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    Erica Rivas: 'Si uno supiera que con la separación o el divorcio se termina el amor, sería más fácil'

    La actriz argentina Erica Rivas llega a Montevideo para presentar “Escenas de la vida conyugal”, la pieza de Ingmar Bergman que protagoniza junto a Ricardo Darín, donde ambos interpretan a un matrimonio que se hace añicos

    Erica Rivas es esa mujer desquiciada, con el maquillaje corrido, el vestido blanco y pomposo destruido de la historia “Hasta que la muerte nos separe” de “Relatos salvajes”. Es, también, María Elena Fuseneco con su voz aguda, sus ojos igual de agudos y sus comentarios hilarantes en la serie televisiva “Casados con hijos”. Es los premios argentinos y los extranjeros (semanas atrás fue elegida como la mejor actriz en el Festival de Cine de Punta del Este por su papel en la película “La luz indecente), las producciones de fotos en revistas, las entrevistas en canales de televisión, los gritos en la calle. Es la protagonista de varias películas pequeñas, independientes, de bajo presupuesto. Y es, por supuesto, la actriz que se sube al escenario para ponerle el cuerpo a piezas de Tennessee Williams, August Strindberg y ahora Ingmar Bergman.

     Erica Rivas —41 años, argentina, madre de una adolescente, ex pareja del actor Rodrigo de la Serna, ningún aire de celebridad— atiende el teléfono en su casa. Habla de manera risueña, con suavidad. Dice que le cuesta encontrar las palabras indicadas. A lo largo de la charla saluda a su hija que se va con una amiga, les dice “escriban”; cuenta que su perra acaba de dar a luz a 18 cachorros; e intenta recordar en qué año vino a Montevideo para interpretar una serie de textos de Marosa di Giorgio. Siempre con calidez, amabilidad y una cuota de ternura.A pocos días de subirse al escenario del Auditorio Nacional Adela Reta, que la recibirá con localidades agotadas para cinco funciones del miércoles 20 al lunes 24, Rivas dialogó con galería sobre su trabajo en “Escenas de la vida conyugal”, que protagoniza junto a Ricardo Darín bajo la dirección de Norma Aleandro.

    “Escenas de la vida conyugal” fue una creación para televisión, después se hizo en cine y en teatro, y, de tanto en tanto, vuelve a los escenarios del mundo como un clásico. ¿Por qué considera que es una pieza que vale la pena revisitar?

    Eso es algo que sucede más con la obra que con la película. Creo que la película tiene algo que la aleja del gran público. Los clásicos tienen que ver con el alma, con eso que no se puede encasillar dentro de un paradigma político o social. Son textos que van más allá de todo. Claro que “Escenas de la vida conyugal” es una crítica al matrimonio como institución. De hecho, esa es una de las aristas que la hacen muy interesante como obra. Bergman es un autor que bucea el alma humana y la retrata. En este caso, además, armó un formato de la obra que es bien simple. Son dos actores que interpretan a Juan y a Mariana y forman las escenas. Es un juego teatral que guarda algo bien interesante.

    Más allá de eso puedo decir que, para mí, Bergman era muy choto con las mujeres, pero que las amaba, como pudo, con todas sus cosas. Me pasa que con él, al igual que con (August) Strindberg, en la mayoría de los casos detesto lo que están diciendo, me da una bronca el lugar dónde ponen a las mujeres... Como Bergman decía siempre sobre Strindberg: “He tirado sus libros contra la pared”. Me pasa eso. Pero, sin embargo, me persiguen. Los dos. ¿Por qué? Porque en el fondo siempre estoy en ese intríngulis de amarnos, de ver cómo hacemos, de luchar contra la institucionalidad del amor y tratar de que no se estandarice, porque yo siempre quise salir de esos lugares.

    Se supone que el amor rompe todo eso, pero sin embargo estamos metidos en una estructura. Y ahora te encontrás con que existe el matrimonio igualitario cuando son personas que quieren vivir de otra manera, que quieren amar fuera de las estructuras. Ahora ellos también están dentro del sistema. De eso está hablando Bergman. Te tira un palazo en el medio del cuerpo en esos momentos cuando estás más impávido. Lo hace de una manera simple, pero con mucha profundidad.

     

    ¿Esas son algunas de las razones por las que eligió embarcarse en este proyecto?

    Soy una actriz que siempre piensa “¿qué comunico con lo que hago?”. Quise hacerla porque me interesa que llegue al gran público, sé que es un texto que remueve mucho.

    ¿Siempre vivió fuera de las instituciones en lo que al amor respecta?

    Sí. Siempre tuve esa necesidad de no pertenecer. Que es raro porque en la adolescencia lo que más querés es pertenecer. Pero me gustaba sentirme una paria, ver las cosas de lejos, me gustaba tener la libertad de entrar y salir en determinados espacios.

    Sin embargo imagino que su idea del amor fue mutando.

    Totalmente. Creo que el amor va teniendo distintas formas y va haciendo recorridos internos que cambian con las edades, con las elecciones, con los hijos, con los otros amores. Como actriz estoy aprendiendo todo el tiempo sobre ese tema. Si hay algo que me gusta de ser actriz es poder meterme en estos temas y, además, lo observo mucho en mis amigos, mis colegas, mis hermanos.

    Me encanta saber los recorridos emocionales de los otros para poder acompañarlos. Lo que siento, en el caso de las mujeres, es que es un recorrido en espiral hacia una liberación. Es un espiral cada vez más hondo y muy difícil de lograr. Ese recorrido me emociona mucho porque trato de salir de las instituciones. Pero elegí tener una hija y me convertí en madre, ella empezó a crecer y se va y está bien que así sea. Pero no por eso deja de doler. A eso se le suma que su padre ya no está porque estamos separados, pero lo sigo amando igual. Todo esto para mí es muy lindo de recorrer. Porque si uno supiera que con la separación o el divorcio se termina el amor sería todo mucho más fácil. Por suerte la institución ni siquiera pudo con el divorcio. Strindberg dijo: “Esto es la muerte del matrimonio, pero no es la muerte del amor”. Ni siquiera el casamiento es la muerte del amor. Todo esto me conmueve, todo el tiempo.

    A lo largo de su carrera la dirigieron hombres y mujeres; en este caso es Norma Aleandro. ¿El género influye en las líneas de trabajo de una puesta en escena?

    Por supuesto. Primero, que una mujer pueda dirigir cine o teatro es mucho más complicado. Entonces ese recorrido hace que una se pare de otra manera ante la presión de dirigir. Llegar rompiendo todo no es lo mismo que llegar cuando te están aplaudiendo. Y después está la empatía, la hermandad. Las mujeres, que estamos acostumbradas a servir y a contener, acompañamos los procesos actorales de una manera distinta. Un director hombre tiene que hacer un trabajo para lograr eso, una mujer sabe lo que hacer. Hay algo que se acciona de manera natural. No lo digo por ser mística, somos distintos hombres y mujeres.

     

    Los actores hablan de la trascendencia del teatro en su carrera. Usted lo definió como un momento mágico de gran intimidad emocional. ¿Es capaz de describir lo que siente en esa instancia?

    Es un momento en el que te atraviesa una energía que va más allá de vos. Y es una energía que atraviesa a tus compañeros de elenco, a los espectadores y puede llegar a pasarles a los que no están en la sala como el director o el autor. Me emociona muchísimo esa sensación y es la razón por la cual me gusta mucho actuar en teatro. Esa instancia es como una misa, así lo describía Marosa (Di Giorgio). Porque hay algo que baja. Claro que, a veces, no baja nada. Pero cuando eso sucede es mágico y te volvés a enamorar del teatro como la primera vez. Me gusta trabajar con actores que me miran a los ojos y que se arriesguen al igual que yo y que estén dispuestos a jugar. Si veo que eso no está, no funciona. Porque hay actores que trabajan más desde el oficio, ponen primera y ya está, transitan la obra sin que haya pasado nada. Y por ahí son buenísimos actores y que cuando los ves te conmueven hasta las lágrimas, pero después, cuando trabajás con ellos, te das cuenta de que no les pasó nada. Me gustan más los actores que se dejan atravesar, aunque el resultado quizás no sea tan bueno.

    En su faceta de actriz de cine, con “Relatos salvajes” estuvo en el Festival de Cannes en 2014. ¿Hay algo de sueño cumplido en eso?

    Pasa algo fuerte, sí. Tenés que ser muy insensible para que no te pase nada, porque hasta la luz es distinta en esa ciudad. Si a eso le sumás que el público estuvo 15 minutos aplaudiendo la película fue un sueño de verdad; uno de esos que nunca me atreví a soñar. Todo es muy de otro planeta. Porque también es muy frívolo y todo te parece como “wow”. Te pasás preguntando “¿pero este será menganito o es un doble?”. Y te encontrás con que un actor llegó a una entrevista en un yate. Después te aburrís y te acordás de lo que decía Silvina Ocampo: “La absoluta soledad del brillo”.

    Además de trabajar en grandes producciones cinematográficas, siempre participa en películas más pequeñas, independientes. ¿De qué manera considera que el cine argentino es hoy un relato fiel de lo que ustedes son?

    Es un retrato, no sé si bueno o malo. Todo nos expresa, nos muestra, y el cine es una parte de esa expresión. Hay cosas que pasaron dentro del cine argentino que fueron muy buenas, gente que creció mucho. Lo que sucedió con la camada de mi generación que fundó lo que se conoce como nuevo cine argentino es increíble y eso logró que hoy haya gente que tiene ganas, ansiedad de contar de maneras distintas lo que nos pasa.  

    Se preocupa mucho por recordar aquellas veces cuando no le fue del todo bien. ¿Qué valor le da al fracaso en su construcción como actriz?

    Recuerdo mucho los momentos tristes, penosos, complicados. Siento que en la vida aprendemos, también, con dolor. Lo hacemos con felicidad y con amor, pero también nos caemos. Sabés cuando algo te duele cuando sentís ese dolor, aprendés el valor de algo cuando lo perdés. Siempre pienso que los actores a los que les va bien enseguida se pierden saber lo que es estar en el infierno en el que te sentís un pésimo artista, que nadie te quiere ver, que nadie te da trabajo. Como actriz pienso que ese lugar de tránsito es importantísimo; porque no todo es el aplauso después de la función. Además hay que aprender que el dolor también forma parte de nosotros. A mí me gusta cargar con él.