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Las feministas queremos cambiar el mundo, queremos transformar las relaciones de opresión, sometimiento y control a las que estamos sujetas las mujeres. Las feministas queremos acabar con la violencia machista, construir una sociedad justa, que establezca relaciones de igualdad entre varones y mujeres, que derribe concepciones patriarcales y heteronormativas que hoy continúan modelando las relaciones sociales.
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La violencia machista no es producto de la locura, la pasión o la enfermedad; la violencia machista es producto de una cultura injusta, opresiva, que explota a las mujeres y pretende ubicarnos en posiciones de inferioridad respecto de los varones. No es un problema de buenos o malos, de víctimas y victimarios, se trata de un problema de justicia social.
La educación machista consolida este modelo de desigualdad, legitimando el lugar de privilegio, asimetría de poder y dominación masculina. La educación machista se basa en un modelo exitista que exacerba la competencia y la rivalidad, asociando el poder económico al poder viril, enseña el desprecio y la discriminación hacia las masculinidades alternativas o subordinadas, enseña la homofobia y la transfobia a niveles letales en algunos casos. La educación machista enseña a los varones que es de poco hombre no responder a una provocación, sea cual sea, en el tránsito, en la casa, en la calle, en el fútbol. La educación machista enseña que es de poco hombre soportar una infidelidad. Enseña a reaccionar con violencia para restaurar la hombría. Enseña que las mujeres somos su propiedad y que no es tolerable que una mujer los abandone. Enseña que es de poco hombre no aprovechar cuando una gurisa “se regala”; no importa si está alcoholizada, si no puede dar su consentimiento, si está en inferioridad numérica, lo que importa es realizar el acto sexual, que reasegura la virilidad. La educación machista enseña a los varones que la sexualidad es un trofeo a alcanzar, las mujeres son presas a cazar y las relaciones sexuales son hazañas y proezas para alardear. Es una educación que promueve un modelo de sexualidad extractivo, deshumanizado, que presiona a los varones a cumplir con lo que la sociedad espera de ellos; demostrar una y otra vez que son viriles, potentes y heterosexuales. La educación machista enseña a las mujeres que su libertad sexual es restringida, y que hay límites que no se deben cruzar. Si una mujer tiene un comportamiento que no se ciñe a los mandatos de la moral machista, es pasible de ser castigada, violentada, abusada sexualmente, sometida al escarnio público y asesinada.
Para cambiar esta cultura, hay que dar vuelta la tortilla, las transformaciones no son graduales, son radicales. No se trata de negociaciones, no se trata de ceder poder, de repartir las tareas domésticas, o cambiar algún pañal. Se trata de una sociedad dispuesta a hacer justicia. Las feministas exigimos paridad, ya es hora.