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    Elogio de la palabra en tiempos electorales

    N° 2009 - 21 al 27 de Febrero de 2019

    Entre lo poco que heredé de mi padre había una colección de textos de Carlos Vaz Ferreira encuadernados en gris. Era una edición homenaje de la Cámara de Representantes, según recuerdo. Los dejé en una casa a la que pensaba volver, pero no fue así y lo lamento, porque no creo que a quienes la ocuparon les hayan servido para otra cosa que encender el fuego. Hoy los necesité ?en particular, Lógica viva? y extrañé su ausencia. Se me ocurrió que pudieran estar digitalizados y así fue. En estos casos la tecnología es una fiel compañera. No recuperé la insustituible materialidad de mis libros queridos, pero sí su contenido. Baste como consuelo. 

    De allí extraigo esta cita útil para exponer una preocupación que me ronda hace tiempo y que se acentúa en vista del próximo ciclo electoral. Dice: “Una de las mayores adquisiciones del pensamiento se realizaría cuando los hombres comprendieran —no solo comprendieran, sino sintieran— que una gran parte de las teorías, opiniones, observaciones, etc., que se tratan como opuestas, no lo son. Es una de las falacias más comunes, y por la cual se gasta en pura pérdida la mayor parte del trabajo pensante de la humanidad, la que consiste en tomar por contradictorio lo que no es contradictorio; en crear falsos dilemas, falsas oposiciones”.  

    En esto pienso cuando escucho a algunas personas defender su posición ante otras que parecen atacarla. Aunque, en realidad, no existe diálogo entre ellas porque no se escuchan ni intentan comprenderse. Solo se manifiestan y procuran imponerse con argumentos rígidos y preexistentes. 

    No quiero entrar aquí en la consideración de situaciones coyunturales específicas ?aunque está claro que tengo mi opinión acerca de ellas? porque la sola mención levantaría barreras ideológicas que no siempre colaboran con la reflexión serena. No es, además, el perfil de esta columna, así que me abstengo. Pero sí me permito sugerir, en un plano más conceptual, que miremos hacia dentro y evaluemos cuánto de esas barreras se construye desde la emoción y cuánto desde el raciocinio. Porque más de una vez la discusión se diluye en un forcejeo retórico carente de lucidez que, en lugar de iluminar, oscurece. 

    Nótese que mi invitación se extiende solo a los de buena fe, no a los deshonestos. Los dejo por fuera porque no les importa esta prédica. Obran guiados por el interés, incluso a contrapelo de sus convicciones, si es que las tienen. Esos no necesitan introspección; saben que mienten. Son cínicos y no tienen vergüenza de incurrir en el engaño para defender aquello que les conviene. No de otro modo se explica que gente culta e inteligente avale ciertas prácticas o tergiverse con descaro algunos hechos. 

    El problema radica en que algunas de estas personas ocupan una posición social privilegiada y con su discurso construyen opinión pública. Si se topan con receptores informados y atentos, encontrarán resistencia. Pero si del otro lado hay receptores vulnerables ?debilitados por una educación deficiente o por el acceso a una información ya escasa, ya manipulada? encuentran campo fértil para sembrar una semilla cuya cosecha solo favorece sus propios intereses. 

    De ahí que el discurso ?que jamás es inocente? se convierta en una herramienta poderosa y eficaz para persuadir tanto por la información veraz como por el engaño. Las falsas oposiciones a las que se refiere Vaz Ferreira son unas de las triquiñuelas empleadas para construir falacias y derivar el núcleo de la discusión hacia otras áreas en las que se confunde el razonamiento y se inhiben o dilatan las acciones de las que muchas veces depende el bienestar de los más débiles. 

    El verano no suspende la vida; apenas la enlentece. Cuerpo y mente piden tregua y el calorcito ofrece un ambiente propicio para distenderse. Quienes tienen suerte, se toman vacaciones y por unos días se alejan ?o lo intentan? de las noticias del pago y de la gran aldea. Pero el pago y la gran aldea no duermen. Las noticias se cuelan en el descanso, mucho más ahora, con la irrupción de las redes. Uno se entera y acaba por reavivar el interés, se amarga, toma partido, opina, en mayor o menor grado se compromete. Está bien que así sea. 

    Vivimos una época interesante del mundo y, en particular, de trascendentes cambios en América Latina. En este contexto, nuestro país inicia un ciclo electoral en el que todos los ciudadanos debemos involucrarnos porque somos nosotros quienes tenemos la rienda y elegimos a quién cedérsela. Pero primero tienen que convencernos. Nunca más que en este momento se vuelve tan poderoso el discurso. Las agencias de publicidad afinan al máximo su ingenio para que la imagen y la palabra acompañen al candidato en la construcción de su apariencia y en la transmisión persuasiva de su propuesta. 

    Sigo con atención las entrevistas, las declaraciones y el debate político. Me gusta el intercambio retórico y creo cada vez más en la palabra no solo como vehículo de conceptos, sino como articuladora del diálogo, constructora de democracia. Pero a veces uno siente que le toman el pelo y esa sensación da por tierra con cualquier campaña, por rutilante que sea. Cuidemos la palabra; no la banalicemos. Hagamos de ella un instrumento de libertad. Porque, aunque parezca que hablar es gratis, ninguna palabra es gratuita y recién nos damos cuenta de su valor cuando la mordaza aprieta. 

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