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    ‘Todos los hombres del presidente’ a sus 50 años: el clásico que vuelve a salas en tiempos de un ‘Watergate’ por semana

    El clásico de Alan Pakula, con Robert Redford y Dustin Hoffman, vuelve a los cines montevideanos con proyecciones el 8 y el 14 de setiembre

    En 1972, mientras promocionaba su última película, El candidato, una sátira sobre las campañas políticas, Robert Redford escuchaba a los periodistas que lo entrevistaban restarle importancia a la noticia del momento. Para la mayoría de los medios, el asalto y espionaje a las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate, impulsado para asegurar la reelección del presidente Richard Nixon, se iba a olvidar rápido. Pero no para Redford.

    El actor empezó a seguir las notas que firmaban dos periodistas desconocidos del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, y fascinado por el contraste de personalidad entre ambos, los llamó por teléfono. Redford quería comprar los derechos para llevar la historia al cine, enfocado en el método de trabajo de los reporteros. Del otro lado del tubo, Woodward pensó que la llamada se trataba de una forma de espionaje encargada por Nixon. Su colega, Bernstein, contestó que estaban demasiado ocupados, que se estaba desatando el infierno y que no había tiempo para distracciones desde Hollywood.

    En ese momento, los reporteros ni siquiera pensaban en incluirse como personajes en su propio proyecto. Al contrario, planeaban una crónica en tercera persona contada desde la perspectiva de la campaña de Nixon. Fue el llamado del, cuándo no, encantador Redford el que los convenció de cambiar el foco del libro, descartar ese primer borrador y contar la historia desde sus propios pasos, retratando la fricción de dos tipos opuestos que ni siquiera se caían bien.

    Woodward era un egresado de Yale, protestante, republicano, de modales pulcros y hablar pausado. Bernstein, un judío liberal de Nueva York, desordenado, fumador, intuitivo, capaz de saltos lógicos que exasperaban a su colega y que casi siempre resultaban correctos. Redford apostó por esa tensión personal antes que por el drama político y esa intuición dio vida a Todos los hombres del presidente, obra fundamental del cine, y el periodismo, que cumplió 50 años y vuelve a salas uruguayas.

    La película llegó a Montevideo el 25 de octubre de 1976, seis meses después de su estreno estadounidense, y se dio, entre otros, en el cine California. Medio siglo más tarde vuelve al circuito comercial, el lunes 8 y el lunes 14 de setiembre en Movie Montevideo. Las entradas ya están a la venta.

    ¿Qué tenía Redford en mente para esa película entonces inexistente? ¿En qué pensaba el actor que, a esa altura, ya era conocido por meter mano en las producciones que le interesaban? Por lo pronto, en algo pequeño. Blanco y negro, dos actores desconocidos, casi un documental. Cuando el libro de Woodward y Bernstein se convirtió en un best seller en 1974 esa idea murió, y Redford terminó pagando cerca de medio millón de dólares por esos derechos.

    Cuando Redford empezó a mover el proyecto, la renuncia de Nixon estaba fresca y la opinión pública parecía algo agotada del tema. Tuvo que poner sobre la mesa todo el peso de estrella que había acumulado con Butch Cassidy y El golpe para que el estudio Warner Bros. aceptara financiarla, y aun así la empresa quiso dejar algunas reservas en claro. Se trataba de una apuesta comercialmente insólita. Una película sin interés romántico, sin escenas de acción y con antagonistas que nunca daban la cara en la pantalla.

    Para la dirección, Redford pensó primero en Hal Ashby, pero lo descartó rápido. La vida bohemia del cineasta encajaba poco con el universo de corbatas y escritorios de la redacción. Alan J. Pakula era el opuesto exacto. Graduado en Yale y de modales impecables, tenía la elegancia para almorzar con el editor Ben Bradlee y ganarse la confianza de un diario que desconfiaba de Hollywood. Además, venía de dirigir Klute y El último testigo, dos películas que afirmaban su dominio del suspenso político.

    Lo primero que hizo Pakula, entonces, fue cambiar el rumbo. Le discutió a Redford la idea de una reconstrucción semidocumental argumentando que resultaría un bodrio, y le recordó que el público ya conocía el final. En su lugar propuso convertir la monotonía de las llamadas y los papeles en un drama que se sintiera electrizante. Como ocurre con cualquier gran nota periodística, aquel cineasta entendió que el valor no estaba en amontonar los datos, sino en encontrar el ángulo correcto para contarlos.

    A Dustin Hoffman, en tanto, lo fichó en un partido de los Knicks. Redford sabía que su propio estatus de estrella desequilibraría la película si no ponía enfrente un contrapeso de su misma altura, así que aprovechó que ambos eran hinchas para resolver la contratación en las gradas.

    Esa búsqueda de equilibrio continuó cuando ambos se instalaron dos o tres meses en la redacción real del Washington Post para absorber a sus personajes. Hoffman se pegó a Bernstein hasta terminar cenando en casa de sus padres, quienes le dieron su billetera y su reloj de graduación para que los llevara en el bolsillo durante el rodaje. Redford construyó a Woodward tras un cruce directo en el que le soltó sin vueltas que le parecía un tipo bastante aburrido. Woodward no solo le dio la razón con un “es verdad, lo soy”, sino que intentó sacárselo de encima diciéndole que el tipo interesante era Bernstein. Para Redford, ahí mismo estuvo la clave de su personaje.

    Filmación de Todos los hombres del presidente en un decorado que recreaba la redacción de The Washington Post.

    Filmación de Todos los hombres del presidente en un decorado que recreaba la redacción de The Washington Post.

    Ya en el set, ese trabajo de mimetización dio paso a un hallazgo técnico que nació de una propuesta de Hoffman: que cada actor memorizara también el texto de su compañero. Años después, el propio Hoffman explicaba en un documental que esa técnica les permitía pisarse en los diálogos, interrumpirse y actuar como si fueran una sola persona, descolocando por completo a los actores secundarios en las escenas de interrogatorio.

    A esas maniobras se sumó la complejidad de fabricar el escenario principal, ya que la redacción real del Post no se podía usar porque el diario debía seguir saliendo. El diseñador de producción George Jenkins resolvió el problema levantando una réplica exacta de tres mil metros cuadrados en dos galpones de Burbank, California. El equipo hasta juntó la basura verdadera de las papeleras del Post, la embaló en cajas rotuladas por sección y la mandó en tren a California para desparramarla sobre los escritorios.

    Toda esa artesanía escenográfica encontró su sentido a través de la cámara del director de fotografía Gordon Willis, reconocido por su labor en El padrino y el verdadero arquitecto visual detrás del legado de la película. Willis bañó esa redacción con una luz fluorescente, blanca y clínica, que contrastaba con las sombras nocturnas de Washington donde se cocinaba la conspiración. Mediante lentes de plano dividido, logró mantener enfocados al mismo tiempo a dos actores situados a distintas distancias, registrando su dedicación en cada sector disponible del plano.

    Alan J. Pakula, Dustin Hoffman y Robert Redford en el rodaje de Todos los hombres del presidente.

    Alan J. Pakula, Dustin Hoffman y Robert Redford en el rodaje de Todos los hombres del presidente.

    Pura mística

    En la historia oral que publicó Washingtonian en 2016, la periodista Jeannette Smyth recuerda cómo la película convirtió de pronto al periodismo en una profesión prestigiosa y elegante. Antes de 1976, el periodista de prensa escrita era poco más que un obrero de la tinta en una oficina ruidosa, bajo una precariedad salarial que poco ha cambiado desde entonces. Sin embargo, la pantalla grande instaló la falsa impresión de que la redacción era el destino exclusivo de la élite académica. En el mismo especial, su colega Tom Zito fue todavía más lapidario al señalar que la película retrató de forma increíble la mística de la investigación, pero que las vocaciones no surgieron por el rigor periodístico, sino porque toda una generación quiso ser Woodward y Bernstein encarnados por Redford y Hoffman.

    Desde el presente, la película descansa en la certeza de que un hecho probado obliga al sistema político a reaccionar. En un ensayo sobre la película publicado en marzo de este año en el Fordham Political Review, la investigadora Audrey Shooner señaló que hoy el escándalo funciona de otra manera, donde las revelaciones aparecen con regularidad pero exponer una conducta indebida ya no garantiza que las instituciones actúen en consecuencia, porque el impacto se diluye en la polarización partidaria y el estancamiento procesal. Su conclusión es que la obra de Pakula perdura como el registro de una época que creía que la verdad todavía podía disciplinar al poder.