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    El técnico magno

    Rubén Magnano, el nuevo entrenador de la Selección de Básquetbol de Uruguay, se prepara para dirigir su primer partido y, luego de 32 años, intentar meter a la Celeste en el Mundial de China 2019

    Rubén Magnano siempre será recordado por formar parte de una de las mayores hazañas, si no la más grande, del deporte argentino: ganar una medalla de oro al dirigir la selección conocida como la Generación Dorada, integrada por baluartes como Manu Ginóbili, Luis Scola o Fabricio Oberto, entre tantos. El equipo logró increíbles triunfos en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, al derrotar a Serbia con la emblemática palomita de Manu en la hora, al dream team de Estados Unidos y a Italia en una apretada final. Pero el oro olímpico no es el único palmar que alberga Magnano en los anaqueles de su casa. Entre la selección de Argentina (mayores y Sub-21) y luego la de Brasil, que dirigió por seis años, ostenta más de diez títulos. Y, también, más de una decena de títulos  internacionales y locales con clubes sudamericanos, en especial con el Club Atenas de Córdoba, el equipo de la ciudad donde nació. En total, entre 1990 y 2004, llegó a ganar al menos un título por año.

    Con este abultado currículum, el 7 de octubre el cordobés de 63 años fue designado como el nuevo entrenador de la Selección Mayor Masculina Uruguaya de Básquetbol luego de que fuera cesado sorpresivamente Marcelo Singorelli por falta de “sustentabilidad organizacional” en el proyecto de selecciones, según la Federación Uruguaya de Basketball (FUBB). Magnano llegó a Montevideo el lunes 19 de noviembre. En su estadía se aloja en el Hotel Ibis del barrio Palermo mientras se prepara para dirigir los próximos encuentros de la Celeste con el objetivo de clasificar al Mundial de China 2019. Magnano y los jugadores enfrentarán dos partidos clave: hoy, jueves 29, a las 20:30 contra Puerto Rico y el 2 de diciembre, a las 20 horas, frente a Estados Unidos, ambos en el Antel Arena. En el caso de ganar el primero, el que cuenta con mayores chances, Uruguay podría clasificarse al Mundial luego de 32 años.

    En medio de una práctica, Magnano conversó con galería sobre sus expectativas y desafíos al dirigir a la Celeste, por qué entrena a puertas cerradas, cómo se sintió al no seguir en el seleccionado argentino y las motivaciones que encuentra para seguir dirigiendo tras conseguir una medalla de oro, entre otros temas.

    ¿Qué jugador de la Generación Dorada era el que más lo representaba en la cancha? Era el equipo en su totalidad.

    Es habitual escuchar que Andrés Chapu Nocioni era el que llevaba su fundamento técnico al parqué. Eso no quiere decir que Oberto, Ginóbili, Pepe Sánchez, Montecchia, Sconochini, Palladino o Wolkowyski no hayan tenido esa intensidad. Eran jugadores sumamente intensos. Era un común denominador. Subrayar a uno es difícil. Hay muchos jugadores que se comportaban y eran compatibles con los que trabajaban, que en esencia esos son los que llevan el verdadero estandarte: los jugadores que ponen en práctica lo que uno intenta hacer. Realmente, eran muchos los que intentaban trabajar de la misma manera. Y es curioso que era unísono.

    Cuando comenzó a dirigir en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, ¿pensó o se imaginó ganar el oro? Hice declaraciones muy importantes después del Mundial de Indianápolis 2002. Leí por ahí que los compromisos se declaran, no se descubren. Fue una cosa curiosa cómo se sentía el equipo en diferentes puntos del mundo. Empezamos a declarar sin estar de acuerdo un compromiso con el podio, de que se iba a Grecia por una medalla. Aunque no se sabía el color, eso tiene un valor y un agregado sumamente importante. Leés eso y te insufla. Ahora, por qué uno hace esas declaraciones: ¿quiere vender algo o realmente el equipo le despertaba esa sensación? Es lo segundo, indudablemente. El Mundial que hizo Argentina en Indianápolis le generó a todo el mundo la ilusión de que podía ir a luchar por una medalla. Afortunadamente, fue de oro.

    ¿Mira videos sobre triunfos obtenidos, por ejemplo, en los partidos contra Serbia o Grecia? No soy de repasar los videos. En todo este tiempo he visto esos partidos dos o tres veces. No más.

    A veces se necesita un mimo al ego. No me siento arriba de la historia, eso lo tengo claro, pero cuando me quiero dar una ducha de autoestima veo una final olímpica o algún juego de Indianápolis donde el equipo jugó muy bien, con partidos cerrados sobrellevando adversidades. Lógico que lo hago, pero no me siento arriba de eso.

    ¿Qué sensación le produce haber dirigido de joven a Manu Ginóbili y luego ver lo que alcanzó en su carrera? Era un placer, realmente. Tuve el orgullo de poder dirigirlo y muy pocos entrenadores ostentan esa posibilidad. Aparte, él es un jugador proentrenador. Su carrera prácticamente no tuvo conflictos, más allá de si le gustaba o no determinada cosa. Todo el equipo estaba dotado de una humildad inteligente para situarse y él era el abanderado por todo lo que había conseguido y lo que logró después. Es un fiel reflejo de lo que tendrían que hacer los jóvenes, de estar preparados ante las oportunidades que les brinda la vida para lo que están enfocados o quieren ser. Él aprovechó y estuvo  dispuesto en momentos muy puntuales. Eso lo utilizó para bien. Yo hago una gran distinción entre estar listo y estar preparado.

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    ¿Siguió su carrera en la NBA? Sí, pero no miraba todos sus partidos. Veo básquetbol, aunque no me gusta mucho ver NBA. A San Antonio sí porque tenía 5 o 6 jugadores FIBA (Federación Internacional de Baloncesto).

    ¿Por qué no mira NBA? Por la calidad de la estrategia. Disfruto mucho más la lectura del juego táctico. Me gusta la Euroliga, por ejemplo. Indudablemente, la NBA tiene cada vez más jugadores FIBA. No sé si la política de juego ha variado, pero por algo los incorporaron. Por algo Ginóbili también tuvo tanta preponderancia. Los jugadores FIBA son facilitadores del juego. Para él en su momento y para sus compañeros en otro. Tienen una lectura sumamente importante. Ese es el básquetbol que me gusta.

    ¿Por qué cree que hay tantos técnicos argentinos de básquetbol exitosos? Julio Lamas, el Oveja Sergio Hernández, Néstor Che García, por ejemplo. Es simple. Hay una estructura deportiva muy interesante dentro del básquetbol argentino que alimenta esta disciplina: básquetbol asociativo, básquetbol federativo y básquetbol confederativo; sumado al nivel de competencia y al número de clubes (casi 1.300 que participan desde premini a adulto). Esos sistemas competitivos son asociativos. Un joven tiene como mínimo entre 50 y 60 partidos al año. Algunos superan los 100 juegos, aunque ya es sobremedido y eso tampoco es bueno, pero es un lindo problema, diferente a no tener partidos. Además, existe una escuela de entrenadores sólida desde hace muchísimo tiempo y hay que agregarle que el entrenador argentino tiene una pasión muy grande por querer mejorar. Invierte mucho en su preparación y capacitación, sin dudas, estimulado por esta estructura. Hoy existen muchos entrenadores jóvenes que están haciendo muy bien su trabajo.

    A la hora de dirigir, ¿cuánto les adjudica a la gestión técnica y a la gestión humana? Prefiero al que no sabe y quiere por sobre el que sabe y no quiere.

    ¿Es fácil identificar a esos sujetos? El mejor intérprete de los pensamientos de un atleta son sus actitudes. Y sobre todo cuando está jugando, donde no puede pensar en hacer lo que quiere demostrarte, sino que actúa por la inercia del juego. El entrenador debe desarrollar la percepción, elemento fundamental a la hora de conducir cualquier tipo de grupo humano, pero que en el acto deportivo influye la variable de meter a los jugadores en un trance no estabilizado. Ahí se puede interpretar qué es lo que está pasando. Hay que encontrar a esa persona que, sin dejar de producir lo que tiene que producir, se pone a disposición de un equipo. Es el individuo realmente saludable. Después, siempre le digo vulgarmente a esa persona que si tiene que hacer 40 puntos, los haga, no hay problema. Incluso trabajaremos para ese individuo. Pero es sumamente interesante conocer las herramientas que te pueden dar una mano para llegar a un determinado objetivo. Estos personajes son con los que realmente disfruto estar. A los que tienen ese tipo de cabeza, los pro equipos. Eso da mejora diaria, respeto, disciplina,  trabajo; la sensación de que puedo hacer mejor al de al lado mío.

    ¿El estrellato o la fama perjudica a la hora de entrenar un equipo? Hoy por hoy, el entrenamiento invisible realmente pega muy duro. Es otra gran batalla que tiene quien conduce. Estar recibiendo por fuera una cantidad de información donde muchas veces, está comprobado, el conflicto vende. Creo que quien está al frente de un grupo debe estar diariamente capacitándose para poder sobrellevar esa conducción.

    ¿Cómo se hace para mantener la motivación en un deporte cuando se llega al pico máximo a los 40 años? Es difícil que vuelva a ganar un Juego Olímpico y ahora está dirigiendo para llegar a un Mundial. Como dije, no me gusta sentarme arriba de la historia. Dicen que cuando reemplazás el pasado por el futuro empezás a envejecer. No tengo ganas de envejecer. Sé que lo estoy haciendo en el calendario, pero no en estímulos y ganas. Mi gran pasión ha sido el básquetbol. Intentar meter a Uruguay en un Mundial me resultó extremadamente desafiante. Lógicamente, vino en un momento en que me creo en condiciones de poder capear la situación y darle desde mi punto de vista de entrenador lo máximo. Ojalá esté a la altura y pueda dar el examen sabiendo perfectamente que está mi nombre en juego. Pero no le escapo a eso. Confío mucho en las personas.

    ¿Le queda algo pendiente en su carrera? Sí, clasificar a Uruguay a un Mundial.

    ¿Le hubiese gustado dirigir en la NBA? No, la NBA nunca me sedujo.

    ¿Algún cuadro grande de Europa, tal vez? Sí, me hubiese gustado, tal vez. Es cierto que el año pasado tuve una posibilidad en la Liga ACB (principal liga de España) y me rehusé a ir. Estaba viviendo una situación personal y familiar muy particular que me hizo hacerme a un lado, aunque en ese aspecto estoy muy tranquilo.

    En el técnico de hoy, ¿qué queda del profesor de educación física? Todo.

    ¿Por qué? Porque ha sido el gran sostén, la gran palanca que tuve, donde apoyé mi crecimiento, primero como profesor, con muchísimas horas de cátedra, luego como entrenador de minibásquetbol, como técnico de categorías de bases, primeras divisiones locales, llamados a ser asistente, ligas nacionales, selecciones... Por más nivel que se tenga, uno no puede olvidarse de la docencia.

    ¿Qué diferencias percibe en cómo sentimos el básquetbol los uruguayos, argentinos y brasileños? Hay un rótulo bien instalado conocido como la garra charrúa. No voy a descubrir nada y tampoco hay que detenerse mucho: está clarísimo que los hace distintivos. En ese aspecto, me refiero al básquetbol, se asemeja mucho a lo que somos los argentinos. Hay un grado de identidad que se considera un elemento preponderante. El compromiso del jugador con sus selecciones es muy interesante.

    Es común escuchar que al jugador uruguayo le cuesta más identificarse con su Selección que a otros. Incluso en una entrevista reciente usted recalcó: “Si no te motiva la selección nacional, ¿qué te motiva?”. Yo creo en eso. Me lastima mucho cuando no sucede, pero no se tiene por qué extrapolar. Es lo que sentía como asistente técnico cuando iba a una selección nacional, cuando dirigí categoría de base representando a un país o como entrenador del equipo adulto. Si no lo motiva una selección nacional, no entiendo qué cosa lo puede llegar a motivar. Pero creo que el compromiso también se trabaja desde muy temprano. Por eso asocio, y para bien, lo que pasa en Uruguay y Argentina: que el joven se identifica y genera un compromiso con su club. Esos son valores que se desarrollan en el individuo, se utilizan y aprovechan —en el buen sentido— después cuando les toca actuar para su Selección.

    Para algunos, la selección uruguaya pide a los jugadores un sacrificio mayor que en otros países, respecto a lo monetario o a las lesiones que pueden llegar a sufrir, perjudicándolos en su carrera. Es lógico. Es sumamente evaluable que si un joven apuesta a ser un jugador de básquetbol hay que respetarlo. Pero siempre les digo a los jóvenes que no se olviden de su selección. Hay veces que se puede dar un guiño de ojo y hay veces que no. Los jugadores están coaccionados, presionados, por franquicias o clubes que los sienten patrimonio eterno de ellos. A veces es un límite que tomamos con muchísima liviandad y por eso calificamos mal a la persona. Hay muchas variables.

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    ¿Por qué las prácticas del equipo son a puertas cerradas? Por la salubridad del equipo. Por experiencia, un día tomé esa decisión. Creo que todo el mundo se siente mucho más conforme: así se dicen las cosas, se hablan y se discuten. Al entrenar uno puede enojarse, por ejemplo. Creo que así se crea un ambiente de salubridad y de concentración para que nada en el entrenamiento saque de foco al equipo.

     

    Llegar, hablar, entrenar

    Tras confirmar que iba a ser entrenador, Rubén Magnano entabló entrevistas con cada uno de los jugadores. Con algunos, personalmente y con otros, vía telefónica. Ese es su modus operandi al llegar a un nuevo lugar. Además, los entrenamientos a puertas cerradas tienen una hora de comienzo, todos los jugadores deben estar vestidos y prontos para comenzar en el tiempo acordado.

    Cuando el entrenador ingresa al Centro de Entrenamiento de la Federación Uruguaya de Basketball, el gimnasio de entrenamiento de la Selección, lo primero que hace es saludar a unos niños del Colegio y Liceo Nubarián Alex Manoogiana (Escuela Armenia) que comparten el edificio deportivo. Enseguida se fija dónde está Esteban Batista, la estrella del equipo uruguayo, para resaltar algunos conceptos antes de comenzar con el entrenamiento formal. Le marca movimientos e intercambian ideas. Por último, al final de la práctica, cuando las puertas se abren, Magnano se toma 15 minutos para conversar con la prensa. Allí dijo, entre otras cosas, que estaba muy sorprendido por el nivel de juego de Gustavo Panchi Barrera. Aunque sabe que corre contrarreloj, se siente seguro de haber tomado el desafío de dirigir a Uruguay.

    ¿Cómo se hace para que los jugadores interpreten su idea de juego en tan poco tiempo? Si contara con esa respuesta, tendría contrato por el resto de mi vida. Para mí, esto es todo un desafío. Sobre todo porque soy más un entrenador práctico que un entrenador teórico. He intentado rescatar un poco de lo que estuvo haciendo el equipo, que lo hicieron bien, para tomar eso como economía de esfuerzo y tratar de llegar de la mejor manera. Mi idea es reforzar conceptos sin atosigarlos de información.

    ¿Cómo hace para seducir a los jugadores de que su juego táctico les servirá? En la conducción el elemento que lubrica todo es la confianza. Creo que la seducción pasa por objetivos inmediatos día a día. Y, por supuesto, cargarme las responsabilidades que debo tomar como entrenador. Generalmente, cuando algo ocurre, los técnicos le echamos automáticamente la culpa al árbitro o a los jugadores. Nunca somos responsables. Creo que el tener enfrente a una persona que comparte las responsabilidades, ganando o perdiendo, crea un ambiente interesante de interrelación con los jugadores. No somos amigos, ni mucho menos, pero tenemos una relación.

     

    “Me sentí desconsiderado”

    ¿Le gustaría volver a dirigir a la Selección Argentina? Mirá, hay una ecuación que aprendí hace mucho tiempo y los hechos me la hicieron ver: nunca digas nunca. Hoy por hoy, la Selección está en muy buenas manos con un entrenador que la está llevando muy bien. Esperemos que siga mejorando. Si algún día suena la puerta, la abriremos y veremos quién es. Si es la Selección, se hablará de cuál es la propuesta.

    ¿Por qué nunca volvió a dirigir después de Atenas? Porque no me eligieron. Hay un punto de inflexión muy curioso, indudablemente hay poca gente que lo sabe. Cuando surge el nuevo cargo part time, hasta ese momento el técnico de la Selección era full time, yo me voy a Varese, Italia. Aparece el cargo part time, donde un entrenador que dirige clubes puede dirigir la Selección. Hicieron una nómina de tres posibles candidatos para dirigirla. Yo ni siquiera estaba en esa nómina. Creo que el camino va por ahí. No tengo la respuesta.

    Pero se sintió... Desconsiderado, sí. Totalmente desconsiderado. Ojo, sentirse desconsiderado es una cosa y sentirse imprescindible es otra. No tiene absolutamente nada que ver. Creo que con casi 12 años de Selección, ocho años de primer asistente y cuatro de entrenador, hice y dejé una base como para ser considerado. Luego la decisión se tomará y elijan a quien elijan está bien. Pero tuvieron cero consideración.