Es la tercera de cuatro hijos de un matrimonio aficionado al deporte. René, su padre, practicaba tenis. Nilda, su madre, es profesora de educación física. Juntos —con sus hermanos Cintia, Fernando y Lucas— miraban rutinariamente básquetbol, voleibol, fútbol, gimnasia y natación. Fue a partir de una pantalla programada para transmitir deporte, que nacieron su ambición de ganar y su voluntad para exigir su cuerpo hasta el límite.
Además del hockey sobre césped, el fútbol era otro de sus vicios. Admiraba a Maradona. Lo seguía. Lo imitaba. Miraba videos de sus goles, de sus mejores gambetas, sacaba apuntes y traducía las jugadas al hockey. Y así, con una técnica pulida y un físico entrenado para destacar, llegó al seleccionado mayor. También jugó en clubes de Alemania, España y Argentina; en todos lados fue campeona. Con Las Leonas ganó dos copas del mundo (2002 y 2010), seis Champions Trophy (2001, 2008, 2009, 2010, 2012 y 2014), tres Panamericanos (1999, 2003 y 2007), y subió al podio en los cuatro Juegos Olímpicos que participó (Las Leonas fueron vicecampeonas en Sydney 2000 y Londres 2012, y terceras en Atenas 2004 y Pekín 2008). Los números de Luciana se completan con las ocho distinciones como mejor jugadora del año entre 2001 y 2013, y la mención como leyenda de la Federación Internacional de Hockey.
“Fui ideal para el deporte del alto rendimiento porque tenía una ambición y una autoexigencia tan grande que quería ser la mejor. Pero fuera del deporte, no es sano”, explica. En medio de tantos galardones abandonó tres carreras: Administración de Empresas, Educación Física y Nutrición. Su vida, dice, “fue 100 por ciento hockey y selección”. Y por eso no solo esquivó universidades, también postergó relaciones sociales y de pareja. Eso, además de su primera gran lesión, hizo que en 2014 decidiera retirarse. El duelo la llevó a empezar terapia, y la terapia a superar una especie de vacío existencial después de casi 20 años de defender la camiseta argentina. En su partido de despedida, entre gritos que pedían su continuación, fue Nilda la que dio el mensaje claro: “¡No puede perderse de vivir la vida de otra forma!”. Y eso significaba fuera de las canchas.
Ahora, a los 39, dos años después de alejarse del hockey, es el deporte mismo que la atrae, esporádicamente, a realizar clínicas y charlas motivacionales. Con ese objetivo visitará Montevideo el viernes 18, sábado 19 y domingo 20, invitada por la agencia Mktg Sports Uruguay, para dar una conferencia en el Sofitel de Carrasco y ocho clases destinadas a niñas, adolescentes, jóvenes y adultas —que participen Mami’s Hockey— en el complejo del Club Náutico ubicado en Camino Pichincha.
Falta una semana para su llegada a Uruguay y Luciana está de vacaciones en Chile. Antes de partir hacia el sur, aún en Santiago, acepta una entrevista telefónica con galería. “Te paso un número para que me llames”, escribe por mail. El celular es chileno. Es ella la primera en hablar y lo hace con la tranquilidad de una vieja heroína que conoce lo que es tener todo y nada al mismo tiempo. Cada tanto su voz larga destellos de acento rosarino. “Talento”, “golpe” y “autoexigencia” son las palabras que más repite.
Suele decir que el hockey es un deporte de riesgo y doloroso. ¿Cuál fue su estrategia para adaptarse?
Es un trabajo mental. Tu cabeza se va preparando de a poco. Porque golpes vas a sufrir siempre. Ahora los jugadores están más protegidos: salen a la cancha de canilleras y protector bucal. Antes los goleros jugaban sin máscara; son incontables las narices y mandíbulas rotas que vi. Yo tengo puntos por todos lados, por suerte nunca me fracturé. En los partidos de hockey te golpeás y no quedás tirada en el piso. Tenés que salir de la cancha arrastrándote como sea porque si no, perdés minutos.
¿Recuerda su primer golpe?
Nunca me voy a olvidar (risas). Tenía 17 años, me llevé el arco por delante y me pegué ahí abajo (en los genitales). Se me acercaron todos para saber qué me había pasado. Y me daba mucha vergüenza contar. Fue tremendo golpe, tuve un corte. A los 15 días estaba jugando de nuevo.
¿Cuándo se dio cuenta de que empezaba a concretar los sueños de su infancia?
Me doy cuenta ahora. Podría mencionarte algunos momentos como cuando llevé la bandera de Argentina en Londres 2012, porque años atrás era impensado para una jugadora de hockey. La pregunta me hace pensar también en muchos momentos de frustración: de adolescente tenía que viajar a Buenos Aires con mi bolso casi todos los días, el esfuerzo no traía sus frutos rápidamente, económicamente no era redituable y el espacio en los medios que tenía el hockey y la selección no era el que merecíamos. Habíamos ganado un montón de cosas y seguíamos en el anonimato. Tuvimos que competir contra deportes muy arraigados en el país para hacer la transición y ser Las Leonas que después fuimos.
El quiebre fue en los Juegos de Sydney 2000, cuando la selección eligió llamarse Las Leonas y ganó la medalla de plata.
Claro. En eso ayudó mucho también que la selección de fútbol no clasificara. Fue un empujón en el sentido de que nosotras formábamos parte del único equipo argentino en deporte colectivo que ese año llegaba a una final olímpica. Todos los ojos estaban puestos en nosotras. Fue una transición personal también: ahí hice un quiebre psicológico y me hice cargo de mi talento.
¿Qué piensa cuando dicen que usted cambió la forma de jugar hockey en el mundo?
Creo que causé una revolución en el hockey porque físicamente sacaba mucha diferencia y técnicamente era distinta. Tenía ritmo y gestos técnicos más parecidos a los de los hombres; de hecho, me entrené mucho tiempo con hombres. Por otra parte, actualmente en todos los deportes se está dando una primacía de lo físico sobre lo técnico, y si bien cuando arranqué no pasaba eso igualmente era muy atlética. Además, el hockey es muy dinámico y hoy exige que todas las jugadoras sepan jugar en todas las posiciones. Siempre me gustó jugar así, rotar.
Se puede decir que tradujo la potencia del regate maradoniano al hockey.
Sí, empecé a hacer jugadas riesgosas a nivel individual que no eran normales. Admiraba a Diego y lo copiaba mucho, porque en esencia el hockey y el fútbol son muy parecidos. Por momentos era capaz de hacer una jugada de área a área y definir. Entonces empezaron a marcarme diferente, de a dos, de a tres, a cortarme a la carrera. Incluso surgieron reglas nuevas, como el autopase (para sacar rápido en los tiros libres). Y tuve que ir modificando mi juego.
¿Qué pasa después de que llegás y te mantenés, por más de una década, en lo alto del deporte?
Fui ideal para el deporte de alto rendimiento porque tenía una ambición y una autoexigencia tan grande que quería ser la mejor y que Argentina siguiera estando en los primeros lugares. Por eso perduró muchos años. Pero para la vida normal, fuera del deporte, no es sano. Y te lo digo ahora porque tengo mucha terapia encima. Porque esa forma de ser me trajo muchas frustraciones y postergaciones. ¿Qué puede venir deportivamente después de llegar arriba? Eso me lo preguntaba siempre.
Quizás el reinventarse.
Sí, tuve varios entrenadores que me ayudaron a formarme y después a reinventarme. “Cacho” (Sergio Vigil), Luis (Barrionuevo) y “Gaby” (Gabriel Minadeo) me decían: “Ahora sos la mejor, pero en el próximo campeonato vas a tener que ser mejor que la mejor”. No me dejaban disfrutar lo que había ganado y ya me estaban poniendo nuevos objetivos. Después “Chapa” (Carlos Retegui, actual entrenador de la selección masculina) empezó a sacar algo distinto de mí: la capacidad de hacer goles.
¿Cómo se preparó para el retiro?
Ya cuatro años antes me venían preguntando cuándo me retiraba. A veces cometía el error, para sacármelo de arriba, de decir una y otra vez: “El año que viene”. Y nunca pasaba, porque cada año me sentía mejor. Creo que los deportistas nos damos cuenta en el momento exacto. En mi caso fue en el Mundial de Holanda 2014, cuando por primera vez tuve una lesión seria, la pasé mal, estaba muy angustiada, y justo también había tenido un inconveniente personal. Obviamente que, como todo el mundo, tenía mis tristezas, que siempre las había podido manejar a la hora de salir a la cancha. Pero a partir de ese momento no pude, me superaron. Mis compañeras me decían que podía seguir jugando un montón. Y yo pensaba: “Quizás sí, pero necesito darme vida”. Me retiré (con Argentina campeón) en la Champions Trophy en Mendoza.
Y decidió mantenerse al margen.
Hay deportistas que no se dedican tanto al seleccionado, y cuando dejan de jugar tienen dónde poner su energía. Quizás una familia, una pareja, un proyecto. Yo fui 100 por ciento selección y hockey, y cuando dejé de jugar sentí un vacío muy grande. En ese momento también me separé. Y empecé, obviamente, terapia. Después tuve un año difícil en lo profesional pero extraordinario en lo personal, de poder conocerme en muchos aspectos que quizás con el deporte había tapado. Decidí mantenerme al margen para soltarme en la medida de lo posible.
En Río 2016, después de cuatro Juegos Olímpicos en el podio, Las Leonas terminaron en séptimo puesto. Usted trabajó como comentarista. ¿Cuál es su lectura?
Fue difícil porque no veía bien al equipo. Anímicamente estaban fuertes pero no se reflejaba en el juego. Creo que a veces estas cosas vienen bien, porque siempre se espera que Las Leonas estén en lo más alto y puede que no. Hubo un cambio muy importante de entrenadores, me fui yo hace un tiempo y en los últimos 20 años la estrategia de juego se centraba en mi personalidad. Aunque cuentan con muchos años de selección, son jugadoras muy nuevas, y ahora este cuerpo técnico tiene el lindo desafío de rearmar un equipo, buscar nuevos líderes, una identidad propia y trabajarla de cero.
A diferencia, la selección de hockey masculino hizo historia con el oro en Río.
Los chicos están en otro momento. Lo laburan hace un montón. Estadísticamente, tanto Argentina como Bélgica son los dos equipos que más vienen evolucionando en los últimos años. Y no por casualidad fueron los finalistas. Ellos tratan de hacer el cambio que hicimos nosotras 15 años atrás. Ahora entrenan todos en Argentina, doble turno, todos los días. Y costó, porque no estaban acostumbrados a eso.
¿Qué pasa con las edades de captación de jugadores en el hockey?
En Argentina bajó un montón. Ahora ya hay escuelitas a partir de 12 años que entrenan en centros de alto rendimiento. En mi época era a partir de los 16 y en excepciones. Son edades muy difíciles. Una jugadora de 12 o 13 puede tener un talento increíble, ser físicamente muy apta, pero después viene todo un proceso mental para ser un seleccionado y las presiones son muy grandes.
Sus clínicas se enfocan en el trabajo con niñas. ¿Sigue tomando como máxima la autoexigencia?
Tuve que adaptarme un poco, ceder. En las clínicas no puedo ser de esa manera. Por lo general la doy con alguna compañera más flexible. Yo trabajo la parte más detallada de la técnica y ella en lo más general en cuanto a los ejercicios. Lo que importa, más allá del aprendizaje deportivo, es la convivencia. Es escucharlas, contarles, intercambiar, y responder sus preguntas.
En Uruguay el hockey es un deporte amateur. ¿Eso repercute en su propuesta?
No, estoy acostumbrada a visitar países donde el hockey no es un deporte popular, se juega solo en algunos colegios y es más elitista. Así era Argentina hace 20 años. En Uruguay creció un montón, pero para que se vuelva un deporte popular lamentablemente tiene que haber resultados. Uruguay tiene muy buenas jugadoras. Hay que dar oportunidades, y eso supone tener canchas de césped sintético, ayudar a los seleccionados para que las chicas puedan entrenar más, aumentar las becas. Es un poco la idea de la clínica, que incentiva un montón.
Vamos a hacer varias charlas para ver cómo se desarrolla el hockey en todos los niveles: clubes, colegios, selección. Queremos mostrarles nuestra idea para que puedan evolucionar más y que el hockey gane espacio.
Parece que pretende distanciarse del hockey pero su historia la obliga a volver.
Es una realidad. Todo el tiempo tenemos demanda de clínicas. Como estoy en otra etapa de mi vida, elijo cosas muy puntuales y esporádicas. Ahora vengo de un campus en Miami, después Uruguay y finalmente Argentina. Hago estas clínicas y charlas porque sé que estoy ayudando, y también en parte me ayudan a mí. El cariño de la gente me encanta. Y me encanta también, cada tanto, volver a lo mío.