De las tres esposas del exemir de Catar Hamad bin Jalifa Al Thani, la del medio es su favorita. En un país donde las mujeres casi no pueden decidir por sí mismas, lo esperable es que las esposas de los jeques no tengan aparición pública ni protagonismo alguno, pero la jequesa Moza bint Nasser Al-Missned se ganó a pulmón el título de “señora de un territorio”. A pesar de que su esposo Hamad hace casi 10 años que cedió la corona a Tamim, hijo de ambos, Moza sigue siendo reconocida como la primera dama de su país —y lo más parecido a una en todo Medio Oriente—: ninguna de las esposas del actual emir del estado árabe puede llegarle a los talones.
La jequesa es hoy una de las figuras públicas más respetadas en Catar, y fuera del país es considerada una líder mundial con todas las letras. Tuvo apariciones en importantes actos públicos, concediendo entrevistas para medios internacionales y, lo más sorprendente de todo, firmando sus propios artículos de opinión en diarios y revistas.
Culta, poderosa, hermosa y astuta, comparada con princesas icónicas como Grace Kelly, Moza no dejó de recibir duras críticas de los sectores más conservadores de su país. Es servidora de un modelo del que se las arregla para escapar y, desde dentro, defiende algunas causas que visibilizan su activismo y valorizan su condición de mujer.
La trama real. Como la tragedia lírica entre los Montesco y los Capuleto pero con un final algo más afortunado, la aparición de Moza en la escena catarí se remonta a la unión entre dos familias reales para evitar un conflicto interno en el país. El término bin en los nombres árabes (o bint en femenino) significa “hijo de”; Moza era hija de la familia real Al-Missned, pero su esposo Hamad pertenece a la casta de los Al Thani, la poderosa y multimillonaria familia que gobierna en Catar hace 150 años. Ambas dinastías sostenían una disputa histórica aunque dispareja, y Moza tuvo que exiliarse desde muy pequeña a Egipto cuando su padre se opuso al gobierno de los Al Thani. Para ponerle un punto final a la condena sobre su familia —ningún Al-Missned podía pisar el país—, ella decidió enamorarse de Hamad y casarse con él cuando todavía era príncipe heredero.
Su esposo, que se valió de la imagen de Moza para influir en la voluntad de los cataríes que los Al Thani todavía no habían conquistado, ascendió al poder en 1995 y la convirtió en primera dama, posición que no existía hasta entonces. Eso no alcanzó para introducir el apellido Al-Missned en el gobierno, ya que Moza tuvo que adoptar Al Thani, el de su marido, pero consiguió hacer las paces entre las familias.
Aunque rápidamente se ganó el respeto de la sociedad en la que nació inserta, fue después de ocho años de gobierno de Hamad que, durante un viaje del emir a Estados Unidos, Moza llamó la atención del resto del mundo, opacando a su esposo. El programa 60 Minutes de la Canadian Broadcasting Corporation entrevistó al emir, que apareció por primera vez en cámara con una de sus esposas, una silente Moza de rostro descubierto. La audiencia la conoció imponente y elegante. Y ese fue solo el principio; la jequesa comenzó a cobrar relevancia pública, al punto de acompañar al emir en todas sus visitas internacionales, conociendo los futuros escenarios en donde defendería sus causas.
Su primera visita oficial, acompañando a su marido, fue a España, en donde la recibió la reina Sofía. AFP El mundo descubrió a una mujer preparada, con estudios en sociología de la Universidad de Catar, maestrías en Políticas Públicas, doctorados honorarios de universidades como Virginia, Texas y Georgetown, y un gran, gran carácter. Si bien un impenetrable hermetismo rige la vida política de Catar, ya se ha filtrado en más de una ocasión que el papel de Moza, así como estuvo por encima del de su esposo en su momento, hoy está por encima del de su hijo. Por ejemplo, la idea de abrirle la puerta a todas las naciones durante una Copa del Mundo fue de ella, no así el reconocimiento. Pero, lo cierto es que la jequesa mueve silenciosamente algunos hilos para conseguir influir en las decisiones que toman los hombres de su familia, y tuvo gran influencia en las últimas reformas laborales, educativas y de salud que su esposo puso en marcha para modernizar al país.
Filantropía que conoce de límites. La fortuna de la familia real catarí es incalculable, y con ella pueden lograrse grandes cosas. Moza lo sabe y tiene un norte bien marcado: la educación, la innovación y el arte, entendiendo a la moda dentro de éste último. Es la presidenta de la Catar Foundation para la Educación, la Ciencia y el Desarrollo Comunitario (QF), es promotora de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y, desde que fue nombrada enviada especial de la Unesco para la Educación, se la ha visto de chaleco antibalas y casco en países como Irak, cuando la guerra condujo a la destrucción de varios centros educativos.
Esta es su principal bandera: trabajar para que la educación esté protegida incluso en contextos hostiles. A través de sus discursos desde las potencias más poderosas del mundo deja constancia de la frustración que siente porque ésta no sea una prioridad de los gobiernos. “Si queremos combatir el cambio climático, que es un problema actual, debemos empezar por la educación”, dijo en una entrevista para el canal de televisión estadounidense CNBC, mostrándose fiel creyente de que el poder de la educación puede transformar a las sociedades.
Su gran iniciativa desde QF fue la construcción de la Ciudad de la Educación dentro de la región de Al-Rayyan, en las afueras de Doha: un campus de 14 kilómetros cuadrados donde se instalaron las más prestigiosas universidades, con el objetivo de volverse el centro educativo de la región. Además del Education City Stadium —en donde la Selección uruguaya empató con Corea del Sur— allí funciona el Parque Tecnológico y Científico de Catar, una instalación de más de 45.000 metros cuadrados ocupados por oficinas y laboratorios que trabaja para el ahorro de combustible en el país.
La QF, podría decirse el brazo cultural y tecnológico de Catar, también impulsó varios proyectos de investigación científica y desarrollo económico y social, como Silatech, una organización internacional no gubernamental —de la que Moza es presidenta— que sirve para conectar a los jóvenes con oportunidades laborales de gran prestigio en países como Yemen, Somalia y Palestina. Además, dentro de la Ciudad de la Educación la jequesa también preside Sidra Medicine, un hospital universitario de investigación que busca posicionarse como la institución líder para el tratamiento de mujeres y niños.
Sin embargo, ninguno de estos innovadores proyectos la han animado lo suficiente como para romper el silencio frente a las críticas que los organismos internacionales hacen ante las vulneraciones a los derechos humanos del estado árabe, como las 6.000 muertes de trabajadores que Amnistía Internacional ha contabilizado durante la construcción de los estadios para el mundial. La jequesa llegó incluso a presumir en su cuenta de Instagram (@mozabintnasser, con más de 900.000 seguidores) haber cocido con sus propias manos la bandera de Catar en una bufanda el día en que se dio a conocer que su país sería el anfitrión de este mundial por la Federación Internacional de Fútbol, FIFA.
Por un Catar más cultural, glamoroso y femenino. A sus para nada aparentados 63 años, Moza bint Nasser ha levantado auténticos imperios desde el lujo y la sostenibilidad. Su figura está involucrada en la construcción de hoteles cinco estrellas alrededor de Asia, Europa y América, como los del complejo hotelero Mandarin-Oriental, o impresionantes barrios privados de energías renovables, como el céntrico Msheireb, en Doha; uno de los centros urbanísticos más desarrollados, sostenibles e inteligentes de todos, en la medida en que es energéticamente autosuficiente y cuenta con uno de los techos retráctiles más grandes del mundo, que lo convierte en un domo con un sofisticado sistema de ventilación para regular la temperatura de su interior a unos veinte grados centígrados.
Moza también es la mente detrás de Zulal Wellness Resort, de la prestigiosa firma tailandesa Chiva-Som, en la región de Al Ruwais, entre las imponentes dunas cataríes. Se trata de un complejo dedicado al bienestar físico y espiritual que combina las tradiciones de los nómades del desierto con los mejores tratamientos de la cultura del Medio Oriente. Los programas, a los que también se somete la propia jequesa, son en su mayor medida tratamientos estéticos y de rejuvenecimiento y dietas macrobióticas —alimentación equilibrada según los principios del Ying y el Yang, que incluye granos enteros, verduras frescas cultivadas localmente, productos marinos y legumbres—.
Su vestuario acompaña muy bien esta preocupación estética; con atuendos tradicionales de alta costura, Moza fue mencionada en más de una ocasión por revistas como Vanity Fair como una de las mujeres mejor vestidas del planeta. Miles de diseñadores sueñan con trabajar con ella para llevar a las más importantes pasarelas su estilo Islam chic.
Fashion Trust Arabia 2021 presidida por Moza bin Nasser en el Museo Nacional de Catar en Doha, del que también es presidenta. AFP La jequesa es además la ideadora y presidenta honoraria de la Fashion Trust Arabia, un desfile y premiación para apoyar a los diseñadores de moda emergentes de la región de Medio Oriente y África del Norte, auspiciado por algunas de las marcas con las que trabaja, como Valentino, Balmain o Volkswagen. Pero su veta creativa no solamente se ve reflejada en el mundo de la moda. La suya es una preocupación que se balancea entre el estilo y el arte. Mucho arte.
Moza y su hija Al-Mayassa son consideradas las mujeres con más poder dentro de los círculos artísticos de Medio Oriente. Ambas estuvieron a cargo de la selección de las obras que vuelven al moderno espacio del aeropuerto de Hamad, en Doha, más amigable. Como el famoso y gigantesco oso lámpara del artista suizo Urs Fisher, que se volvió una de las selfies más sacadas al pisar por primera vez el país. Pero en cada una de sus intervenciones no faltan los guiños a la tradición y la cultura. Madre e hija son además grandes defensoras del arte local y bajo su dirección están el Museo de Arte Islámico, el Museo Árabe de Arte Moderno y el Museo Nacional de Catar. A través de estas instituciones, el estado árabe espera que el arte de todas partes del mundo encuentre una suerte de inspiración en su cultura.