioto, Hiroshima­ y Nara), fui tras la imagen que vi en tantos wallpapers­, a sabiendas de que el monte Fuji es caprichoso y muchas veces se cubre de nubes que lo vuelven invisible.

Entre los lugares más populares para su avistamiento están las zonas Kawaguchiko y Yamanakako­ —con sus lagos que lo reflejan—, y el parque Arakurayama Sengen, donde está la emblemática Pagoda Chureito. Pero elegí verlo desde Hakone, a donde era más accesible llegar en transporte público y porque esta pequeña ciudad tiene bastante para ofrecer. ¡Aunque no sabía que tanto!

Entre dulces y montañas

El invierno regala las mejores vistas al monte, que incluso en días despejados puede verse desde Tokio. Antes de mi viaje a Hakone, pude observarlo desde lo alto de Shibuya Sky, un mirador a 229 metros de altura con panorámicas de 360 grados sobre el famoso cruce de Shibuya, por donde con una absoluta coordinación pasan cerca de un millón de personas a diario.

Lejos de conformarme, tomé un Shinkansen­ (tren bala) de media hora a la ciudad de Odawara para luego conectar con un tren local hasta Hakone-Yumoto, la principal puerta de entrada y salida de Hakone, donde me quedaría desde una mañana de febrero hasta la siguiente.

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Dulces tradicionales de Hakone, como el onsen manju y el yama no brownie

Dulces tradicionales de Hakone, como el onsen manju y el yama no brownie

La localidad de Hakone está compuesta por diferentes zonas turísticas (Hakone-Yumoto, Moto-Hakone, Hakone-Machi, Gora y Owakudani). Todos estos sitios se ubican en una región volcánica, lo que no solo facilita el acceso a aguas termales, sino que también ha dado lugar a una gastronomía distintiva y audaz (quizás demasiado para mi gusto).

En Hakone-Yumoto me encontré con una amplia calle comercial, ideal para disfrutar de especialidades pasteleras, como los onsen manju (pastelitos hechos al vapor), yama no brownie (brownie de la montaña) o senbei a la parrilla (una galleta crocante que puede prepararse tanto dulce como salada). Además, este distrito comercial es popular porque cada mes de noviembre organiza un desfile con temática feudal, en el que locales recorren las calles disfrazados de daimyos (señores feudales), mujeres de la nobleza y samuráis, reivindicando sus tradiciones y, por supuesto, atrayendo turistas.

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Desfile con temática feudal que se celebra cada noviembre en Hakone-Yumoto

Desfile con temática feudal que se celebra cada noviembre en Hakone-Yumoto

Luego de una breve recorrida por Hakone-Yumoto, en la que no faltaron los dulces pero sí los samuráis, tomé ahí mismo un ómnibus rumbo a mi ryokan (hotel tradicional japonés) para dejar mis pertenencias y salir liviano en dirección al lago Ashi. El recorrido no es apto para aquellos que se marean con facilidad o temen a las alturas, ya que Hakone está entre montañas y las rutas están construidas sobre sus laderas.

El lago Ashi, en Moto-Hakone, cuenta con una pequeña rambla desde donde pude ver por primera vez y con nitidez el monte Fuji, una postal adornada por un torii flotante que marca la entrada del templo sintoísta Hakone-jinja, que como casi todo santuario en Japón puede visitarse gratuitamente.

Por las vistas que ofrece Moto-Hakone, esta zona alberga algunos de los resorts de lujo y hoteles de montaña más exclusivos de la región, rodeados de un entorno natural único y con servicios de primer nivel.

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Un torii marca la entrada del templo sintoísta Hakone-jinja

Un torii marca la entrada del templo sintoísta Hakone-jinja

Tras un almuerzo exprés, contraté un paseo panorámico en barco que me llevaría a recorrer el lago de sur a norte en 20 minutos. Para mi sorpresa, la embarcación, lejos de tener una estética acorde al lugar en el que estaba, se asemejaba a un barco pirata, aunque con un confort para destacar. Desafortunadamente, ni bien puse un pie en el barco el monte Fuji desapareció entre las nubes, por lo que durante el trayecto me limité a observar el color azul intenso del agua, que se crea por la presencia de minerales.

Altura y volcanes

Desde la estación de Togendai, a donde llega el barco “pirata”, tomé un teleférico que me permitió reencontrarme con el Fuji y sorprenderme con un paisaje montañoso; a lo lejos, el mar.

De esa forma llegué a Owakudani, un sitio que parece sacado de una película de ciencia ficción. Se trata de una zona volcánica activa, por lo que desde miradores se puede no solo ver el monte Fuji, sino también cómo vapores sulfurosos emergen desde la caldera.

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Paseo en barco por el Lago Ashi

Paseo en barco por el Lago Ashi

Ni bien pisé Owakudani sentí el fuerte y poco agradable olor que provoca el sulfato, comparable al de huevo podrido. Y si de huevos se trata, de aquí provienen los famosos kuro-tamago (huevos negros) que obtienen ese color al hervirse en el agua caliente del suelo, rico en azufre. Según antiguas creencias japonesas, al comer un kuro-tamago uno alarga siete años su vida. Pese a mi anhelo de llegar a los cien años, las largas filas para adquirir un huevo me llevaron a abandonar la idea.

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Vista aérea de Owakudani, zona volcánica desde donde se pueden observar fumarolas y fuentes termales

Vista aérea de Owakudani, zona volcánica desde donde se pueden observar fumarolas y fuentes termales

Fue así que seguí mi camino, nuevamente en teleférico, desde donde pude contemplar por última vez el monte Fuji y la zona volcánica desde lo alto, con una perspectiva que me impactó aún más.

En la estación de Souzan, donde se puede disfrutar de una terraza panorámica con un baño termal para pies, subí a un funicular que tiene como parada final Gora, el epicentro cultural de la región.

Arte y naturaleza

La estación de Gora desemboca­ en una calle comercial, con tiendas de artesanías en madera y cerámica, además de algún que otro restaurante. Pero su principal atractivo son los museos, ya que allí se encuentran cuatro de relevancia internacional, como el Museo de Arte de Hakone, el Museo de Arte Pola, el Museo del Vidrio Veneciano y el Museo al Aire Libre de Hakone.

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En Owakudani se comercializan los kuro-tamago (o huevos negros), que obtienen ese color al hervirse en el agua caliente del suelo rico en azufre

En Owakudani se comercializan los kuro-tamago (o huevos negros), que obtienen ese color al hervirse en el agua caliente del suelo rico en azufre

A este último llegué tras 15 minutos de caminata en subida. Debo admitir que no esperaba mucho del museo, más considerando que no llama la atención desde fuera y que se nos avisó que una de sus instalaciones más emblemáticas no estaría abierta por mantenimiento. De todos modos, entré, me fasciné con cada rincón y si no me hubieran echado a la hora de cierre, tal vez seguiría dentro.

Al entrar, me encontré con un enorme y verde predio repleto de esculturas situadas en los sitios oportunos para que estas se fundan con el horizonte montañoso, interactúen con el espacio y los visitantes.

Luego de visitar las galerías interiores, en las que no se permite tomar fotografías, me dispuse a recorrer el parque, que tiene aproximadamente 70.000 metros cuadrados y más de 120 esculturas de artistas como Auguste Rodin, Henry Moore, Joan Miró, Amedeo Modigliani y Taro Okamoto, entre tantos otros.

Pese a que el invierno impedía ver árboles en flor, se notaba el minucioso trabajo de jardinería y eran las propias obras de arte las que aportaban color al paisaje. En días fríos, el parque queda completamente blanco y las esculturas resaltan como emergiendo de la nieve. Aunque cada paisaje tiene su atractivo, es en primavera cuando el Museo al Aire Libre de Hakone llama más la atención, por sus coloridos árboles de sakura que van guiando el camino.

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La mano de Dios, del sueco Carl Milles, en el Museo al Aire Libre de Hakone

La mano de Dios, del sueco Carl Milles, en el Museo al Aire Libre de Hakone

El recorrido, cuidadosamente diseñado, está adornado con puentes de madera, estanques en los que nadan coloridos peces koi, una acogedora cafetería y esculturas interactivas que invitan a la exploración tanto de niños como de adultos. A medida que se avanza, el camino conduce al Pabellón Picasso, un espacio que alberga una impresionante colección de 319 piezas originales del artista español, con una predominancia de trabajos en cerámica y dibujos que revelan facetas menos conocidas de su obra.

Quedé sorprendido al descubrir un museo de tal envergadura en una zona que, aunque turística, conserva un aire tradicional y rural. Claro está, el entorno natural de Hakone y su belleza paisajística fueron lo que llevaron al coleccionista, mecenas y amante de la naturaleza Kihachiro Okano a montar allí tal infraestructura en 1969.

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La Escultura Sinfónica, del francés Gabriel Loire, es uno de los principales atractivos del Museo al Aire Libre de Hakone; se trata de una pieza interactiva que combina arte visual y sonoro

La Escultura Sinfónica, del francés Gabriel Loire, es uno de los principales atractivos del Museo al Aire Libre de Hakone; se trata de una pieza interactiva que combina arte visual y sonoro

Trekking y noche a la japonesa

Una vez fuera, y con souvenirs en mano, me adentré en una de las tantas rutas de senderismo que tiene Hakone, donde descubrí de pura casualidad una cascada y casas de madera “escondidas” en medio del bosque. Después de media hora y con dolor de rodilla, llegué nuevamente a mi ryokan, para el momento más esperado de la noche.

Quiero detenerme un instante en la habitación, más costosa y algo menos confortable que la de un hotel tradicional, aunque con un encanto difícil de describir. Con un piso de tatami­ que solo se puede pisar descalzo, futones en lugar de camas y una mesa ratona para tomar el té, recrea con austeridad pero sofisticación una antigua pieza del período Edo (1603 a 1868).

La ciudad vive del turismo y tiene hotelería para todos los bolsillos, con hostels, hoteles tradicionales y ryokans, que pueden ir desde los 80 hasta los 1.200 dólares por noche para dos personas, o incluso más en temporada alta.

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Típica habitación de ryokan, con mesa de té, futones y piso de tatami

Típica habitación de ryokan, con mesa de té, futones y piso de tatami

Sin lugar a duda, el principal atractivo de los ryokans de la zona son sus onsens, que invitan a un relax termal después de tanto andar. En mi caso, la preparación para mi rato en el onsen fue de lo más divertida. Me vestí con un jinbei, pijama tradicional japonés (con el que me tomé fotos que no verán la luz), y en un canasto de mimbre que me ofreció el hotel preparé un set de toallas para mi aventura.

Para adentrarse en los baños termales japoneses hay que seguir una serie de reglas, pero hay dos que suelen sorprender a los turistas: se debe ingresar a las piscinas completamente desnudo y la mayoría de los onsens prohíben el ingreso a personas con tatuajes.

Hombres y mujeres entran en onsens independientes, aunque antes deben pasar por sus respectivos vestuarios a dejar las pertenencias y darse una completa ducha, sobre unas banquetas de madera y a la vista de todos, para entrar sin impurezas a un agua que mantiene una temperatura de entre 37 y 42 grados.

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Un onsen exterior con aguas termales que provienen de fuentes geotérmicas

Un onsen exterior con aguas termales que provienen de fuentes geotérmicas

Mi ryokan ofrecía un onsen interior y otro exterior, entre árboles que preservaban la intimidad. Estuve unos 15 minutos en cada uno, ya que el calor que en un principio relaja cada músculo al rato se vuelve insoportable. Tuve la suerte de tener las aguas casi exclusivamente para mí, y solo durante cinco minutos compartí con un grupo de jóvenes japoneses en absoluto silencio. Al salir, tuve a disposición productos de higiene personal y skincare de primer nivel, ideales para un perfecto descanso.

Un viaje incompleto

Por más que volví enamorado de la comida japonesa, no me detengo particularmente en ella porque, tras días de sushi, ramen y carne estilo yakitori, opté por cenar una hamburguesa en el restaurante más próximo a mi alojamiento. De todos modos, el centro de Hakone cuenta con opciones para todos los gustos.

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Onsen interior

Onsen interior

Eso sí, me arrepentí de no haber contratado desayuno, considerando que la mayoría de ryokans ofrecen propuestas tradicionales que pueden incluir pescado a la parrilla, ensaladas o verduras al vapor, encurtidos locales, sopa de miso, arroz blanco, tofu, algas nori, tamagoyaki (tortilla japonesa de huevo), natto (soja fermentada) y té verde o de cebada como acompañamiento. Me quedo con la duda de si mi estómago tolera tal combinación.

Pero todo remordimiento queda realmente de lado. En pocas horas, Hakone me ofreció una visión diferente de Japón, una donde la tranquilidad y la belleza natural predominan sobre el bullicio urbano. Aunque no tuve la oportunidad de explorar el parque Imperial de Hakone, descubrir más museos o caminar por la antigua ruta Tokaido —que en su tiempo conectaba Tokio con Kioto—, algo me dice que este no es un destino de una sola vez. Como todo viaje, quedó incompleto y eso solo aumenta mi deseo de volver.

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