La entrevista tuvo lugar una mañana de otoño en la sala de ensayo de la Filarmónica, en la planta alta del ala este del Teatro Solís, donde décadas atrás funcionaba el restaurante El Águila y, más recientemente, Rara Avis. La moquete roja gastada, las cortinas y las arañas luminarias hablan de otro tiempo y de otro uso para el salón, cuya forma oval es idéntica a la de la sala Delmira Agustini, su gemela en la nave opuesta del edificio. Martín García, director de la Orquesta Filarmónica de Montevideo desde 2022, y que en breve cumplirá 50 años, está entusiasmado con las refacciones que se están haciendo en el espacio, que desde hace cuatro años alberga los ensayos del cuerpo orquestal de 90 músicos. Pocas semanas atrás se concretó la conexión física del salón con el teatro por su interior, ya que hasta este año solo se podía acceder por una entrada exterior, lo que dificultaba el ingreso y egreso de instrumentos de la sala. “Ahora todo va a ser más sencillo, estamos muy contentos, antes llevar y traer los instrumentos todo el tiempo desde la sala de ensayo al escenario era muy arduo; había que andar llevando contrabajos y timbales por escaleras y pasillos muy estrechos“, dice, mientras señala un gran contingente de sarcófagos de contrabajos y violonchelos agrupados en un costado. “Es una sala amplia, con esta conexión ganamos espacio. Ahora quedan pendientes tareas de insonorización con paneles acústicos, y de iluminación, para que se vaya pareciendo más a la Delmira. Hay espejos y tabiques de madera que se van y vamos a prescindir de la alfombra, lo cual es deseable para mejorar la acústica. Estar integrados al teatro es algo histórico”, dice el director, con una mueca de alivio en su rostro.
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Martín García en acción en el escenario.
Foto: Lucía Martínez
—Federico García Vigil en la Filarmónica hace 30 años y Julio Bocca en el Ballet del Sodre hace 15 son dos buenos ejemplos.
—Exacto. En la pandemia vimos que cualquier construcción, por más sólida que parezca, es siempre frágil, se puede desarmar muy rápidamente. Si en un año se complica el lugar de ensayo o hay una interrupción en la actividad, todo se viene abajo. Por eso esta continuidad que estamos logrando, en buena medida por haber tenido una buena continuidad con la dirección anterior, es sumamente importante.
—Antes de la Filarmónica estuviste en el Sodre, donde no pudiste lograr esa continuidad. ¿Cómo te sentís en este puesto?
—Me siento muy bien. Este año voy a cumplir 50 años, estoy 10 años más grande que cuando estuve en el Sodre y quiero creer que un poquito más sabio (ríe). Yo conocí la Filarmónica desde dentro cuando era bastante más joven porque García Vigil era mi profesor de piano. Fue la primera orquesta que dirigí, tiene un equipo propio y estable, tiene una buena estructura de producción y una buena ejecutividad. Pasa poco tiempo entre que se toman las decisiones y se concretan. No me corresponde a mí hacer comparaciones entre la Filarmónica y el Sodre, pero aquí hace unos años hubo una presupuestación de la plantilla de la orquesta y de un grupo de funcionarios que permitió lograr una estabilidad importante. Es una construcción permanente, es un proyecto que nunca se termina, siempre se está tratando de mejorar en diversas áreas. Es un grupo numeroso, siempre se va gente y tiene que entrar gente. Son más de 100 funcionarios, entre músicos y no músicos, con todas las complejidades que tiene organizar actividades artísticas en todo el departamento, en las salas barriales y otros espacios.
—El nuevo director del Solís, Martín Jorge, es un colega tuyo, que viene de dirigir a la Banda Sinfónica. ¿Eso permite una mayor sinergia entre la orquesta y el teatro, del que es uno de sus tres elencos residentes?
—Antes de llamarse Filarmónica, la Orquesta Sinfónica Municipal tocaba en distintos espacios, entre ellos, en el Palacio Municipal. A comienzos de los 70 se mudó para el Solís y comenzó a convivir con la Comedia, lo cual no es nada fácil porque es un elenco con una actividad muy intensa. Incluso llegó a haber días con concierto y función en forma continuada. Yo no lo llegué a ver, pero durante años la Comedia ensayaba en el escenario y la orquesta tocaba los lunes solo con una prueba de sonido el mismo día, un rato antes. Con García Vigil la orquesta empezó a tener ensayos en el escenario, tras muchas idas y venidas. Desde que reabrió el teatro, tras la gran reforma, se ha logrado una gran convivencia armónica entre los tres elencos y un convencimiento de ser los elencos residentes del teatro. Está asumido así desde hace un buen tiempo y es algo muy sano. Hay un creciente sentimiento de pertenencia mutuo entre el teatro y los elencos.
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Martín García en la sala de ensayo de la Filarmónica.
Mauricio Zina / adhocFOTOS
—García Vigil le dio a la Filarmónica una identidad musical muy ligada no solo a lo sinfónico clásico, sino también a la ópera y a la música popular, con acento en el tango. Ese vínculo con lo popular lo tomó en forma muy potente la Banda Sinfónica. ¿Cómo influyó eso en el perfil de la Filarmónica?
—Eso depende mucho de la impronta de los directores. García Vigil tenía un enorme historial con la música popular desde los años 60. Tocó con mucha gente como contrabajista, en Camerata de Tango, había tocado jazz y música beat en los Hot Blowers. Y por otro lado la banda tiene una enorme vocación por la divulgación de la música en los barrios. Nace con esa misión y la ha defendido siempre. Siempre tocó al aire libre, en distintos lugares. Está diseñada instrumentalmente para eso, por eso es una banda (porque tiene más instrumentos de viento que de cuerdas, a diferencia de una orquesta). García Vigil era muy amante de la música francesa. Su corazón estaba en Ravel, en Debussy. Cuando era joven y estuvo en Francia quería aprender a orquestar, a escribir para la orquesta. Después se enamoró de la ópera y cuando reabrió el Solís le dio un fuerte énfasis lírico con los grandes títulos de Verdi y Puccini. Esa fue su impronta. Después vinieron otros directores que quizá no estaban tan familiarizados con la música popular uruguaya.
—¿Había música o alguna forma de arte en tu familia? ¿Cuál es tu vínculo con la música popular?
—No, no había mucha música en mi familia ni el arte estaba muy presente. Tenía un tío que tocaba muy bien la guitarra, pero yo no llegué a vincularme mucho con él. Yo escucho todo tipo de música y cuando no estoy acá en el teatro escucho de todo menos música sinfónica (ríe). Escucho rock, escucho pop, escucho jazz, escucho tango. En mi adolescencia empecé estudiando violín y piano, mientras hacía solfeo. Estudié guitarra y bajo, toqué el bajo en varios grupos. Lo que sí hubo en mi familia fue el impulso para que mi madre un día me llevara a clases de piano y la constancia y la perseverancia para que esa madre me llevara sin falta en invierno o en verano y me esperara siempre durante las clases. Me llevaba a una profesora de piano que se llamaba Berta Chadico, que años después me enteré que también había dado clases a Leo Maslíah. Fue la que me enseñó a leer una partitura de orquesta, cuando yo le dije que quería ser director de orquesta. Era El cascanueces, de Chaikovski. Yo era muy chico, pero me acuerdo muy claro de que tenía la línea de cada instrumento: flauta, oboe, clarinete y los demás. Y desde ahí me quedó siempre ese deseo.
—¿Desde entonces siempre tuviste claro que querías ser director?
—Siempre me llamó la atención entender cómo funcionaban las cosas. Entonces agarraba los juguetes que más me gustaban, los abría para ver qué tenían adentro y después no los podía volver a armar. Hasta el día de hoy me pasa lo mismo. Y dirigir una obra es entender qué es lo que tiene adentro. Al principio pensaba que iba a ser compositor, pero no me nacía el impulso por crear algo nuevo; hasta que al entrar en la Escuela Universitaria de Música me di cuenta de que lo que más me interesaba era entender la música que ya estaba escrita, y en algún momento me enteré de que existía una carrera de Dirección de Orquesta. Empecé a hacerme a la idea de dirigir, me lo empecé a imaginar, comencé a mirar a los directores en los conciertos. El primer director que vi fue el maestro Nicolás Rauss, que dirigió a la Ossodre hasta el año pasado, cuando recién había llegado a Uruguay, en los años 80. Fue un concierto en la iglesia de la Aguada y tocaron Händel. Sí, me fijaba en los movimientos de los directores, pero más que nada me gustaba mucho escuchar y comparar versiones, escuchar distintas grabaciones y estilos de dirección. Después me fui familiarizando de a poco con la partitura, que es como aprender a leer un idioma. Al principio era un lío bárbaro, demoraba horas en leer tres compases, y después, como en todo, aprendés.
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Martín García en la galería del Teatro Solís.
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—¿Parafraseando al programa radial, cuando ves una partitura, lográs oír con los ojos?
—Sí, vas adquiriendo esa capacidad, sobre todo cuando se trata de repertorios que ya frecuentaste. Ves la partitura, te imaginás cómo suena y agarrás el lápiz y te ponés a subrayar lo que es verdaderamente importante, y a pensar en cómo la vas a encarar en los ensayos. La ves y te hacés una idea, sí. Lo tenés que hacer minuciosamente antes de ensayar. No me puedo parar adelante de la orquesta sin haber estudiado al detalle la obra. De nuevo, tengo que entender bien de qué está hecha la obra. El problema es que este trabajo se trata un poco de dirigir la orquesta y otro poco de atender cosas que no tienen nada que ver con la música (ríe). Así es la gestión.
—Leer y planificar es la parte teórica de la dirección y después está la parte práctica, pararse en el podio durante una hora y pico sin pausa. ¿Te acordás cuál fue el primer concierto que dirigiste?
—¡Debuté con la Filarmónica! Fue el examen final de primer año de Dirección de Orquesta, el profesor era García Vigil y él había decidido ese año que los exámenes fueran con la Filarmónica. Fue un concierto de piano de Beethoven, así que habría como 60 músicos. Era la primera vez que estaba parado delante de una orquesta, y fue una prueba de entereza. Uno piensa que el director se enfrenta al público que lo está viendo, pero el director también se enfrenta a una orquesta que lo está viendo y evaluando todo el tiempo. Tenés 60 pares de ojos viéndote, te tenés que hacer entender, tenés que ayudarlos a que toquen lo mejor posible, no tenés que complicarlos.
—Hay quienes lo comparan en su complejidad con la tarea de un controlador aéreo, aunque obviamente este último tiene cientos de vidas en sus manos.
—Es muy exigente, sí. Tenés que conducir en el tiempo exacto a 25 o 30 instrumentos, entre 60 y 100 músicos, todos a la vez. Tenés que mantener contacto visual con muchos a la vez. Te acostumbrás a vivir en un estado de sobrestimulación durante las horas que dura el ensayo o el concierto, aunque suele ser más intenso el ensayo. El concierto es una experiencia algo distinta. Yo agendo reuniones para la mañana y estudio las obras porque después del ensayo sé que no me da la cabeza. Quedás en blanco. Te vienen a decir algo y no te entra más nada. “Llamame mañana”, respondo. No es un cansancio físico, se te agota la mente. El cerebro procesa muchísima información y estás todo el tiempo previendo qué es lo que está por venir. Si sos director titular de una formación, capaz que también tenés que dar alguna pauta de disciplina, un rubro en el que si sos invitado no ingresás, sino que solo te dedicás a la música.
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—¿Hay una dimensión física, similar a la práctica de un deporte?
—Sí, totalmente. Yo almuerzo bastante antes del ensayo porque si ensayo con hambre, estoy de mal humor y termino que no me aguanto ni yo mismo. El agotamiento a veces te limita al punto de cortar un ensayo o dejar una obra por ahí y comenzar con otra. Porque si vos te agotás, a los músicos les va a pasar más o menos lo mismo. Hay que guiarse con esas sensaciones y respetarlas. Como los actores de teatro: tenés que ser capaz de estar muy presente en el momento, muy concentrado, enfocado en la obra y en los músicos, y para eso no podés estar nervioso. Tenés que estar relajado porque si no, no podés escuchar.
—Zen en el arte de dirigir orquesta...
—Exacto, Por eso tantos directores leen Zen en el arte del tiro al blanco y otros libros de arquería. Mi primer recuerdo de estar delante de la orquesta era estar tan tenso que no escuchaba nada. Ahora lo veo con mis alumnos, cuando recién empiezan. La escucha se entrena, tenés que saber siempre dónde estás yendo y tenés que saber diferenciar el trabajo en el ensayo del trabajo en el concierto. En el ensayo la energía está orientada a armar la obra y a ver dónde querés llegar. Y en la función está la presencia del público, que gravita mucho. Es una experiencia mucho menos controlada. Soltás y dejás que vaya ocurriendo. Se disfruta de otra manera. No siempre se disfruta, lógicamente. A veces se sufre un poco. Hace poco le pregunté a un gran pianista que vino a tocar con nosotros si llegaba a sentir satisfacción al tocar, si se sentía feliz con lo logrado. Y me respondió: “En general no, pero si hay una buena comunicación con el público, está bien. Si la gente sale contenta, salgo contento”.
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—Hace unos años el ballet tuvo una década dorada en su repercusión popular. Después hubo un pico de interés en la Comedia Nacional. ¿Sería bueno o deseable que ocurriera algo similar con la música sinfónica o así como está ya está bien y no hace falta que sea tan pop?
—Es esencial que venga la mayor cantidad de gente posible. Lo que siempre hace falta es que la gente conozca y haga uso de la gran oferta musical que sostiene con el pago de sus impuestos, siendo un buen ciudadano. Yo me pregunto lo mismo y siempre veo los indicadores del público que accede a nuestros conciertos, ya que llevamos un control muy estricto. Es algo muy importante. Cuando yo era más joven, creía que una orquesta pública tenía que hacer lo que tenía que hacer, más allá de si la gente acompaña o no tanto. Después me convencí de que esa es una muy mala manera de pensar y de actuar. Tiene que venir mucha gente siempre y tenemos que tocar con el teatro lleno siempre. Y por suerte lo estamos logrando. El año pasado solo acá en el Solís tuvimos 20.000 espectadores en la temporada, que es mucho más que el año anterior, y ese año había sido muy superior al anterior. Y todo este crecimiento no tiene punto de comparación con los números anteriores a la pandemia. Tiene que ver con el nombre que se ha ganado la Filarmónica, con las propuestas que son bien variadas y que se han generado varios públicos. No está del todo medido, pero da la impresión de que hay un público para los conciertos sinfónicos más tradicionales y otro para las propuestas populares, como las galas de tango, las galas tropicales o los conciertos con bandas de rock o con artistas de vanguardia, como Supervielle, con quien dimos un concierto muy recordado, que fue grabado en un disco (Montevideano, publicado en vinilo y plataformas por Little Butterly Records). Y después está el público de los barrios, que cuando hacemos giras responde siempre en forma masiva. Hicimos un festival Bach en cinco iglesias el año pasado y quedó gente afuera siempre. Lo mismo sucede cuando vamos con Piazzolla.
—Has construido un perfil de divulgador tanto en los conciertos como en tu columna radial (en No toquen nada), en la que has revelado tus cualidades como comunicador, con muy buena aceptación. ¿Cómo lo desarrollaste?
—Es algo muy necesario que quien dirige la orquesta pueda explicar bien al público lo que hace. Si no, no hay quien lo haga. Si nosotros no mostramos lo que hacemos, nos perdemos una oportunidad de ampliar la llegada al público. El público melómano de hoy es muy distinto al de antes. Por un tema generacional, los amantes de la música clásica de hoy se interesan mucho por el compositor, están ávidos de profundizar en compositores como Bach, Mozart, Vivaldi, Beethoven, porque se han acostumbrado a consumir la música de esa manera en su celular. Eligen lo que quieren escuchar, reaccionan como nuevo público en la sala, aplauden más. Uno lo ve en los conciertos. Los nuevos melómanos son muy distintos a los de hace 20, 30 o 40 años, son mucho más abiertos y participativos. Vienen de manera regular y con más curiosidad por contenidos más disruptivos. Queremos saber, y lo vamos a estudiar, cuánto del público de lo popular se mezcla con el público más clásico. Creo que hay un cruce más fuerte de lo que nos imaginamos.