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    Amniótico

    NOBLEZA OBLIGA

    Mayo de 2003. Universidad de la República. Facultad de Humanidades. Un aula cualquiera. Los latigazos de la crisis todavía duelen. Hay heridas abiertas. Algunos se han volcado al estudio para escapar al desaliento. Han perdido sus ahorros, su trabajo. O ambos. Pero conservan la esperanza. Vuelven a la universidad abandonada hace años, que ahora les ofrece un inusitado espacio de consuelo. Se mezclan con los jóvenes de ilusiones frescas. Con facilidad se distinguen. No solo por la diferencia de edad, sino por la expresión más grave en aquellos, más luminosa en estos.Es un curso de la licenciatura en Letras. El profesor tiene un tono de voz demasiado bajo, algo cansino. Se empeña como puede en transmitir su pasión por Lewis Carroll, pero no alcanza a interesar a todos los alumnos. Algunos hacen como que atienden y dejan que su mente vuele hacia otro país de las maravillas, sin feriados bancarios, sin deudas, sin problemas. En la quinta fila de sillas hay un veinteañero que parece tomar apuntes, pero no. Está lejos de allí. Dibuja. Cada tanto dirige la mirada hacia una compañera sentada dos filas más adelante. Luego vuelve a hundirse en su cuaderno y garabatea.Se llama Pablo Scagliola y, si pudiéramos preguntarle la edad, sabríamos que no llega a los veinte. Luce sereno, a pesar de la sutil tensión que lo mantiene alerta, atento al menor cambio de su circunstancial modelo. Por momentos queda rígido observando y solo sus ojos se mueven. Después inclina la cabeza, como hacen los pájaros cuando están en suspenso. Puede ser halcón o paloma, difícil saberlo. Hay en él una viveza de genio, una rapidez de cazador que se le nota a la distancia, pero también un aura de espíritu frágil. No, no es frágil. Es un espíritu sensible y su fragilidad es solo aparente.El profesor consulta el reloj, da por terminada la clase y sale murmurando: “Oh, dear! Oh, dear! I shall be too late”. Nadie sabe a qué compromiso llegará tarde, pero por un momento, todos piensan en un curioso conejo blanco y, como Alicia, lo siguen a través de la puerta. Solo Pablo se queda en su asiento. Da los últimos retoques a su retrato. La chica ya se ha ido sin saber que durante dos horas alguien ha estado prendido de su cabello.  Pocas veces desde entonces volví a ver a Pablo Scagliola, aunque jamás dejé de estar pendiente de su trabajo e incluso incorporé la imagen de alguna de sus obras en esas clases donde me gusta combinar literatura con pintura. Siempre me pareció un genio.Hace unos días me invitó a la inauguración de su primera muestra individual. Años sin vernos habían cambiado la definición de sus rasgos, pero no la dulzura de su carácter ni la suavidad de sus modos. Tampoco la sencillez con la que me abrazó agradecido, y luego, extendiendo el brazo, me franqueó el camino hacia sus pinturas. Como si nada. Como si los dos no supiéramos que me estaba abriendo la puerta de su vida. Porque eso es la obra de un artista, ni más ni menos que el trayecto de una vida plasmado en la creación, congelado en un momento. Al exhibir su obra, se exhibía a sí mismo diciendo: “Aquí estoy. Esto soy”. La forma más radical de desnudarse ante el mundo, de quedar expuesto. Luego, esperar con el alma en la mano que el mundo merezca la generosidad de ese gesto.Ante mí, una serie de pinturas de formato semicircular o en marcos con claras reminiscencias de ataúdes mostraba figuras humanas más jóvenes o más viejas, músculos tensos, glúteos perfectos, pieles resecas contradiciéndose sobre un fondo brillante de láminas plateadas, mujeres mostrándose de frente o captadas de espaldas, hombres apolíneos curvados como fetos en un útero negro. La belleza, la belleza de lo bello y también la belleza de lo grotesco. Y más, mucho más que un desafío estético. Está claro que el despliegue técnico era la parte visible de un concepto. Eran seres encerrados en su amnios, protegidos y fatalmente solos. Aunque las distintas piezas podrían juntarse en una composición única jamás se lograría la unidad, porque las figuras continuarían separadas por su narcisismo, en palabras de Pablo, “su imposibilidad de conectar con el otro”. Si acaso existe algo llamado posmodernismo, esta es una metáfora de lo posmoderno. Una apelación a la liquidez de los vínculos, que a Bauman encantaría. Y que da sentido a Amniótico, el sugestivo nombre de esta muestra nacida después de tres años de esfuerzo.   El tiempo convirtió a aquel estudiante de Letras que dibujaba a escondidas el perfil de una compañera en un artista maduro, serio, honesto. Leo en su reseña que ejerce la docencia y me pregunto si el arte significará para él un trabajo, es decir, una forma legítima de ganarse la vida. Me dice: “Siempre creí que, por lo menos para mí, era artísticamente saludable mantener alejado mi sustento de mi arte. Cuanto más lejos, mejor. Es mi espacio de libertad, al que no estoy dispuesto a renunciar por los caprichos de nadie. Es el mundo en el que yo tomo todas las decisiones y que está por fuera de las leyes del mercado, del capitalismo y del dinero. Si alguien quiere comprar mi obra, genial. Pero no voy a depender de ella para sobrevivir. Sería prostituir a mi musa, que es un ser muy frágil, al que tengo que cuidar y proteger y que, cada tanto, me regala alguna idea con la que trabajar”.Me digo que en esa respuesta están su amnios, su marco de protección, su ética.

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