Todo lo que los niños quieren para Navidad

La ilusión del pedido, la expectativa de la espera, la alegría de cuando llega y la frustración de cuando no, más algunos consejos para regalarles bien

Hay legos de Minecraft armados, como en exhibición. Hay un Funko Pop de Black Panter y está la varita mágica de Harry Potter. Hay esqueletos de dinosaurios. Hay más dinosaurios. Hay más de 30 peluches. Hay cartas Pokémon (decenas, cientos). Hay muñecos de Sonic y más de una Nerf. Hay libros. Hay, en la estantería, regalos de ocho navidades, de cuando las listas eran escritas con manitos torpes y encabezadas con “Papa Noel por fabor traeme…”, y terminadas con un “grasias”. En ese tiempo era difícil explicarle al niño que el pedido era excesivo y poner un límite a la cantidad: ¿por qué un ser mágico no podría traer todos los juguetes de la lista? Es mágico.

Después llegó el descubrimiento de la verdad, el desconsuelo y el comentario persistente varios días después: “No puedo creer que no exista”. Y entonces, la promesa de que técnicamente nada cambiaría, que los ahora oficialmente encargados de traer los regalos darían lo mejor de sí para seguir cumpliendo con la misma eficiencia con que lo hacían cuando regalaban en nombre del ser mágico. Así es que no hubo un alivio en cuanto al gasto y el reto de regalarle a ese niño, que ya tiene todo, juguetes que de verdad desee.

Los niños que ahora somos padres hemos cambiado de lugar y en algún momento nos hemos sentido, con seguridad, como Arnold Schwarzenegger en El regalo prometido. Este padre que recorre enajenado jugueterías en busca del regalo pedido por su hijo: Turbo Man, el muñeco de acción del momento, con brazos y piernas móviles, mochila propulsora y disparador de boomerangs. “Quien no lo tenga será un auténtico perdedor”, dice el niño. En el intento de encontrarlo, Arnold es pisoteado por hordas de padres y madres desesperados que entran a tiendas de juguetes con actitudes bastante alejadas del espíritu navideño. El padre, que acordó con la madre encargarse del regalo y lo dejó para último momento, se encuentra con que Turbo Man está agotado, pero en pos de mantener la magia está dispuesto a todo. Solo es Navidad una vez al año, dice el trailer, y uno termina pensando: “Menos mal”.

Parecido a una boda. Difícilmente un niño esté de acuerdo con Mariah Carey y su canción All I Want for Christmas Is You (Todo lo que quiero para Navidad es a ti). Tiene que haber abundancia y variedad de paquetes al pie del árbol. Así como la fecha es una noche y un día de excesos, de comidas suculentas, de dulces pensados para paliar el frío que se devoran aun con 25 grados de temperatura, es también un día de excesos para los regalos.

Por eso alguien ideó la regla de los cuatro regalos. Tiene (extrañamente) algunos puntos de contacto con la tradición de los casamientos de llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Según esta regla de las fiestas, a los niños hay que regalarles algo para usar, algo para leer, algo que realmente deseen y algo que realmente necesiten. Parece una propuesta lógica, razonable, equilibrada. En tiempos en que la lista puede incluir hasta la moneda digital con la que se adquieren bienes en Roblox (robux), estos cuatro elementos físicos parecen una buena idea, con el beneficio colateral de no incluir pantallas.

Para estar en sintonía con los demás miembros de la familia e implementarla en conjunto hace falta una conversación previa. Sobre todo, con las abuelas.

Hay familias que aplican otra regla: por cada juguete que entra a la casa, sale uno en forma de donación. Un juguete bueno, querido, que implique un acto de desprendimiento y generosidad, no uno que se quiera descartar. Un buen aprendizaje y, además, una forma de mantener la conquista de territorio de los juguetes a raya.

Lo que sí se recomienda —y es hasta de sentido común— es incluir bajo el árbol al menos una sorpresa y alimentar la ilusión y la expectativa en torno a ese regalo. Y hacer énfasis en crear momentos mágicos, por abstracto que eso suene. Será cuestión de pensar algo, darle un giro acorde a la familia y al niño. Dicen que se puede.

Las tradiciones inamovibles. Como si la profusión de paquetes no fuera suficiente ya, una nueva costumbre del norte empezó a instalarse en el sur: el calendario de adviento. Un ritual que es una especie de cuenta regresiva que comienza el 1º de diciembre y se extiende hasta la Navidad. La forma del calendario varía; las más sofisticadas pueden ser casitas de madera con compartimentos (uno por día), pero hay también algunas más sencillas, en dos dimensiones, como sobres colgando de carteleras con forma de arbolito. El ritual requiere una preparación previa: rellenar los compartimentos con dulces, papeles con buenas acciones y, por supuesto, juguetes pequeños. La gracia es abrir uno cada día y, si hay un dulce, comerlo, si hay una buena acción, cumplirla, y si hay un regalo…, jugar el tiempo que dure la emoción por esa novedad, que suele ser una chuchería y que, a menos que esté muy bien pensada, no ofrece más de 10 minutos de entretenimiento.

En los países nórdicos van aún más lejos con una práctica que está bastante extendida. En Dinamarca, más específicamente, además de ser muy habitual el calendario de adviento se acostumbra los cuatro domingos previos a Navidad dar un presente a cada niño de la casa. Se cuelgan de las puertas envueltos en cintas de colores y se abren por la mañana.

Las costumbres por algo existen. Además de dar sentido de pertenencia (a una familia, a una sociedad), en el caso de los regalos estas tradiciones son, más que una entrega material, un camino para alimentar la fantasía, la ilusión; algo precioso de cultivar en los niños y de mantener toda la vida. Como en todos los ámbitos, la clave parece ser evitar los excesos.

Después de que se revelara la verdad, una madre decidió intentar hacer énfasis en lo religioso, darle un pequeño giro a la Navidad ahora que no se sostendría en la figura de Papá Noel. Entusiasmada en conseguir un nuevo pesebre, más grande, más representativo, le preguntó al niño: “¿Qué se festeja en Navidad?”. La primera respuesta: “La llegada de Papá Noel”. La segunda: “Reunirse con la familia”. Recién en el tercer intento (y con un poco de ayuda) vino a la mente el acontecimiento religioso. Entonces, esta madre se dio cuenta de que el centro seguían siendo las cajitas envueltas a los pies del árbol y confirmó la importancia de reafirmar tal vez no tanto el lado religioso, sino el motivo esencial: el encuentro, el disfrute, la paz en familia.

La regla de los cuatro regalos se sustenta en la teoría (o el resultado de algún estudio) de que en Navidad los niños reciben 10 veces más regalos de los que necesitan. También en el acento que ponen hoy los psicólogos en la importancia de evitar ese desborde de regalos, por eso de que puede reducir el nivel de tolerancia a la frustración en los niños, llevarlos a la apatía e incluso a que vayan perdiendo la gratitud.

El regalo que nunca llegó. Todos recordamos algún regalo que quedó pendiente, una carta que Papá Noel nunca recibió, o que tal vez se traspapeló. Un breve relevamiento que llevó a cabo Galería recogió varios pedidos (algunos muy curiosos) con los que Papá Noel no cumplió.

Hay un niño que nunca recibió un conejo enano y una niña que quedó esperando su pistola de agua. Hay una batería que no llegó y una casa del árbol que pidió un niño de ciudad y Papá Noel no supo cómo entregar. Hay un vale de una mesa de ping-pong que nunca se materializó. Hay un auto a pedal y un cuatriciclo. Hay un Family Game. Hay patines de bota blanca y lazo rosa que Papá Noel sustituyó por unos de base metálica para atar al champión. Hay una guitarra eléctrica rosada y hay un Playmobil que un niño no recibió mientras veía a sus hermanas abrir los regalos que esperaban.

Entre las niñas, la casa de muñecas es un clásico de regalos pendientes. Entre las niñas, la casa de muñecas es un clásico de regalos pendientes.

Hay un niño que nunca pedía nada y se conformaba con lo que llegaba. Hay una niña que siempre recibía todo lo que pedía.

Hay señores entrados en años que todavía recuerdan sus regalos no cumplidos: un tren eléctrico que Papá Noel interpretó como un tren a cuerda, un Meccano, un traje de vaquero con pistola.

Muchas desilusiones aún no se superan. Hace unos días circuló por redes sociales el video de una anciana a la que su nieta le regaló una muñeca para compensar la que no había recibido a su tiempo. La señora se emociona y nos emocionamos todos.

Sin embargo, muchos de estos niños —hoy adultos— no recuerdan estos juguetes con los que no jugaron como un trauma. Probablemente peguen la nariz contra el vidrio para ver de cerca los muebles en miniatura de una casa de muñecas o presten demasiada atención al niño de hoy que conduce el autito a batería que ellos no llegaron a tener. No hay secuelas graves, opinan, pero siempre queda latente el deseo. Y eso no tiene por qué ser malo.