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    El Montevideo de Onetti

    A 25 años de la muerte del creador de El pozo, un recorrido fotográfico por los lugares donde vivió, trabajó y se inspiró

    Onetti vivió en varias ciudades. Montevideo, claro, pero también Buenos Aires y Madrid. Aunque tal vez la ciudad en la que haya pasado más tiempo, al menos en su mente, es su ficticia Santa María. No puede saberse cuántos años vivió en ese puerto imaginario en el que ambientó sus cuentos y novelas principales, y al que finalmente redujo a cenizas.

    Pero, aunque fallecido y enterrado en Madrid hace hoy 25 años, Onetti es principal, inconfundiblemente, montevideano. Es la ciudad donde nació, donde escribió la mayoría de sus obras, a la que siempre regresó luego de varias aventuras en Buenos Aires, y de la que partió en 1975, ahuyentado y maltratado por la dictadura, para nunca más volver. Y en 65 años de idas y venidas desde y hacia Montevideo, entre otras casas donde vivió (en Pocitos, en Colón, en Goes…), estas son sus principales referencias.

         Infancia · Eduardo Víctor Haedo 2168

    En aquella época la calle se llamaba Dante, y si bien no fue el primer hogar de la infancia del escritor (el primero fue en el barrio Sur, donde nació el 1º de julio de 1909) ni el último (luego la familia vivió en al menos tres casas del barrio Colón), fue el de sus primeros años escolares, y de los primeros recuerdos. Como recoge Carlos María Domínguez en su biografía Construcción de la noche, fue donde, jugando con muy poco éxito a la payana a los nueve años, le dijo a su hermana Raquel, reflexivo. “Tengo la piel corta. No sirvo para ganar”.

     Onetti consideraba haber tenido una infancia feliz. Sin embargo, agregaba: “Pero tal vez no exista ningún período de la vida tan profundamente personal, tan íntimo, tan mentiroso en el recuerdo como este… Decir la infancia implica sin remedio un  fracaso equivalente a contar sueños”.

     

    Redacción de Marcha · Rincón 593 

    De todas sus labores periodísticas, la más recordada es la de secretario de Redacción de la primera época de Marcha. También es una de las más breves, porque ocupó el cargo desde la fundación de la revista en 1939 (también el año de edición de su primera obra, El Pozo) hasta que se peleó con el director Carlos Quijano en 1941.

    La relación de Onetti con Marcha fue larga y compleja, y recién terminó en 1974, cuando la publicación fue clausurada por la dictadura, y Onetti detenido por haber formado parte del jurado de un premio literario de la revista. Esta detención, demoledora física y anímicamente para el autor, y que incluyó tres meses de encierro en un sanatorio psiquiátrico, lo reunió de nuevo con Quijano, con quien compartieron detención.

    Donde estuviera la primera Redacción de Marcha, un primer piso de un edificio hace mucho demolido, hoy se encuentra la sede del Ministerio de Transporte y Obras Públicas. 

     

         Los años con Dolly  · Gonzalo Ramírez 1497

    En 1955, Onetti vuelve a Montevideo luego de uno de sus períodos en Buenos Aires, y se casa (por cuarta vez en su vida) con Dorotea Dolly Muhr, quien será su compañera y soporte por el resto de sus días.  

    Onetti y Dolly se mudaron a un sexto piso de la calle Gonzalo Ramírez y Martínez Trueba (única de sus residencias que actualmente tiene una placa recordatoria). El apartamento era gélido en invierno, caluroso en verano, destemplado todo el año y sede de incontables encuentros, anécdotas y recuerdos.

    Uno de estos encuentros se produjo en junio de 1965, cuando un algo vacilante Alfredo Zitarrosa llegó una noche a entrevistar al escritor sobre el tango y Gardel, entrevista encargada, obvio, por Marcha. Durante toda la velada, Onetti maltrató y confundió a su entrevistador, hasta que lo despidió con un seco “¡Y chau!”. Al salir, Zitarrosa encontró en su cuaderno de notas un mensaje de Onetti, que no supo cómo ni en qué momento había escrito: “Oh, tú, joven tarado, ¿qué piensas de Gardel?”.

     

          El romance con Idea  · Durazno 2258

    A caballo entre los 50 y los 60, One-tti sostuvo el romance más mentado de la literatura uruguaya, con Idea Vilariño. Tormentoso, esporádico, increíblemente aceptado por la comprensiva Dolly, el escritor y la poeta se veían cada tanto en la casa de Vilariño, en la entonces calle Durazno (hoy Edil Hugo Prato), donde pasaban días encerrados, “iluminados solo con luz artificial”. De esta relación surgiría gran parte de la mejor obra de Idea, dedicada a su intenso y destructivo romance. O no tan destructivo: ambos mantuvieron una sólida relación de amistad mucho después de terminada la parte pasional del asunto. Idea incluso lo visitó en su casa madrileña antes de su muerte.

    En agosto de 1961, el Che Guevara visitó Uruguay, y en las movilizaciones posteriores fue asesinado un profesor liceal. Vilariño, también docente, fue convocada a una asamblea. Onetti estaba en una de sus estadías en su casa, y le hizo una escena de celos. “Yo no sé si vas a la asamblea o a encontrarte con alguien”, recordaría Idea que le dijo. Finalmente, Idea fue a cumplir con su obligación gremial. Al volver, Onetti no estaba, había una notita breve de despedida en la mesa de luz, y los originales de unos poemas de amor que le había dado estaban arrugados y tirados en el suelo. Fue el fin oficial de la relación amorosa, aunque un poco como sainete la cosa continuó con Idea yendo a su casa de Gonzalo Ramírez a llevarle unos medicamentos que había olvidado, Dolly abriendo la puerta, las dos entrando a ver al escritor, que estaba muy mal…

     

         Antes de irse · Bonpland 600

    Luego de ser liberado por la dictadura, Onetti, más dependiente de Dolly que nunca, vivió con ella en una casa de la calle Bonpland, comprada en 1973, totalmente desolada, vacía, sin muebles. Salvo la habitación donde el autor pasaba casi todo el día, el resto de la casa estaba prácticamente en ruinas. Ahí comenzó la leyenda del Onetti sedante, que pasaba casi todo el tiempo leyendo en su cama. Dolly a medias reniega, a medias confirma esta leyenda, salvo para los últimos años de su vida, aquejado por problemas en una pierna. Pero, dice, “Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie”.

    Muy inmovilizado que se diga no estaba, porque en el siguiente año viaja a Buenos Aires, a Roma y París, y finalmente a Madrid, de donde no volvería nunca.

     

    Fragmento de El Pozo (1939)

    “Pero aquella noche no vino ninguna aventura para recompensarme el día. Debajo de mis párpados se repetía, tercamente, una imagen ya lejana. Era precisamente, la rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Yo la estaba esperando apoyado en la baranda metido en la sombra que olía intensamente a mar. Y ella bajaba la calle en pendiente, con los pasos largos y ligeros que tenía entonces, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. El viento la golpeaba en la pollera, trabándole los pasos, haciéndola inclinarse apenas, como un barco de vela que viniera hacia mí desde la noche. Trataba de pensar en otra cosa; pero, apenas me abandonaba, veía la calle desde la sombra de la muralla y la muchacha, Ceci, bajando con un vestido blanco.

    Entonces tuve aquella idea idiota como una obsesión. La desperté, le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos”.