Estudiantes uruguayos lograron un primer lugar en un mundial de robótica

Alumnos de la sede de Rivera de la Utec estaban de viaje en Alemania gracias a una beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico, decidieron presentarse al FIRA RoboWorld Cup and Summit y ganaron el primer premio en la subcategoría Mission impossible united

Los logros cuando son grandes e inesperados se festejan de forma diferente. Ninguno de los 13 estudiantes de Ingeniería en Control y Automática ni el de Ingeniería en Logística de la sede de Rivera de la Universidad Tecnológica del Uruguay (Utec) que partieron rumbo a Alemania el 13 de julio, acompañados por dos profesores, pensaron que podían regresar con un primer premio en un mundial de robótica. No lo tenían en el horizonte; de hecho, ni siquiera se habían registrado para participar. Su idea era, gracias a haber obtenido una beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), recorrer distintas ciudades de ese país europeo —potencia económica y tecnológica—, sus universidades, sus empresas de punta, participar en algún workshop e intercambiar con pares de distintas partes del mundo.

Para varios de estos 14 estudiantes, veinteañeros todos, bilingües por ser habitantes de ese ecosistema social de frontera que transforma a la uruguaya Rivera y la brasileña Santana do Livramento en una sola urbe (lo que está impregnado en sus cotidianidades), el que terminó con el regreso al Aeropuerto de Carrasco el 3 de agosto con recepción de autoridades nacionales fue el primer viaje grande de sus vidas. Y no lo olvidarán jamás.

Urubots, grupo creado en 2022 como actividad extracurricular e integrado por una veintena de estudiantes de la sede Rivera de la Utec, logró el primer lugar en la subcategoría mission impossible united de la FIRA RoboWorld Cup and Summit —algo así como un mundial de robótica para estudiantes universitarios—, que se celebró en Wolfenbüttel, Alemania, entre el 17 y el 21 de julio. En esa competencia participaron 42 equipos de ocho países. Como el nombre de la subcategoría lo indica, había que trabajar en unión con otros institutos; en su caso fue con el Instituto Federal do Marañao y la Escola Firjan de Río de Janeiro, ambos de Brasil. La condición binacional de Urubots hizo que la coexistencia fuese por demás fácil, lo que se reflejó en el resultado final.

Urubots se creó con la guía de los profesores Ricardo Grando y André Kelbouscas, brasileños ambos, que ya tenían experiencia en este tipo de competencias. Ambos acompañaron a los jóvenes en su viaje a Alemania y fueron quienes consiguieron, una vez allá, la participación de los chicos en el mundial. Es que no solo ganar no estaba previsto; competir, tampoco.

La beca del DAAD era un proyecto de intercambio académico. “La idea era adquirir conocimiento y por eso visitamos ciudades y universidades”, dice Grando al equipo de Comunicaciones de la Utec, en declaraciones facilitadas a Galería. Pero una vez allá la intención fue más ambiciosa: “Redactamos una carta (a la organización del evento) hablando de que éramos un grupo del interior de Uruguay, de la motivación que sería participar. Y nos habilitaron como una excepción. Es que ahí se clasifica como en todos los mundiales, ¡ganar no estaba en los planes!”. Mission impossible está pensado para las fases iniciales de la carrera, en las que están los integrantes de Urubots.

Desde atrás. Pablo Moraes, uno de los Urubots, estudiante de Ingeniería en Control y Automático de 20 años, se está acostumbrando a esto de dar notas. La primera fue “después de un viaje de 36 horas, muy cansador”, en la bienvenida que el gobierno les hizo en el Laboratorio Tecnológico del Uruguay (Latu). Entre las autoridades que los recibieron estuvo el ministro de Industria, Energía y Minería, Omar Paganini, y el vicepresidente del Instituto Nacional de la Juventud (INJU, que aportó la locomoción ida y vuelta entre Montevideo y Rivera), además de representantes de la Utec y la Embajada de Alemania.

Desde los 12 años Pablo está interesado en la robótica. En Rivera se había metido en cuanto grupo y actividad relacionada con el tema se formaba. Terminó su bachillerato en la vecina Santana do Livramento como técnico en electrónica. “Yo pasaba por una época difícil de mi vida y la robótica me llenaba un vacío. Ahí nació mi idea de ser docente e incentivar a otras personas, así como hubo profesores que lo hicieron conmigo”, afirma.

La aplicación práctica de la robótica, en el transporte, en la salud, en las comunicaciones, en la gastronomía, es una faceta unánimemente señalada por estos estudiantes. No es el mundo ancho y ajeno que los profanos pueden pensar. En su breve vida, Urubots ya había participado en un concurso de drones y en un proyecto apoyado conjuntamente por la Embajada de Estados Unidos para crear un equipo de fútbol de robots. Ellos se encargaron de crear el hardware de unos futbolistas de 15 centímetros de altura, hechos con metal y plástico, capaces de moverse, girar y “patear” a través de un mecanismo electromagnético. El software estuvo a cargo de sus docentes.

Este proyecto culminó en abril y, asegura Pablo, de alguna forma fue la excusa para viajar a Alemania, para lo cual hicieron falta los aportes económicos del DAAD (28.000 dólares), la propia Utec (14.000 dólares), la Dirección Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología (Dicyt, 1.200 dólares), más las rifas organizadas para recaudar lo suficiente para pasar 20 días en Europa. La Dirección Nacional de Identificación Civil (DNIC) les exoneró el costo de los pasaportes. “La idea original era entrar en contacto con otros equipos de robótica que trabajaran con robots futbolistas que estuvieran más avanzados. Queríamos aprender, a partir de eso mejorar nuestros modelos y de paso asistir al mundial de robótica de la FIRA. ¡Pero ahí nos dijeron de participar”, relata el estudiante.

La inscripción costaba 3.500 dólares. Eso fue un aporte de última hora del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM). A través del Plan Ceibal consiguieron prestado un kit de Lego (que más allá de sus juguetes para armar mundialmente conocidos tiene la serie EV3 Mindstorm, ideal para estas actividades) y salieron a la cancha.

Y siguiendo con la terminología futbolística, fueron de menos a más. Es difícil que quien se inscribe el último día a cualquier competencia esté bien armado para arrancar. La primera categoría en mission impossible era hardware, en la cual tenían tres horas para armar un robot que pudiera moverse de un lugar a otro. “De pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de las piezas las habíamos dejado en el hotel. Perdimos hora y media entre ir, recogerlas y volver. No fue un buen día y nos frustramos un poco”. En esa primera etapa terminaron en el lugar 25, de mitad de tabla para abajo.

La siguiente etapa, la de software, dio revancha. “Ya estábamos más preparados. Teníamos que armar un robot con un cierto grado de programación. Nos concentramos en hacer un robot simple y preciso. Terminamos séptimos y eso nos levantó bastante el ánimo”, narra Pablo.

La última etapa, la de la subcategoría united, fue la que trajo el triunfo. El trío de institutos se resolvió por sorteo y la fortuna no le pudo sonreír más a unos jóvenes riverenses. “Por vivir en la frontera tenemos mucha facilidad con el portugués y con la interacción con todo tipo de personas. Los dos equipos con los que nos unimos eran brasileños y la comunicación no fue un problema”, cuenta. Pero más allá del idioma, los tres tenían que ponerse de acuerdo en construir tres robots iguales capaces de levantar una plataforma en un plazo de tres horas. Es más sencillo decirlo que hacerlo: no todos los tríos (14 en total) pudieron trabajar armónicamente. “Nosotros usamos los kits y otras cosas como cuerdas, candados y ganchos. Hicimos una grúa, una buena base y logramos que los tres robots tuvieran la misma velocidad. ¡Ganamos con mucha ventaja! Hasta nos dio tiempo para probarlo dos veces”.

Contrastes. “Le metimos garra y conseguimos el primer lugar en una de las categorías”, dice, nuevamente apelando al fútbol, Martín Lluviera (21) a las cámaras de la Utec. Apasionado de la robótica desde que ingresó al liceo 3 de Rivera, se declara fascinado de ver cómo esto “crea soluciones para los problemas cotidianos de la gente”. “En Alemania uno ve cómo la robótica se aplica en las paradas de ómnibus, en las estaciones de tren, en el transporte. Eso es lo que más me gustó: ver la aplicación puntual de las soluciones que se crean”.

El de Martín también es un premio al sacrificio, ya que además de estudiante de la Utec es policía. “Mi día es una locura, tiene 25 horas. Yo ingresé (a la Policía) hace cuatro o cinco meses. Es un respaldo para seguir estudiando porque vivo solo, pero mi objetivo es dedicarme a la robótica”, añade.

Aún en Alemania, en medio del asombro por la tecnología de punta y las bicisendas que se respetan, la Utec fue recabando los testimonios de los participantes mientras vivían la experiencia de sus vidas. “Además de aprender cosas, hacemos miniturismo”, contaba José Olmedo. “Me llama la atención toda la infraestructura que hay. Sorprende cómo se desarrollan las cosas acá”, decía Juan Deniz en una pausa durante los workshops de la Universidad de Ostfalia. “Esto es importante para motivar a jóvenes que viven en la frontera con Brasil, que vean que pueden contribuir al desarrollo de Uruguay”, aseguraba Mónica Rodríguez. “¡No pensamos que podíamos llegar a tanto!”, confesaba Victoria Saravia.

“Por lo que yo vi, no estamos tan lejos en materia de robótica”, dice a Galería Pablo Moraes, apuntando al conocimiento más que a la tecnología. “Sí hay problemas: en Brasil, por ejemplo, donde hay muchos grupos de robótica, yo veo que ellos no tienen tanto apoyo de materiales pero sí mucha gente. Acá pasa al revés, en la Utec hay materiales pero falta gente que estudie. Yo tengo la beca del Fondo de Solidaridad, si no, tendría que trabajar y estudiar a la vez”.