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    El signo de la vida

    Ser optimista o pesimista depende del temperamento pero también inciden el entorno y las relaciones interpersonales; más allá del origen y la predisposición, muchos indican que es una actitud que se puede elegir

    Basta mirar alrededor para identificarlos. Está quien llega feliz a la oficina porque el sol brilla y ya tiene planificadas varias actividades para aprovechar el día al aire libre después de trabajar. Y a pocos metros está quien escucha hablar de las bondades del clima y acota: “Sí, pero mañana ya va a llover”.

    El optimista y el pesimista son quizás dos tipos de personalidad más fáciles de identificar con simples observaciones. De hecho, hace unas semanas, un estudio realizado por investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid publicado en la revista Science Advances sobre el comportamiento humano reveló que el 90% de la población se puede clasificar en cuatro tipos básicos de personalidad: optimista, pesimista, confiado y envidioso.

    Pero este no es ni el primero ni el único trabajo que tomó estos rasgos de la personalidad como objeto de estudio. Otros se han ocupado de su origen, de las características más sobresalientes, de sus improntas  psicológicas, y también varios escritos menos científicos los han abordado desde otras perspectivas.

    “Biológicamente optimista”: así se definía el expresidente de Peñarol, Washington Cataldi. Y algo de razón tenía, porque el origen del optimismo parece estar determinado ya desde el nacimiento, aunque también inciden las relaciones interpersonales y las condiciones de vida. “Alguien nace con un temperamento específico y después las interacciones con el entorno lo condicionan y modulan, pero hay ciertas características básicas con las cuales uno nace. De la adolescencia en adelante, además del temperamento, el optimismo tiene que ver con lo que te brindó el entorno, y luego con las condiciones de vida que te tocaron. A partir de eso se hace la personalidad”, dijo a galería la psicóloga Delfina Miller, directora del Departamento de Psicología Clínica de la Universidad Católica.

    Ese temperamento con el que se nace es el que determina que haya personas que logran salir adelante más allá de las circunstancias. ¿Hasta qué punto se puede decir que la vida le sonríe más al optimista que al pesimista? Para Miller, lo que ocurre es que el optimista ve las cosas de otra manera y eso a la larga incide en el resultado. “Situaciones feas tenemos todos, pero si lográs encararlas con la expectativa de que puede mejorar, eso hace que mires el problema de una manera distinta y la pelees de otra manera. No es que la energía del ambiente se transforme, es que vos mismo cambiás la actitud frente a una situación problemática”, dijo la especialista.

    El entorno familiar también incide en que una persona sea optimista o pesimista. Por eso, quien nace pesimista es difícil que cambie. “Si nace con un temperamento pesimista, el entorno y la familia le van a reforzar las conductas negativistas. Eso va a hacer que cada vez se intensifique más. Si llegaste a la adolescencia con determinado rasgo muy marcado es muy difícil revertirlo. Tal vez lo podés modular, porque te empieza a ir bárbaro en la vida, conociste una pareja que te favorece la actitud contraria”, explicó Miller.

    Como los rasgos del carácter se empiezan a reconocer desde la niñez, es importante observar cómo un niño hace frente a las situaciones que le pueden generar frustración. En la infancia, por ejemplo, se puede analizar qué hace un niño cuando cambia de maestra. “¿Se pone triste pero busca ayuda? ¿Busca otra maestra? ¿Siente que puede tener alguna alternativa? ¿O se encierra y no hay manera de sacarlo de ese lugar porque esta maestra es horrible y es peor que la anterior?”, planteó la especialista.

    COSAS BUENAS. Ser optimista no significa creer que todo va a estar inmejorablemente bien y que nada puede salir mal. No se trata de negar la realidad, sino de saber sacar lo mejor de una situación adversa, ya sea para superarla o para obtener una enseñanza. De esa actitud, el optimista también recoge beneficios, porque suelen tener mejor aceptación social que los pesimistas. “Las relaciones personales para los optimistas son mejores y eso los lleva a reforzar la autoestima. El pesimista termina lesionando su autoestima, porque si siempre terminás pensando que no podés, que todo es horrible, que viene lo peor, y estás siempre con una altísima cuota de ansiedad, eso genera inseguridad y lesiona la autoestima”, dijo la psicóloga.

    Además, esa mente positiva también puede tener una incidencia favorable en la salud, dijo a galería la neuróloga Alicia Silveira. “Estoy convencida de que la 'actitud existencial' influye en el pronóstico de cualquier enfermedad, pero no es fácil demostrarlo rigurosamente”, dijo Silveira.

    La neuróloga, que fue profesora adjunta del Departamento de Neuropsicología del Instituto de Neurología del Hospital de Clínicas, recordó que existe un trabajo del científico David Snowdon, llamado “Nun study”, que estudió los cerebros de monjas de clausura desde el punto de vista médico, cognitivo y anatómico. “El estudio mostró hallazgos muy interesantes, también controvertidos. Uno de ellos planteaba que las monjitas que demostraban en sus diarios de vida (ellas permitieron su lectura) una actitud de vida positiva, estaban mejor desde el punto de vista físico e intelectual que aquellas de igual edad con emociones 'negativas'”, contó Silveira.

    CONSEJO DE BRUCE LEE. Aunque lejos del rigor científico de la psicología o la neurología, el árbitro argentino Horacio Elizondo —destacado en su país, pero quizás recordado por expulsar a Zinedine Zidane en la final del Mundial de Fútbol de 2006— también se refirió a las ventajas del optimismo en su libro “Partido ganado. Tomar las mejores decisiones bajo presión en situaciones adversas”.

    “Hacer lo que sea con optimismo, con ganas, nos predispone mejor. Aun cuando los resultados no sean los esperados, una actitud optimista nos permitirá sobrellevar mejor cualquier situación. También, levantarnos tras una caída”, escribió Elizondo. Y para reforzar esa idea, citó una frase de Bruce Lee que nadie debería dejar de tener en cuenta: “Elija ser positivo. Usted tiene esa opción, es el dueño de su actitud. Elija ser positivo, constructivo. El optimismo es el hilo conductor hacia el éxito”.

    En 2011, el escritor británico Mark Stevenson se convirtió en un abanderado internacional del optimismo cuando publicó “Un viaje optimista hacia el futuro”. En el libro, el autor detalla que durante unos dos años observó el comportamiento y actitudes de personas brillantes, y concluyó que los optimistas compartían ocho principios. El libro fue un éxito en ese continente y eso determinó que la filosofía de Stevenson derivara en la creación de una “Liga de Optimistas Pragmáticos” (LOPO, por su sigla en inglés), una organización internacional en la que se promueve ese estilo de vida, y que tiene representantes en distintos países.

    Puede que muchos consideren que esos ocho principios son excesivamente optimistas y que en la vida cotidiana no siempre se puede pensar de esa manera. Hay ocasiones en que por más actitud positiva que se tenga, las cosas no salen como se esperaba. Pero vale la pena intentarlo, porque aunque no resulte, siempre se podrá intentar de nuevo y tal vez ahí las cosas mejoren.

    · Altibajos en la historia uruguaya

    Si hay que identificar un momento en la historia de Uruguay que se asocia a un optimismo generalizado en la opinión pública, es probable que muchos lo ubiquen en la mitad del siglo XX. “1950 fue el año del centenario de la muerte de Artigas. El pueblo orgulloso de su industria y eufórico por Maracaná sintió el llamado del gobierno para que viviera la mayor conmemoración popular de su historia. Y así fue, inédita entonces e irrepetida hasta hoy. Nunca se conjugaron tantas acciones, oficiales y privadas, y nuestro pueblo entero vibró en aquel momento la emoción histórica de la gesta artiguista. Nunca tampoco se publicó tanto sobre el fundador de la nacionalidad y su significación en nuestra democracia”, escribió el expresidente Julio Sanguinetti en el libro “Luis Batlle Berres. El Uruguay del optimismo”. Sobre esa época, y acerca de cómo cree que son los uruguayos en función del optimismo y el pesimismo, galería consultó al historiador Gerardo Caetano.

    Según su experiencia, ¿el uruguayo es optimista o pesimista?

    No creo en verdad en ese tipo de definiciones, sino en tramos históricos en los que por diversas razones predomina un rasgo u otro. Vayamos a los ejemplos. A comienzos del siglo XX o hacia 1950, la opinión de los viajeros y buena parte de la documentación resaltaba la especial dimensión “optimista” de los uruguayos. Hacia 1930, una entonces muy famosa periodista inglesa, Rosita Forbes, escribió que había encontrado en Uruguay un optimismo increíble, que todo era pensado y construido hacia el futuro. Algo similar ocurría en los tiempos de Luis Batlle y Maracaná, que Sanguinetti calificó con justicia “el Uruguay del optimismo”. Sin embargo, cuando la crisis económica, social y política llegó a mediados de los 50, el propio Luis Batlle debió enfrentar una ola de pesimismo que marcó la idea del “Uruguay de la crisis”, que perduró durante décadas y no solo durante la dictadura. Incluso en los últimos años las mediciones de opinión pública nos hablan de altibajos pese a la bonanza de buena parte de la década pasada.

    Hoy se puede mirar el Latinobarómetro que a través de distintas preguntas permite rastrear la evolución de estas percepciones y compararlas en clave latinoamericana. Y allí hubo altibajos, aunque con un incremento del tono optimista que, sin embargo, comenzó a bajar. En suma, creo que los humores de una sociedad se construyen históricamente y no expresan esencias o características incambiadas. Y que los estereotipos que solemos construir sobre poblaciones tan heterogéneas como las que comportan un país nos pueden llevar a levantar mitos.

    De allí que no crea que los uruguayos sean per se ni optimistas ni pesimistas, sino que el humor predominante de la sociedad nacional cambia históricamente según numerosas variables (no solo económicas, como se suele creer).

    ¿Es correcto pensar que el segundo batllismo fue una época de optimismo?

    Creo que sí. Y se asocian los primeros tiempos de Luis Batlle presidente con Maracaná, en un Uruguay en el que predominaba un “tono de la vida” (como diría Huizinga) optimista. Sin embargo, en 1958, apenas ocho años después de Maracaná, el mismo Luis Batlle y el Partido Colorado vivieron la peor derrota electoral de su historia hasta entonces (solo ganaron en Artigas) y la selección uruguaya quedó eliminada del Mundial de Suecia luego de ser derrotada en Asunción por 5 a 0 con Paraguay. Supongo que los pesimismos y los optimismos se reparten en forma desigual pero su predominio tiende a responder a procesos históricos y también culturales. En este último sentido, la llamada “generación del Centenario” fue mucho más optimista (y menos crítica) que la del 45, que por algo pasó a la historia con la caracterización de la generación crítica. También los movimientos culturales o los liderazgos políticos pueden influir.

    A partir del 2004, y durante varios años, Uruguay vivió un repunte económico sin precedentes, acompañado del retorno de muchos uruguayos al país. Poco después, la selección de fútbol volvió a tener resultados exitosos, y los números de la economía fueron muy alentadores. Eso aceleró el consumo, e incluso se habló mucho de una campaña que aludía al “nuevo uruguayo”. ¿Se puede decir que en ese momento mejoró el optimismo de los uruguayos?

    Nunca me gustó mucho eso del “nuevo uruguayo”. Siempre lo vi unido con un cambio en la actitud hacia el consumo y a una visión economicista. Pero creo que por muchas razones, luego de la debacle del 2002, a partir de 2004 y por lo menos hasta 2014, los uruguayos se volvieron más optimistas, aunque las mediciones indican altibajos también en esos años. Advierto en este último bienio cierto crecimiento del pesimismo, aunque no sé si mantendrá en los años venideros. La historia y sus laberintos lo dirán, así como los vericuetos no siempre lineales con los que una sociedad como la uruguaya viva esos procesos que se vienen.