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    ‘Mi niñera de la KGB’ reconstruye los años en que África de las Heras vivió en Montevideo

    En su más reciente libro, la periodista argentina Laura Ramos explora su historia e intimidad familiar al tiempo que reconstruye la vida de una de las espías soviéticas no rusas más reconocidas

    En 1946, África de las Heras llegó a París enviada por la KGB como agente encubierta.

    Su misión en la capital francesa era, en realidad, encontrar una buena cobertura para viajar a América Latina, colaborar y luego dirigir la construcción de la red de espionaje soviético en el continente. Así fue como conoció a quien pronto sería su esposo, el escritor uruguayo Felisberto Hernández, junto al que se mudaría a Montevideo.

    Hay tres teorías sobre cómo llegaron a conocerse. Todas son recuperadas por la periodista argentina Laura Ramos y publicadas en su libro más reciente, Mi niñera de la KGB (Lumen, 2025). Dos cosas se repiten en todas las versiones: ella se presentó como María Luisa —una identidad que sostendría durante dos décadas— y fue la que dio el primer paso, al decirle a él que daba “gusto escuchar un castellano así en París”.

    Dividido en dos partes, el libro de Ramos recorre primero la frenética vida que tuvo De las Heras hasta su llegada a Uruguay. Luego se detiene en los casi 20 años en los que vivió en Montevideo, donde conoció y cuidó a la autora y a su hermano, ambos hijos del político argentino Jorge Abelardo Ramos y la referente feminista Faby Carvallo, quien se convertiría en amiga de María Luisa.

    Ramos (1956) trabajó en La Nación, Clarín y Página 12.Es autora de Buenos Aires me mata (1993, llevada al cine en 1997), La niña guerrera (2010), Infernales. La hermandad Brontë (2018) y Las señoritas. Historia de las maestras estadounidenses que Sarmiento trajo a la Argentina en el siglo XIX (2021). Para su último libro realizó una profunda investigación, visitó el archivo que recopila notas sobre diversas operaciones de inteligencia de la KGB, retomó contacto con quienes habían conformado el círculo íntimo de su familia en Montevideo y tomó como punto de partida para su trabajo un artículo de la revista Tres escrito en 1998 por el historiador Fernando Barreiro. Fue Barreiro el primero en relatar la vida de aquella mujer en Uruguay. Así, Ramos se zambulló en la historia de la icónica espía que, hasta hace algunos años, para ella no era más que una modista cercana a su madre.

    Todas las África

    África de las Heras —o María Luisa— cambió su nombre tantas veces como cambió de misión y país de residencia. Fue también María de la Sierra, Patricia, Ivonne y Patria.

    Africa de las Heras - joven
    África de las Heras en su juventud.

    África de las Heras en su juventud.

    Nacida en Ceuta en 1909, antes de formar parte de la agencia de inteligencia soviética había estado afiliada a la Agrupación Socialista de Madrid, participó activamente de la huelga general revolucionaria de 1934 desde Asturias y posteriormente se trasladó a Barcelona, donde se incorporó al Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, un órgano político creado en 1936 tras el fracaso del golpe de Estado y el sublevamiento de los sindicalistas.

    Ya en su rol de espía, se infiltró como secretaria de Trotsky cuando estaba exiliado en México, volvió a España para participar de la retaguardia republicana en la guerra civil e integró un comando paramilitar durante la Segunda Guerra Mundial desde donde combatió la ocupación nazi de Rusia. Luego fue destinada a París. Cuando llegó a Francia, tenía 37 años.

    La niñera

    María Luisa y Felisberto tuvieron una relación breve en la que, según escribió Barreiro, “nadie se atreve hoy a hablar de amor”. Lo mismo confirman las voces que cita Ramos en su libro, que resaltan cortos períodos de aparente felicidad. Sin embargo, su matrimonio fue beneficioso para ambos. Él logró, luego de un período de contar monedas y lavar los platos en un bidet en su alojamiento parisino, la prosperidad que le garantizaba a su esposa el dinero que recibía de los soviéticos. De todos modos, jamás sabría que era una espía. Ella no solo obtuvo los papeles necesarios para instalarse en Montevideo y conseguir la ciudadanía uruguaya, sino que también se acercó y se nutrió del círculo del escritor.

    Antes de cruzar el Atlántico, María Luisa conocería al historiador Luis Carlos Benvenuto, amigo de Hernández. Ya en Montevideo y habiéndose separado del escritor, empezaría a reunirse periódicamente y a entablar amistad con un grupo de personas, entre quienes estaban Benvenuto y su hermano Sergio, el escritor y periodista Alberto Methol Ferré y su hermana Elsa, el filósofo Juan Fló, el político y diplomático Mario Cesar Fernández y la madre de Laura Ramos. La periodista recuerda que cuidaba de ella, de su hermano y de los demás hijos de sus amigos. Oficiaba como una suerte de “madrina” que siempre tenía una caja de masas dulces del Oro del Rhin para compartir.

    África de las heras-uniforme

    Sin embargo, la relación más estrecha y más celosa que entablaría en Uruguay —sus grupos de amistades jamás coincidirían en ningún encuentro— sería con Esther Dosil y su esposo, el profesor Arbelio Ramírez, asesinado en un episodio confuso en 1961, al término del acto realizado en el Paraninfo de la Universidad de la República por Ernesto Che Guevara. También con sus dos hijos. Ante ellos no se reservaría opiniones sobre la política ni escondería su admiración hacia la Unión Soviética. El hijo menor de la pareja, Luis Ramírez, fue ahijado de María Luisa y, según este le contó a Ramos, considera que la mujer “le dio la vida”. Sin tener siquiera 10 años, iba a su casa a pasar los fines de semana y se hacía cargo de sus tres perros. En una grabación de Dosil, que obtuvo Fernando Barreiro luego de que publicara su artículo y que este cedió a la periodista argentina, cuenta que a su hijo “le gustaba más estar en su casa que en la nuestra”.

    La espía

    Desde Montevideo, recién llegada, María Luisa trabajaba para la KGB enviando comunicaciones por radio a sus superiores en Moscú. Había tenido una experiencia similar en Ucrania en años anteriores, cuando fue enviada en un operativo de inteligencia que seguía los movimientos de los nazis en territorio soviético.

    Al principio escondía la radio en los talleres que ocupaba para ejercer como modista, el oficio con el que se presentaba. En 1956, por orden de la KGB se casó con Giovanni Bertoni, un italiano que también había sido cooptado por la agencia bajo el alias de Valentino Marchetti. Junto a él abrió una tienda de antigüedades, que pasó a ser su nueva fachada, y les sirvió a ambos para almacenar sus equipos y elementos de trabajo.

    Sin embargo, su tarea más destacada consistió en la búsqueda de identidades para los espías ilegales que llegaban al continente americano y no ingresaban con sus datos verdaderos. Recorría los cementerios del interior del país en busca de tumbas de personas que hubieran fallecido en la niñez o la juventud —o de familias enteras víctimas de accidentes fatales— y que, en ese momento, tendrían la edad de los recién llegados. Tomaba sus datos, se presentaba en las oficinas municipales a solicitar las partidas de nacimiento y volvía a la capital.

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    Sello postal emitido en 2019 por Rusia en homenaje a África de las Heras.

    Sello postal emitido en 2019 por Rusia en homenaje a África de las Heras.

    A su íntima amiga Esther Dosil de Ramírez le había dicho que esas partidas iban a ser destinadas a procurar documentos para los españoles en el exilio. “Militante de la causa de la República desde su adolescencia, Esther no dudó en colaborar”, escribe Ramos. “A partir de entonces fue ella, no María Luisa, la que siguió con los viajes al corazón del país”.

    Esta colaboración se sostuvo durante años. Según Ramos, también comenzó a trabajar con María Luisa el esposo de Esther, Arbelio Ramírez. Sin embargo, marido y mujer no hablaban sobre sus tareas de espionaje. En el audio que el hijo mayor de Dosil le entregó a Barreiro, ella dio a entender que sabía todo. Este material es uno de los que conduce a la periodista hacia los hallazgos más novedosos que presenta el libro.

    Lo que permanece

    África de las Heras murió en Moscú en 1988. Recibió ocho condecoraciones y reconocimientos de los soviéticos, entre ellos la ciudadanía rusa, pero no llegaría a ver el derrumbe del proyecto al que le entregó su vida. Dejó atrás muchas preguntas y una en particular que implicaría al numeroso grupo de amigos y ahijados que cosechó en Uruguay: ¿cuánto de lo afectivo habría sido real y cuánto habría sido parte de una fachada construida para su beneficio personal?

    Además de aportar información nueva para elaborar un perfil tan caleidoscópico como el de África de las Heras y de la habilidad narrativa con la que lo hace, Ramos entrega a los lectores un texto que intenta responder a ese dilema personal a partir de las voces directas de quienes están implicados.