N° 1961 - 15 al 21 de Marzo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSiempre hubo gente de cabeza abierta. Mucho antes de que se hablara de lo políticamente correcto y de la cuota, en 1950, Carlos Páez Vilaró se instaló en el Barrio Sur, en el conventillo Mediomundo, que pasó a ser su mundo. “Me enloquecí. Empecé a pintar en el patio todas las mañanas y monté el atelier en una de las piezas”, contó Páez, que se había criado en Pocitos, Malvín y además venía de vivir en Buenos Aires.
Se hizo amigo de Juan Ángel Silva y como Silva tenía varias piezas allí le guardaba el material: “Ahí mismo yo guardaba los cuadros. Pintaba sobre cartón. Quería ser Figari, era un fanfarrón”. La amistad siguió toda la vida y Páez Vilaró salió en las Llamadas con su tambor hasta el final. Desfiló el 14 de febrero de 2014, con 90 años, y a los 10 días murió. “Hubo quienes me criticaron por tocar el tambor. No me lo decían abiertamente, pero era un poco resistido eso de tener una vida entre dos aguas. Porque yo tenía una vida paralela, bajar al conventillo, para mí, era vivir en los dos platos de la balanza”.
En este número publicamos una entrevista a Giannina Silva, nieta de Juan Ángel. “Mi abuelo dejaba las pinturas en un espacio entre los colchones porque Carlos no tenía dónde colocarlas”, cuenta la conductora televisiva y figura de Carnaval. También recuerda que fueron Páez y su abuelo quienes inventaron el nombre Morenada, que es el origen de lo que hoy es Cuareim 1080.
Páez Vilaró siguió pintando y cercano al candombe y a varias familias del Barrio Sur. Hubo otros que investigaron esa línea, como Ruben Galloza, y más recientemente Rodolfo Arotxarena. Son bellísimos los dibujos de Arotxa de las Llamadas, sus candombes. Un mar de sombreros y tambores. Hizo exposiciones importantes de esa obra en la década de los 90.
Tuve la suerte de conocer a Juan Ángel Silva, porque cuando tenía 22 años escribí una biografía de Rosa Luna. Pasé meses conversando con gente del Barrio Sur, con Marta Gularte, Lágrima Ríos y Zulú. Silva me citó en un bar. Estaba de traje, con sombrero y lentes negros. Guardo el recuerdo de un hombre que inspiraba respeto. Los Silva me parecieron en su momento algo así como la aristocracia del candombe.
Claro que hubo gente que estudió y dictó conferencias aquí y en el exterior sobre el tambor y todo lo que lo rodea, entre ellos el musicólogo Lauro Ayestarán. Pero el establishment, en términos generales, le ha dado la espalda a la cultura afro.Las cosas empezaron a cambiar. La Unesco subrayó la importancia del asunto. Y hay hitos, como cuando Mick Jagger estuvo en Montevideo y la noche antes de su show fue a la casa del percusionista Fernando Lobo Núñez, que estaba festejando su cumpleaños.
Todavía la tienen difícil. La propia Giannina en la entrevista admite que hay gente “en ciertos entornos” que tiene un prejuicio con el Carnaval. Hace unos años un artículo periodístico del suplemento Qué pasa tituló de una forma que considero muy acertada: “Ser negro en el país del racismo invisible”. El 39,6% de los afrodescendientes viven en hogares pobres. Para los niños/as afro la tasa se eleva por encima del 55%. Las mujeres afrodescendientes presentan los valores más altos en la tasa de desempleo (14,3%), y bastante por encima de los varones no afro. Entre las jóvenes es aún peor: 1 de cada 3 mujeres activas no logra acceder a un empleo. Una de cada cuatro mujeres afrouruguayas ocupadas trabajó en el servicio doméstico en los últimos años.Resta mucho por hacer. Hay muchas discriminaciones, de las sutiles y también de las crueles. Se escucha el tambor cada vez más y en más barrios, pero necesitamos escuchar más voces.