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    Entrevista: Carlos Ham

    Edad: 53 • Ocupación: Director de banca minorista y marketing de Itaú • Señas particulares: Hincha fanático de Wanderers, mata por los postres, organizó su propio casamiento

    Su estado en WhatsApp es “bohemio”, por como les llaman a los hinchas de Wanderers. ¿De dónde viene su pasión? Mi familia es toda de Peñarol, pero tenía un tío que era un fenómeno y era hincha de Wanderers. Nos llevaba a Las Piedras a ver jugar al equipo cuando yo tenía cuatro o seis años y me parecía alucinante. En ese momento había un jugador que fue muy disruptivo en su momento, el Loco Ortiz, con pelo largo, vincha y bermudas. Me fui enganchando y me hice fanático. Después hice hincha a mi hermana menor y ahora la que sigue los pasos es mi hija mayor. Estoy casado con una hincha de Nacional a muerte, así que mi hijo menor salió hincha de Nacional. Cuando juega Nacional-Wanderers vamos mi hija mayor y yo a una tribuna, y a la de enfrente van mi señora y mi hijo menor. 

    Tiene cuatro hijos de 15 años para arriba. ¿Hay algo que le critiquen a menudo? Me marcan algunas cosas, como que soy el duro, el que pone orden. Un tema que ya abandoné es el desorden que generan, que es impresionante. Estoy todo el día atrás de ellos, pero ya me entregué. Hay como un pacto, que es: en los cuartos de ustedes no me meto, hagan lo que quieran, pero el resto de la casa que esté ordenada. Los fines de semana, que no están, barro todo el día. 

    ¿En qué es más niño que ellos? A veces me critican, sobre todo mi señora, que me pongo a la par y peleo con ellos como si fuera un niño. Con el que es hincha de Nacional es una pelea de dos niños de 15 años. Él me tira una, y yo lo hago enojar con otra. Me encanta la relación con ellos y ver cómo han crecido y cómo se han desarrollado. Además, los más chicos, que son mellizos, son un milagro, porque nacieron de 29 semanas; estuvieron 45 días en el hospital y 25 en el CTI. Ese año fue terrible, además, porque era el 2002, yo recién entraba en el banco y crisis financiera.

    ¿Es cierto que viaja a Florianópolis todos los años con sus amigos del Seminario? Sí, hace años, más de 20, que vamos todas las familias con nuestros hijos. Últimamente, a veces se complica porque algunos chicos ya tienen trabajo, pero intentamos ir. Nuestros hijos son muy amigos entre sí, nuestras esposas se hicieron amigas. Me hace acordar a mi infancia, que íbamos con todos mis primos Ham a Punta del Este, a la casa de mi abuelo. Era la cosa más divertida. Éramos 15 primos y pasábamos todo el verano ahí. Al día de hoy, pasamos tres años sin vernos y cuando nos encontramos tenemos la misma familiaridad de cuando éramos chicos.

    Cuando sale a cenar, ¿es de los que piden postre o pasa directo al café? Mato por los postres. Mato. Dejé de fumar hace 22 años, cuando nació mi hija mayor. Hasta ese momento no comía nada dulce. De ahí en adelante me vino una voracidad por lo dulce impresionante.

    ¿Cuál es su postre favorito? Me gustan los panqueques de dulce de leche. Los brownies que hace mi hija me parecen alucinantes; los alfajores de nuez que hace mi otra hija también. En mi casa son todos muy golosos. Cuando fuimos a París buscamos el lugar del mejor croissant y fuimos a desayunar ahí, y así en distintos lugares. Cuando estuvimos en Londres fuimos a probar la mejor cookie a un lugar que se llama Ben’s Cookies. 

    ¿Es cierto que organizó su casamiento porque su esposa estaba de viaje y no podía hacerlo? Sí. A ella le habían ofrecido irse a trabajar a Venezuela. En ese momento yo trabajaba en Esso, que no tenía filial allá, así que renuncié para irme con ella. Después me tomó su empresa, y como yo soy ingeniero industrial, me tenían que preparar para desarrollo de sistemas. Entonces me quedé cuatro meses acá y me capacité. La idea era que ella volviera, nos casáramos y nos fuéramos juntos. En ese período tuve que organizar el casamiento y tuve que hacer las cosas más impensadas, como elegir el coro, los manteles, las flores; todo ese tipo de cosas que me importaban tres pepinos. Una amiga de ella me ayudó en el proceso, pero el casamiento lo organicé yo de punta a punta. 

    ¿Cómo salió todo? ¿Hubo algún imprevisto? Salió todo bien. Pero ella, como yo, también es de origen irlandés, y hubo un incidente entre primos de mi familia y primos de la familia de ella. Decíamos: “Bueno, ahora sí es un típico casamiento de irlandeses”.

    O sea que con su actual esposa pasaron de estar a miles de kilómetros de distancia por varios meses, a convivir de un día para el otro. ¿Cómo fue esa transición? Los primeros 15 días casi nos matamos, hasta que hicimos un acuerdo de qué era lo que tenía que hacer cada uno. Somos los dos ingenieros, así que una vez que llegamos al arreglo de cómo se distribuían las tareas, no hubo ningún problema.

    ¿Le quedó algo de la cultura venezolana? Nos fuimos del año 92 al 95. En Uruguay se escuchaba muchísima música inglesa, no existía la música latina que hay hoy. Cuando llegué a Venezuela, que era todo salsa y merengue, se me rompía el oído. A los tres meses me encantaba. Los venezolanos en aquel momento eran superalegres, con una radio y una botella de ron armaban una fiesta. Y supercoloridos para vestirse. Una forma de vivir la vida totalmente diferente. Cuando volvimos a Uruguay me impactaron dos cosas: el invierno, al que me había desacostumbrado, y lo grises que somos en todo, desde cómo nos vestimos hasta la forma de encarar las cosas. 

    ¿Qué tan incorporada tiene la tecnología y los trámites online? Soy un gran defensor del mundo digital. Me encanta ver cosas nuevas. El e-commerce en Uruguay está todavía para desarrollarse y desde mi trabajo estamos muy pendientes de eso.

    ¿Prefiere comprar en persona o en la web? Si es simple, prefiero comprar en la web. Salvo la ropa, que es lo único que me gusta ir y mirar. Compro ropa una vez cada tres años, y cuando voy llevo cinco camisas, seis remeras... Después, todo lo que es tecnología, implementos para Wanderers o para la casa, lo compro online. Me ahorro tiempo. Además, a veces hay cosas específicas que si tengo que salir a comprarlas no sé a dónde ir y en el mundo online siempre encontrás a alguien que lo tiene. 

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