“Todo el tema del modelaje solo fue un medio para pagar mis estudios, jamás me gustó demasiado”, admite. “Fue una oportunidad para poder salir del país y viajar. También me dio la oportunidad de pagar mi carrera, un máster y un doctorado. Estoy muy agradecida con eso pero no era a lo que yo aspiraba”. Luego de 10 años entre fotos y pasarelas, puso su consultorio para ejercer profesionalmente. La psicología sí le encanta, apunta, pero lo que hace ahora mucho más: “Ahora me siento mucho más feliz viviendo de lo que considero mi pasión y por primera vez puedo decir que el trabajo no se siente como trabajo, amo lo que hago y amo también poder compartirlo con las demás personas”.
Hoy no ejerce como psicóloga, pero no descarta volver a hacerlo en el futuro. “Estoy poco tiempo en mi casa y dar el seguimiento a los pacientes hoy sería complicado”. En México vive sola, su madre y abuela están en el Estado de Florida, en Estados Unidos; el resto de la familia, como su padre y hermanos, sigue en Uruguay.
Vivir la experiencia. Vanessa tiene su propia agencia de expediciones y organiza para otros aventureros como ella las mismas experiencias que ella adora. “Yo voy a casi todos los viajes y soy la que diseña la experiencia desde cero”. Eso es: contactar hoteles, guías y todo lo referido a la logística. Más allá de contratar especialistas locales, es ella la que planea —o “diseña”— todos los detalles. “A la mayoría de los viajes voy como team leader”. Así fue esta experiencia en el “Kili”, adonde piensa volver en diciembre para pasar el Año Nuevo.
La idea de la agencia nació en 2019 cuando necesitaba juntar dinero para subir por primera vez al Everest. “En ese momento estaba trabajando como psicóloga y me di cuenta de que si no inventaba algo y emprendía en otra cosa jamás iba a poder pagar la expedición. Realmente me la jugué, porque era algo totalmente nuevo para mí y si salía mal perdía los pocos ahorros que tenía”.
Ayudó a que todo llegara a buen puerto el hecho de que ya tenía contactos, fruto de sus dos experiencias anteriores en Nepal. Logró montar un viaje al campamento base del Everest, y el éxito fue tal que pudo diversificar sus destinos montañosos. “Hoy ya tengo viajes a Himalaya, Aconcagua, Kilimanjaro, Ecuador y Bolivia, y próximamente se viene una serie de viajes más turísticos, pero que siempre tienen que ver con el contacto con la naturaleza y la vida activa y saludable. Por lo general, la gente que viene a estos viajes son principiantes o sin experiencia en montañismo, pero que tienen ganas de empezar, conocer lugares hermosos y estar activos físicamente”.
Antes de ser la primera uruguaya en hacer cumbre en el Everest, lo que logró el 14 de mayo de 2022, cuatro años antes había sido la primera compatriota (sin distinción de género) en romper la barrera de los ocho mil metros, al llegar a la cima del Manaslu, de 8.156 metros, también en la cordillera del Himalaya, en Asia, el Techo del Mundo. Entre un hito y otro, Enrique Clausen se había convertido en el primer uruguayo en subir la montaña más alta del mundo, en 2019. Como Vanessa, Clausen se había radicado de muy chico en Argentina. No se puede esperar otra cosa: un país como este, cuyo punto más alto, el cerro Catedral de Maldonado, no llega a los 514 metros, no podría ser nunca una gran cuna de montañistas.



¿Y qué es lo que se puede ver desde esas alturas? “Estás por arriba de la línea de las nubes, así que a veces por debajo tuyo lo que ves es eso: un mar de nubes”, cuenta la aventurera. “También percibís la curvatura de la tierra. El cielo se ve de un color azul oscuro impresionante como no he visto en ningún otro lado. Los amaneceres y atardeceres son algo indescriptible. No hay foto que haga justicia”.
Si bien en su cuenta de Instagram (@vanessaestol) hay fotos de las cumbres, las imágenes de montañas más bellas son las de los paisajes tomados algunos miles de metros abajo.
¿Y qué se siente en el Techo del Mundo? Primero que nada, “dificultad para respirar”. Esa dificultad se siente incluso con equipo suplementario de oxígeno. También hay una sensación de mucho cansancio, debido a que a más de 7.500 metros de altura se está en lo que el médico suizo Edouard Wyss-Dunant definió en 1953 —el mismo año en que se llegó por primera vez a la cumbre del Everest— como la “zona de la muerte”. Hay mucho mayor consumo de energía metabólica, cada paso es un triunfo. “Literal, tu cuerpo se empieza a morir”. Por suerte, no es lo único: “También se siente satisfacción de saber de lo que tu cuerpo es capaz”.
Y, por el contrario, ¿qué siente el cuerpo varias decenas de metros bajo el nivel del mal? “Después de los 30 metros (un edificio de 10 pisos, aproximadamente), empieza algo llamado freefall, que significa que podés dejar de moverte y tu cuerpo cae solo a un metro por segundo. Se siente una sensación de paz impresionante, la frecuencia cardíaca baja muchísimo y entrás como en una especie de meditación”.
En el freedive (en el cual se debe viajar para competir a lugares tan disímiles como Indonesia u Honduras) hay varias modalidades que incluyen cuerdas (o cabos) sujetos con un ancla para que el atleta tenga una referencia. Como en el montañismo, Uruguay carece de cultores de este deporte, por lo que Vanessa ya posee tres récords nacionales, en tres disciplinas distintas (aletas, monoaletas y free immersion) habiéndolo comenzado a practicar en setiembre del año pasado. Ya fue a una competencia en Bahamas, Vertical Blue, donde solo se asiste por invitación; primera uruguaya en ser invitada, faltaba más.
Más distintos sus dos países para el freedive no pueden ser: México es “de lo mejor, porque tiene cenotes muy profundos que no tienen nada de corriente y son de agua dulce, por lo que no flotás y eso lo hace más fácil”; en Uruguay “hay algunos lugares donde se puede aprender aunque el agua es muy fría y la visibilidad no es tan buena”.
Los récords mencionados fueron homologados en 48, 50 y 52 metros. Hace apenas semanas descendió aún más: a 60. “A esa profundidad se siente mucho la presión. Tus pulmones están del tamaño de una mandarina. Y el principal desafío es ecualizar los oídos. Muchas veces no se ve nada porque a esa profundidad ya no hay luz, a veces (en los eventos organizados) se pone una linterna al final del recorrido. Se siente mucha paz y uno aprende a estar en el aquí y el ahora”.
Para el freedive hace falta fuerza mental, entrenamiento y —obviamente— trabajar en la apnea: ella ha sabido estar tres minutos y medio sin respirar. “Básicamente, como en todos los deportes, hace falta dedicarle tiempo y horas de entrenamiento. El deporte nos hace mejores personas y me gusta esta nueva versión de mí que siempre busca superarse y mantener un estilo de vida saludable”.
“Después de los 30 metros empieza algo llamado freefall, que significa que podés dejar de moverte y tu cuerpo cae solo a un metro por segundo. Se siente una sensación de paz impresionante". Sin secretos. Para Vanessa no hay secretos: alcanza el entrenamiento, la disciplina y la motivación. El entrenamiento para dos desafíos tan distintos “son diferentes pero se combinan muy bien”, explica, “porque antes de la temporada de competición de freedive es necesario hacer un par de meses de acondicionamiento físico y entrenar cardio y fuerza”. Esos meses, justamente, son cuando ella está en una expedición: para las profundidades se entrena escalando.
“Cuando solo estoy entrenando para montaña, lo hago seis días a la semana, subo muchas escaleras y camino en la cinta con máxima inclinación por muchas horas”, precisa. Una vez a la semana trata de ir a la montaña, en su mayoría a su viejo amigo el Nevado de Toluca. “Los glóbulos rojos que se generan en altitud me sirven para aguantar más tiempo la respiración así que son deportes que se complementan muy bien”, concluye.
Y también, obviamente, hace falta dinero, tema espinoso si los hay. “Es curioso cuando me hablan de plata porque cuando empecé a hacer todo esto era un recurso con el que no contaba. Era estudiante y a veces no tenía dinero ni para pagar el alquiler o la colegiatura. Cuando uno realmente tiene ganas de cumplir un sueño hace lo que sea por conseguirlo: tocar puertas, ahorrar hasta el último peso, buscar sponsors, buscar ayuda, vender cosas. En mi caso hasta cambié de trabajo arriesgándome a que no me fuera como esperaba. Al principio fue muy difícil, la gente ve la punta del iceberg y no todo lo que hay debajo. Para pagar mis estudios yo trabajaba en bares hasta las tres de la mañana y me iba a clases casi directo después de pasar por casa a bañarme y sin dormir. A veces la gente me dice: ‘Me gustaría pero no tengo el dinero’. ¡Yo tampoco lo tenía y me costó sacrificar muchas cosas! ¡No hay sueños imposibles!”, sentencia.
Foto: Kohei Ueno
En apnea, Vanessa Estol llegó a descender 60 metros desde la superficie y logró tres récords nacionales. Claro que a este tipo de sueños hay que acompañarlos, perdón la insistencia, con plata. “Es difícil hablar de un promedio porque uno puede subir un ochomil de formas muy diferentes, desde lo más austero a algo más caro, con más ayuda y ‘lujos’. Hay 14 ochomiles, el más barato es el Manaslu y con servicios buenos y sherpas (etnia nepalí que proporciona los mejores guías) podés pensar en gastar unos 14.000 dólares más equipo, vuelos y propinas, lo que lo sube a unos 20.000 dólares. Si hablamos de un montañista experimentado que solo requiere servicios de campo base y no necesita sherpa, el promedio es de 10.000 dólares con vuelo. Pero el Everest te cuesta unos 50.000 dólares y hay gente que se llega a gastar hasta 300.000”.
Estas montañas gigantescas están todas en Asia, en las cordilleras del Himalaya y Karakorum. Y no es ir y subir. Hay que permanecer aproximadamente dos meses, incluyendo los campamentos base, para alcanzar la cima. Y, ocioso es decirlo, el éxito no está asegurado. En su primer intento en el Everest, en 2021, se enfrentó al Covid por un lado y a un tremendo ciclón por otro. Demasiado como para seguir tentando al destino.
Sin embargo, la experiencia más complicada que le tocó vivir fue intentando abrir una vía de escalada con sus amigos Ossy, Pablo y Luizao, para el Antisana, un estratovolcán de 5.753 metros de altura en Ecuador. “Estábamos en plena pandemia sin trabajo y entrenando, y se nos ocurrió abrir una ruta nueva ahí. Nos preparamos haciendo muchas rutas técnicas y fuimos sin ningún tipo de ayuda de porteadores, aventurándonos en un glaciar no explorado anteriormente con mochilas de 30 kilos cada uno. Caminamos horas buscando la ruta y navegando en terreno desconocido, muchas veces con nieve hasta la cintura. Estuvimos tres días atrapados en una tormenta en la base de una pared, escuchando las avalanchas caer y con mucho miedo. Y esperando que mejorase el clima, con la incertidumbre de si eso iba a pasar, a cada día se nos iba acabando la comida. Fue agotador, mucho más que subir al Everest”. Por lo menos lo pudieron contar.
Si de riesgos se habla, el riesgo es total. En la cordillera del Karakorum está el K2, la segunda montaña más alta del mundo, con 8.611 metros. Es considerada la más difícil de escalar y, de las cinco más elevadas, la más mortífera: aproximadamente uno de cada cuatro montañistas muere en el intento. Vanessa lo sabe bien. Dos amigos suyos, el español Sergi Mingote y el chileno Juan Pablo Mohr, murieron intentando subirlo. En rigor, ninguna de sus dos pasiones es apta para distraídos. La rusa Natalia Molchanova, una leyenda de la apnea, que llegó a descender a 237 metros, murió haciendo lo que adoraba en España, en 2015. Y estamos hablando de quien quizá sea la mejor de la historia; ni el más experimentado está a salvo.

“Quiero terminar las siete cumbres y me quedan cuatro de ellas”, dice Vanessa. Es la meta que le queda por cumplir: llegar a la cima de la montaña más alta de cada continente. Ya tiene en su mochila al Everest (la joya), el Kilimanjaro y el Aconcagua. Esta última, en los Andes argentinos, tiene 6.962 metros sobre el nivel del mar, el pico más alto de América y del resto del mundo por fuera de las cumbres asiáticas. “La que más me gustaría subir es (el monte) Vinson en Antártida”, dice. Se encuentra en los hielos chilenos, tiene 4.892 metros de altura, y es el último de estos colosos en ser escalado (en 1966). Más que la altura, acá el problema serán los 30 grados bajo cero. Para satisfacción suya el cuerpo le sigue respondiendo, luego de cambiar profesiones, países, alcanzar logros y aceptar escollos.
“Ser la primera uruguaya que subió al Everest fue un logro personal que me cambió la vida, me hizo darme cuenta de lo que soy capaz y me enseñó a no darme por vencida. Ser pionera fue un plus, pero lo que me importó más fue el camino personal recorrido. El fracaso en mi primer intento en 2021 fue lo mejor que me pudo pasar, aunque en el momento me pegó muy duro: me hizo volver más fuerte y resiliente”, dice la que escaló más alto y la que se sumergió más profundo de las nacidas por esta suave y ondulada penillanura.