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    Borges infinito

    Nobleza obliga

    Es difícil encontrarlo. No porque sea invisible. No porque se esconda. De hecho, la dificultad se apoya en una paradoja: su presencia es tan grande, tan abarcadora, tan majestuosa, que está en todas partes y en ninguna. Al menos no en el lado vulgar y llano de las cosas. Para encontrarlo habrá —supongo— que esforzarse al extremo, tensar al máximo la cuerda del intelecto. Y aun así, pocos mortales serán dignos de su obra o podrán reclamar que están a la altura de ella. 

    Uno puede atravesar los versos de Fervor de Buenos Aires o de Luna de enfrente, perderse en El jardín de senderos que se bifurcan, reproducir junto con Pierre Menard el Quijote, conjeturar si Emma Zunz actuó por venganza o por justicia, descubrir que en El Aleph están “todos los lugares del orbe”. Uno puede creer que lo ha leído todo, constatar que sus prólogos son muchas veces superiores al texto que acompañan, preguntarse si acaso la ceguera —“esa magnífica ironía” de Dios— fue un castigo o una bendición, una forma de obligarlo a ir hacia adentro y luego, privado de las distracciones mundanas que ofrece el sentido de la vista, transformar ese viaje interior en un laberinto de palabras. 

    Uno puede creer que sabe algo, que lo conoce, incluso intentar el atrevimiento de una columna como esta. Uno puede, pero no llega. Jamás llega. Porque allí donde uno supone haberlo encontrado —en una referencia erudita que, por pura coincidencia, reconocemos; o en sus alusiones a un libro que hemos apreciado o quizá en alguna frase o verso dejado como al descuido y que, por eso mismo, entendemos—, allí donde uno cree haber hecho contacto, allí se desvanece tras algún giro filosófico a cuya complejidad no accedemos. 

    Para leerlo hace falta haberlos leído antes a todos. Igual que él lo hizo. Pero ¿cómo? Nosotros vivimos, reímos, amamos. Nosotros no somos ciegos. Estamos encandilados por un mundo sencillo que nos distrae con su belleza. Él, en cambio, no se distraía con casi nada. La vida pasaba a su lado rozándolo apenas. Un amigo era alguien con quien se podía hablar de poesía. Una mujer era para él poco más que una lectora; un hijo era un cuento. Un padre, el hombre que lo había introducido a las bellas letras y a la humillación del sexo. Una madre —¡Doña Leonor! ¡Madre!— tal vez, lo más parecido a la literatura, su gran compañera. 

    Nació en Buenos Aires, es cierto, y es justo que se le diga argentino. Pero, ¿puede algún país reclamar la nacionalidad del hombre más universal de nuestra época? No a la manera renacentista de Leonardo —él jamás hubiera podido diseñar la máquina voladora, por ejemplo— pero sí en su amplitud de conocimiento, en esa capacidad para imaginar mundos posibles donde se violentan sin pudor las coordenadas de espacio y tiempo. Borges no hubiera podido construir la máquina voladora, pero dio alas al universo fascinante de los sueños. 

    Él, que no acumuló títulos ni pretendió hacer otra carrera que la de las bellas letras, más como lector que como escriba. Él que tantos veneran incluso sin haberlo leído. Él que tantos desprecian porque han tratado —sin éxito— de leerlo. Él que parece despreciar a todos y a nadie desprecia. Él que tiene miedo de vivir y construye con los libros una fortaleza. Él que supo tanto de sajones y nórdicos, de guapos y compadritos, pero que nada supo de remontar cometas. Él que jugaba con los dobles y acaso hubiera querido tener a mano otro Borges, más descarado, con menos pánico escénico. 

    No es Jorge Luis Borges mi autor preferido. Otros me han dado horas más felices de lectura. Y, sin embargo, lo reconozco como el más grande entre los grandes. El más universal, el más completo, la fuente inagotable cuya obra es infinita. Uno vuelve una y otra vez a ella y siempre encuentra algún punto de luz nuevo. 

    En una entrevista concedida a Jorge Calistro en 1983 declaraba: “Yo creo que la inmortalidad personal no es menos creíble que la muerte. Las dos cosas son increíbles. El hecho de que alguien perdure más allá de la terminación de su cuerpo parece rara, pero también lo es el hecho de que alguien desaparezca finalmente”. 

    El pasado 14 de junio se cumplieron treinta años de su muerte. Treinta años sin Borges es demasiado tiempo. Pero el olvido no ha hecho su obra. Al contrario, su memoria perdura, crece, arrebujada en la calidad imperecedera de sus textos. Su obra se ha vuelto él o, mejor, él es su obra. Al ser tan esplendorosa, se resignifica con cada lectura, se despliega en connotaciones que jamás se disuelven. Y lo transforman en un clásico con vocación de infinito.