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    El silencio como homenaje

    Nobleza obliga

    Nací poco antes de que el Fairchild se estrellara en la cordillera. Era muy pequeña entonces para acompañar la angustia de la espera y palpitar, setenta y dos días después, con la noticia de que algunos habían vuelto. No tengo recuerdos firmes de aquellos tiempos. Sin embargo, enredada en la bruma de la memoria temprana hay una lejana sensación de que ?aun desde mi incapacidad para calibrar la magnitud de los hechos? llegaba a percibir que algo trascendente había sucedido. Algo que me afectaba de un modo a la vez íntimo y ajeno. Y que, más tarde, enriquecido por el relato, iba a transformarse en una historia querida e integrada a mi biografía. 

    Crecí, al igual que tantos uruguayos, impactada por las innumerables narraciones que convergían en algunos puntos y se fragmentaban en otros como los cristales de un caleidoscopio. Y fui generando un respeto máximo, una veneración solemne ante tanto sufrimiento. La historia siempre me fascinó en sus facetas terribles y también en sus manifestaciones de grandeza. La sentía mía porque con ella había vivido desde siempre, pero no me engañaba. No era mi historia. Solo pertenecía a quienes la padecieron. Por más corazón e intelecto que pusiera en la empresa, jamás, jamás, jamás podría siquiera imaginar lo que allá arriba, en la montaña, había sucedido. De sobra sé que las palabras reflejan una parte de la realidad o incluso la tergiversan. Ese es el motivo por el cual jamás he escrito acerca de lo que algunos llaman milagro, otros accidente y otros tragedia

    Es curioso, sin embargo, cómo la vida se empecina en buscarnos aunque intentemos jugar a las escondidas con ella. Hace unas semanas estaba en Barcelona y mi editor me sorprendió con un pedido. La editorial iba a lanzar un libro que narraba los acontecimientos de los Andes vistos desde la perspectiva de los familiares de aquellos que no volvieron. Quería saber si estaba dispuesta a acompañar a la autora en la presentación. Dije que sí, por supuesto, honrada por el pedido y contenta porque iba a tener la oportunidad de estar cerca de personas que había admirado durante tanto tiempo. 

    Al rato me asaltó una incomodidad cuyos orígenes conocía. Yo no era digna de dirigirme a quienes habían pasado por circunstancias que superaban la peor de mis pesadillas. ¿Qué banalidad iba a decirles? ¿Qué lugar común iba a esgrimir como ridículo consuelo? ¿Qué podía aportar que ellos no supieran? Me daba vergüenza plantarme con pose de intelectual sabelotodo a decir soberanos disparates que rebotarían ante su dolor genuino, un dolor que les daba una altura humana que yo jamás tendría. Acostumbrados a las irrupciones de los outsiders, ellos sonreirían con educación desde su butaca y disculparían la sarta de pavadas que yo, intentando parecer inteligente, les estaría diciendo. 

    Yo no era digna de dirigirme a quienes habían pasado por circunstancias que superaban la peor de mis pesadillas. ¿Qué banalidad iba a decirles? ¿Qué lugar común iba a esgrimir como ridículo consuelo? ¿Qué podía aportar que ellos no supieran?

    Dos días pasé rumiando el asunto mientras, desde el otro lado del océano, leía el texto que mi editor me había enviado en pdf. En algún momento de la lectura decidí que, a pesar de todas mis prevenciones, iba a hacerlo. No tengo espacio aquí para explayarme en los detalles que me llevaron a decantarme por ese camino, pero baste saber que alguna frase o algún párrafo tocaron mi sensibilidad y tendieron un fino lazo que conectó mi realidad presente con la realidad de aquellas familias. Aun así, había un abismo inconmensurable entre lo que ellos habían padecido y cualquier circunstancia que yo estuviera viviendo. Pero con sobriedad y midiendo las palabras, podía hacerlo.  

    Así que a mi regreso del viaje acompañé a una joven y emocionada autora ?sobrina de uno de los que no volvieron? en la presentación de un libro que era su visión de los acontecimientos. Lo hice sin apearme ni un poquito de mi condición de observadora externa, sin pretender apropiarme de un dolor que no era mío, sin emitir juicios de valor ?¡mi Dios, quién puede atreverse a eso!?, disculpándome a cada paso y apenas atreviéndome a introducir en sociedad un libro, nada más que eso. Fue la presentación más difícil de todas las que he hecho. 

    Hace una semana asistí a una charla académica en el estupendo Museo Andes 1972, un lugar en el que se honra la memoria y cuya visita recomiendo. Entre la concurrencia había tres sobrevivientes. Después de escuchar a la oradora y de escucharlos a ellos ?que hablaron fuera de programa, con intervenciones espontáneas cargadas de sabiduría, piedad y hasta una pizquita de humor negro? reafirmé mi convicción acerca de que la dimensión de la circunstancia es tan arrolladora que solo quienes la vivieron están capacitados para hablar con propiedad de ella.  

    Comenté al director del museo del pudor que aquí cuento y de mi renuencia a escribir sobre lo que considero una gesta cargada de valores, inspiradora en las múltiples lecturas que ofrece, una lección de humanismo, resistencia, amor al prójimo y apego a la vida. Y fue él quien me sugirió que escribiera esta columna, no para violentar ese pudor, sino para ponerlo sobre el tapete, porque, en efecto, cuando uno no puede aportar a la realidad, el mejor homenaje es el silencio.