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    El derecho a la belleza

    Nobleza obliga

    La unión de la sensibilidad con la disciplina y el talento suele dar por fruto una obra maestra. Si a eso se agrega el impulso del mecenazgo que allana el camino de obstáculos materiales, no hay límite para la creación y la humanidad toda se ennoblece. Cuando en 1896 se dio lectura al testamento de Pau Gil i Serra ?un acaudalado banquero catalán afincado en París? algunos se sorprendieron al constatar que destinaba parte de su fortuna a la construcción de un hospital en la ciudad de Barcelona.

    El arquitecto elegido para llevar adelante el proyecto fue Lluis Domènech i Montaner y el tiempo probaría que la elección fue acertada. Domènech i Montaner no era un arquitecto cualquiera. Contaba con experiencia en otros hospitales y tenía sus ideas acerca del efecto que el entorno podía causar en los pacientes. Creía en el poder terapéutico de la belleza. El Modernismo con su estética brillante y colorida le proporcionaba el marco perfecto para llevar adelante su tarea.

    También artífice del Palau de la Música Catalana —uno de los auditorios más bellos de Europa— Domènech i Montaner fue un regio representante de los cambios que el Modernismo imponía. Acompasaba sus obras con los vaivenes de una corriente que, además de movimiento artístico, vibraba con los cambios sociales y políticos de la época. Adherir al Modernismo ?como también lo hicieron otros insignes arquitectos de la talla de Antoni Gaudí y Josep Puig i Cadafalch? implicaba no solo deslumbrar con el despliegue ornamental, el desborde de la policromía y la audacia de las formas eclécticas que combinaban referencias a la naturaleza con reminiscencias del Medioevo. Implicaba, ante todo, mirar hacia el futuro, comprometerse con una sociedad pujante y acompañar el proyecto colectivo de una comunidad que se organizaba no para sustituir al Estado, sino para llegar con mayor eficacia a aquellos lugares a los que aquel no lo hacía bien o a tiempo.

    En 1902 se iniciaron las obras del Hospital de la Santa Creu y Sant Pau, cimentadas sobre el espíritu del antiguo Hospital de la Santa Creu construido a principios del siglo XV y estimuladas por la voluntad de su benefactor, que deseaba para su ciudad natal un centro de salud pública con el mismo nivel de avances científicos de las más importantes capitales europeas. “Se procederá, ante todo”, decía el testamento, “a que las grandes escaleras, patios, galenas para los convalecientes, laboratorios y capilla, sea todo conforme con las mejoras que tengan hechas los hospitales de París”. En 1930 se dio el toque final a los pabellones, calles interiores, túneles y jardines que ocupan nueve manzanas y que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad siete décadas más tarde.

    El paso de los años y los avances médicos fueron dejando obsoletas algunas estructuras y los elementos ornamentales sufrieron un deterioro tal que exigió tomar medidas. En 2001 se inició la construcción de un nuevo hospital. El original fue restaurado con fines de preservación patrimonial y como un gran campus difusor de actividades culturales. Hoy es, además, un fascinante polo de atracción turística. Así surgió el Recinto Modernista de San Pau o, como se lo llama con familiaridad afectuosa, el Recinto.

     
    Creer que la belleza es un espacio solo reservado para los más poderosos o pudientes es negar a los menos privilegiados la posibilidad de acceder a espacios de elevación espiritual donde ampliarán el panorama de sus sueños

     

    Esta mañana visité el lugar y quedé maravillada por la magnificencia de las construcciones pensadas hasta el detalle para ser funcionales a los fines médicos, pero sin renunciar a la belleza. O, mejor dicho, construidas desde un concepto terapéutico de la belleza. Al igual que Domènech i Montaner creo en sus efectos sanadores. Supongo que los miles de enfermos que pasaron por esas salas o recorrieron los preciosos jardines habrán encontrado alivio a sus pesares distraídos en la contemplación de las gárgolas, los guerreros o los ángeles de piedra, los mosaicos multicolores, los relieves cubiertos de pequeños azulejos. Rodeados por cúpulas, torres, escalinatas, vitrales, muros de ladrillo y tejas coloridas, al transitar los senderos entre lavandas, tilos y castaños, habrán sentido menos abrumador el girar infinito de las agujas de los relojes y el paso del tiempo se les habrá vuelto más llevadero.

    Alguno podrá preguntarse si habrá valido la pena desviar dinero y esfuerzo en hermosear un edificio cuya primera finalidad era velar por la salud de los pacientes. Acaso no le  encuentren sentido a tanta preocupación estética. Confunden la belleza con una frivolidad burguesa, una preocupación innecesaria que distrae de las necesidades impostergables. Hacen de su pragmatismo una moral y rechazan cualquier desvío de los objetivos esenciales propuestos.

    Aunque suene a paradoja, es en esa misma crítica que se encuentran las razones para refutar sus sospechas. Porque, en efecto, hay necesidades básicas sin las que el ser humano, como cualquier animal, no puede prolongar su existencia. La comida, la salud y el abrigo, por ejemplo. La dignidad se construye a partir de ellas. Pero no son suficientes. Una vez satisfechas, hay un horizonte alto y lejano que nos impulsa a trascender nuestra naturaleza primaria y a superarnos a partir del desarrollo de nuestro potencial de inteligencia. Es en ese trayecto donde nos vamos volviendo humanos, afinamos la sensibilidad y surge la valoración de la belleza.

    Hay un derecho a la belleza. Creer que es un espacio solo reservado para los más poderosos o pudientes es negar a los menos privilegiados la posibilidad de acceder a espacios de elevación espiritual donde ampliarán el panorama de sus sueños y sentirán el deseo de autosuperarse. Porque no se desea lo que no se conoce. Y no se lucha por lo que no se desea.