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    Entrevista - Rodrigo “Mirlo” Zorrilla

    Nombre: Rodrigo “Mirlo” Zorrilla Edad: 43 Ocupación: artista plástico Señas particulares: colecciona máscaras y guarda todo tipo de porquerías, aún conserva el primer dibujo que hizo en un bastidor a los 15 años, le cuesta quedarse quieto y es poco perezoso

    ¿Quién le puso Mirlo?

    Un amigo, cuando estábamos en cuarto de escuela. Él dibujaba motos en los cuadernos y nos ponía nombres raros. A mí me tocó Mirlo Zorro y fue quedando.

    ¿Hubo algún momento de su vida en el que descubrió un peso particular vinculado a su apellido?

    No, lo que me pasa con los Zorrilla es que los disfruto mucho. Es una familia muy grande en la que hay artistas, músicos, escritores, escenógrafos, actores; hay mucha creatividad. No lo vivo como un peso. Sé que algunas veces me facilita el acceso a determinados lugares y también sé que me cierra algunas puertas.

    ¿Se vibraba el arte en su casa?

    Más que nada en la casa de mi abuela materna. Ella era sobrina de Argul que fue uno de los galeristas más importantes que hubo en Uruguay. Así que en su casa había muy buenas obras. Después mi madre siempre fomentó el arte. No sé si lo pedí o ella fue la que tuvo la decisión, pero desde muy chico iba a talleres de libre expresión.

    ¿Hay algún dibujo que conserva de aquellos años?

    Sí, pero más de los once, doce. Tengo un cuadrito de los 15. Lo que me pasaba era que me moría por pintar en tela, y ya no quería saber nada de pintar en papel. Entonces un día conseguí un bastidorcito como 15x10 y ahí hice el dibujo de un auto.

    ¿Cómo fueron sus años de adolescente en el liceo?

    Tenía algunos temas de conducta. Era muy distraído. Molestaba un poco en la clase.

    ¿Qué decidió hacer cuando terminó?

    Analista en Marketing. Era la carrera de moda en esa época. Sí, además era corta, me la podía sacar de encima rápido. Era una manera de solucionar un tema fácilmente. En esos años si querías una carrera con cierta creatividad era eso o publicidad. No había muchas otras opciones. Hoy hay miles. Podría haber hecho Bellas Artes, pero decidí que no. Otra carrera que siempre me encantó fue Arquitectura, pero era eterna.

    ¿Hubiese cambiado en algo si le hubiera tocado la época del Bachillerato artístico?

    Sin duda.

    ¿Jamás pensó en irse a vivir a otro país?

    Siempre pensé en irme por un tiempo, pero se ve que no quería tanto porque por alguna razón  —familiar, afectiva— me fui quedando.

    ¿Es de las personas que analiza: “¿qué hubiese pasado si...?”

    No, al revés. Soy muy agradecido de los momentos buenos o malos que pasé. Soy lo que soy gracias a eso.

    ¿El hecho de ser artista plástico hace que sea bueno en todas las tareas manuales?

    En mí caso, sí. Tengo las herramientas para todo, arreglo todo lo que esté roto.

    Más allá de lo evidente, ¿qué otras cosas se pueden encontrar en su taller?

    Hay una colección de máscaras, y compro cada vez que viajo. También hay mucha porquería, cosas que voy guardando y no puedo tirar. Desde entradas a conciertos hasta un sun sin estrenar en su bolsita, pasando por juguetes viejos.

    ¿Qué le pasa con las máscaras?

    No le encontré una razón, capaz que hay algo muy de fondo pero no lo sé.

    Tiene un trailer en su camioneta, ¿es de los que prefiere no depender de los demás?

    No tengo problema en delegar si tengo a quién delegarle. Lo que no me gusta es depender de otros; eso de no poder hacer algo porque tengo que esperar a que venga no se quién. Hay veces que no tengo más remedio. Con las manualidades, a veces intento arreglar cosas eléctricas y no me sale bien. Ahí no tengo más remedio que depender de otros.

    ¿Qué tiene colgado en las paredes de su casa?

    Hay obras de Alfredo Zorrilla, Gastón Izaguirre, Martín Pelenur, dibujos de Vicente Martín, algo de Jorge Páez, que me encanta, alguna foto de Nacho Guani.

    Su mujer, Tati Chiarino, viaja bastante por trabajo. ¿Cómo se portan sus hijos cuando no está?

    Ajá (risas). Más o menos. Hay uno que se porta mejor que el otro.

    ¿En qué aspectos son parecidos entre ustedes dos?

    Ninguno de los dos para, agarramos viaje para lo que sea, le metemos mucho para adelante, tenemos facilidad para socializar. Pero en otras cosas, no. Tati es muy ordenada y analítica, características que yo no tengo.

    ¿Qué tiene en su mesa de luz?

    Todas las porquerías que no llevé al taller todavía, libros, y siempre, siempre, siempre una jarra con agua. Tomo muchísima agua. Y, además, una raqueta eléctrica para matar mosquitos. Puedo dormir con los nenes saltando, con música fuerte, con lo que sea; pero si hay un mosquito no duermo en toda la noche.

    Es muy pro-activo. ¿Qué le da pereza?

    Ordenar. Lo hago porque Tati me dice que ordene. Más allá de eso soy bastante poco perezoso.

    Dice que una de las razones que le encuentra a su ser artista es querer trascender. ¿Qué es lo que quiere dejar?

    Mis hijos son una forma de trascender. Pero en mi arte creo que me enfoco mucho en la importancia de lo vivido para lo que soy hoy. Ese es el mensaje que quiero dejar. Y poder dejar una obra que siga hablando por mí es una forma de trascender.

    ¿Cómo lleva el paso del tiempo y el concepto de lo finito?

    Tuve un shock hace unos años cuando fui a renovar la libreta y me di cuenta de que me iba a durar hasta los cincuenta. Pero no lo vivo con angustia. Me imagino que en algún momento veré que me queda poco tiempo y me empezaré a preocupar. Por ahora no me saca el sueño. Aprovecho el tiempo que tengo y lo valoro. Ojalá pudiera vivir sano y autosuficiente unos cuantos años.