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    El irresistible encanto de meterse en la boca del lobo

    N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018

    Las noticias se suceden, se solapan y anulan unas a otras a tal velocidad que cada vez es más cierta esa frase de que no existe en el mundo nada tan viejo como la sensacional primicia de ayer. Cuando lean estas líneas, el rescate de los niños de la cueva de Tailandia nos parecerá a todos casi tan antiguo como las gestas de Almanzor. Y, sin embargo, una vez pasadas primero la zozobra y luego la euforia del rescate, existe un hecho que me llama la atención. Por supuesto me dio mucha alegría que tuviera final tan feliz. También estoy de acuerdo con los que señalan que la peripecia de los trece Jabalíes ha sido un positivo contrapunto con respecto al resto de las noticias que nos devoran: conflictos étnicos, crisis, guerras, infinitas torpezas políticas o cualquiera que sea la extravagancia semanal de Trump. Tampoco pienso aguar la fiesta señalando que, mientras se rescataba a los chicos, no muy lejos de allí, en Puket, y debido al mismo temporal, treinta y tres turistas perdieron la vida, en tanto que aún más al sur naufragaban otros dos barcos causando otra cincuentena de muertos. De los últimos dos naufragios las agencias de noticias ni siquiera se ponen de acuerdo en el número de víctimas, pero tampoco parece que importe demasiado, siempre ha habido tragedias más mediáticas que otras y desde luego no hay nada tan imbatible, mediáticamente hablando, como un drama que acaba bien. Los bien pensantes han señalado lo inspiradora que ha sido la gesta. Incluso un periódico tan poco dado a la sensiblería como The Guardian señaló en su editorial que “la aventura de la cueva de Tailandia ha sido un poderoso recordatorio de lo que el ser humano es capaz de hacer cuando se sobrepone a sus miedos: salir adelante y anteponer a su prójimo. Doce niños fueron devorados por la oscuridad el mes pasado. Pero cuando lograron retornar a la luz, con ellos nos la han traído también a nosotros”.

     

    Siempre ha habido tragedias más mediáticas que otras y desde luego no hay nada tan imbatible, mediáticamente hablando, como un drama que acaba bien.

     

    No obstante, y ya digo que sin ánimo de aguarle la fiesta a nadie, existe un curioso efecto colateral de la noticia que me gustaría comentar. Antes de que Internet convirtiera al mundo en un colosal escaparate, antes de que, gracias a las redes, cualquiera puede tener su cuarto de hora de gloria universal, un sucedido como este habría servido para advertir de lo que puede pasar si doce niños que no saben nadar se adentran (nada menos que cuatro kilómetros) en una peligrosa cueva. De hecho, he aquí el origen de lo que ahora conocemos como literatura. Contar al resto de la tribu qué pasa si uno se mete en la boca del lobo. Un aviso a incautos, una alerta a cabezas locas. Pero todo eso era antes. En el mundo hiperconectado ocurre todo lo contrario. Durante el rescate y también después, en todas las televisiones entrevistaron a personas que habían vivido situaciones parecidas. Sus respuestas eran siempre las mismas. “Estuve a un tris de perder la vida, pero volvería a hacerlo mil veces”. “Pasé meses en coma después de un accidente de buceo, pero lo primero que hice al sanar fue volver a la misma cueva submarina”. Y a todo el mundo le parece sensacional. Nadie piensa “qué imprudencia, habrá aprendido algo, tendrá más cuidado de ahora en adelante”, sino que admira su arrojo, su desprecio a la muerte. Es, salvando las distancias, el mismo fenómeno que el balconing, o caminar por la cornisa de un rascacielos, o circular a 260 kilómetros por hora en un coche y grabar la hazaña, o cualquiera de las gestas imbéciles que uno ve en Internet. Qué valientes, qué machos, voy a darles un like y a ver qué se me ocurre para convertirme yo también en noticia por un día. Por eso las gestas con final feliz como la de los Jabalíes ya no cumplen su función aleccionadora de antes, sino más bien todo lo contrario. Por eso da exactamente igual que, para rescatar a un incauto que se cree espeleólogo/submarinista/alpinista/funambulista o lo que sea, se gaste una fortuna e, incluso, pierdan la vida uno o varios de los rescatadores; la gente cada vez necesita echarle órdagos más sonados (y mediáticos) a la muerte. Por la magra gloria de ser alguien durante un cuarto de hora, por un puñado de likes o por salir en el telediario de las nueve.