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    Bon voyage a una pionera

    Ana María Bozzo (1938-2019)

    El viernes 8 murió Ana María Bozzo y con ella se sigue yendo el recuerdo de un Uruguay de otra época. Se destacó en la cocina y la hotelería. En 1974 abrió Doña Flor en la casa de su tía en San Rafael, en Punta del Este, y desde entonces elevó el estándar de la gastronomía nacional, con una mesa francesa de gran refinamiento. Tiempo después, mudó el restaurante a su casa en Bulevar Artigas y Bulevar España, en Montevideo, y en 1980 se instaló en el hotel La Posta del Cangrejo en La Barra (hoy desaparecido). 

    Formada en gastronomía en Francia, Bozzo fue discípula de Paul Bocuse —fundador de la nouvelle cuisine—, ganó el Tenedor de Oro de París, y recibió la Orden del Mérito del Gobierno Francés. Según varias fuentes, fue la primera mujer al frente de un restaurante de alta gastronomía en Uruguay. A su mesa se sentaron presidentes, los reyes de España —Juan Carlos y Sofía—, Omar Sharif, Armando Manzanero, Vinicius de Moraes, Gérard PhilipeJulio Iglesias. De aquellas experiencias, su amigo, el comunicador Sergio Puglia recordó a galería: “En una comida oficial la esposa de François Mitterrand (Danielle) la felicitó por el marrón glacé (castaña confitada) que había servido. Ella, en un fluido francés, con mucha elegancia, le respondió orgullosa que en realidad eran boniatos uruguayos. Así era Ana María”. De su cocina, Puglia recuerda especialmente los brioches y croissants que preparaba para el desayuno en La Posta del Cangrejo, y su mano para el hojaldre.

    “Se fue una referente de la gastronomía nacional. Hoy nadie llega al nivel de refinamiento, criterio de calidad y diseño que tenía Ana María. Era capaz de transformar cualquier plato en una obra de arte”, comentó a galería su amigo el escritor Hugo Burel, quien durante años la acompañó desde la comunicación de sus restaurantes.

    La recuerdan encantadora y con mucho coraje, pues no la amedrentaron los obstáculos que la vida le impuso —y no fueron pocos—, ni quitaron de su rostro la sonrisa cálida con la que siempre recibió a sus clientes. Ese gesto amable y atento a los detalles, generoso, le dio muchos afectos y algunos importantes. Como Vinicius de Moraes, vecino en el primer Doña Flor, ubicado en San Rafael. Admiradora de su música, ella contó a galería en ocasión de una nota por los 100 años del nacimiento de Vinicius, que un día le dejó una carta debajo de la puerta de su casa invitándolo a cenar una noche. Él fue, y desde entonces se hicieron muy cercanos. 

    En continua evolución, Bozzo estaba por delante de las situaciones. Por eso Puglia dice: “Nunca dejó de estudiar, de sorprender a sus comensales. Norma Leandro me dijo un día: ‘Esta mujer tiene ese porte de aristocracia que da el trabajo’”.