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    Premios Oscar 2026: una batalla entre el espectáculo y lo que queda después

    Paul Thomas Anderson, director de Una batalla tras otra, subió tres veces al escenario; es uno de los autores fundamentales del cine estadounidense contemporáneo

    El actor español Javier Bardem subió el domingo 15 al escenario del Teatro Dolby para presentar el premio a Mejor película internacional y dijo: "No to war and free Palestine". El "No" lo dijo en su acento. En una ceremonia transmitida por ABC, propiedad de Disney, una compañía que ha tomado decisiones orientadas a no incomodar a la administración de Donald Trump, Bardem hizo en cinco segundos lo que el resto de la ceremonia esquivó.

    La 98.ª edición de los Premios Oscar consagró a Una batalla tras otra como la gran ganadora con seis estatuillas: Mejor película, dirección, guion adaptado, actor de reparto para Sean Penn, montaje y el inaugural premio a Mejor casting, la primera categoría nueva en más de dos décadas.

    Paul Thomas Anderson, su director, subió tres veces al escenario. Responsable de Magnolia (1999), Petróleo sangriento (2007) y El hilo fantasma (2017), es uno de los autores fundamentales del cine estadounidense contemporáneo. Acumulaba 14 nominaciones sin victoria, una sequía que antes de él solo compartían Kubrick, Hitchcock o Altman. Salió de esa lista con una película que, según dijo al recibir su primer Oscar por el guion adaptado, escribió para pedirles perdón a sus hijos por el desorden que le dejan al mundo. En ella, un revolucionario cruza un país destruido para rescatar a su hija.

    Al cerrar la noche con Mejor película recordó que en 1975 las nominados eran Tarde de perros, Atrapado sin salida, Tiburón, Nashville y Barry Lyndon, y que no existe nada mejor que ellas.

    Entre otras historias de la noche, una batalla fue entre dos películas de Warner Bros., el estudio en vías de adquisición por Paramount. Una batalla tras otra y Pecadores, de Ryan Coogler, dominaron una temporada que las enfrentó en once categorías. Entre ambas le dieron a Warner 11 estatuillas. Netflix quedó segunda con seis premios, tres de ellos por Frankenstein.

    Pecadores, con 16 nominaciones históricas, se llevó cuatro premios: actor para Michael B. Jordan, guion original para Coogler, banda sonora para Ludwig Göransson y fotografía para Autumn Durald Arkapaw. Se convirtió en la primera mujer en ganar Mejor fotografía. Agradeció a Coogler y pidió a todas las mujeres presentes que se pusieran de pie. Coogler corrió entre las butacas para buscar al hijo de ella y acercarlo al escenario. Esa energía, la de alguien que celebra a los suyos antes que a sí mismo, fue una de las presencias más bienvenidas de la noche.

    Jordan ganó en una carrera reñida con Timothée Chalamet, cuyo trabajo en Marty Supremo será mejor apreciado con el tiempo y en el contexto de su futura carrera. Chalamet construyó una campaña con la mentalidad de quien va a ganar y encontró más rechazo que adhesión. El hambre de gloria, verbalizado, le jugó en contra. DiCaprio simplemente parece haberla pasado bárbaro.

    Jessie Buckley ganó como Mejor actriz por Hamnet, de Chloé Zhao, en la categoría donde el consenso dejaba menos margen. Dedicó el premio a su madre en el Día de las Madres del Reino Unido. Amy Madigan se llevó el de actriz de reparto por Weapons, 40 años después de su primera nominación. Penn no asistió a la ceremonia.

    El resto de la distribución de premios fue generosa más allá de las dos favoritas. Frankenstein, de Guillermo del Toro, obtuvo tres premios técnicos: diseño de producción, vestuario y maquillaje. KPop Demon Hunters ganó Mejor película animada y canción original por Golden, el primer tema de K-pop premiado por la Academia, una victoria que millones de padres alrededor del mundo sintieron como la confirmación de que esa melodía seguirá sonando indefinidamente.

    Valor sentimental, de Joachim Trier, le dio a Noruega su primer Oscar como Mejor película internacional, un premio amargo para quienes esperaban que El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, consolidara el momento del cine brasileño. Ese impulso sigue vivo y merece que se lo siga acompañando.

    En cortometraje de ficción hubo un empate histórico entre The Singers y Two People Exchanging Saliva, y en documental largo Mr. Nobody Against Putin se impuso con un discurso que habló de la complicidad como un acto cotidiano que destruye países desde adentro.

    Lo político, por cierto, apareció en ráfagas. En laas palabras de Bardem, los documentalistas rusos y algún que otro chiste del conductor, Conan O'Brien. Todo en una ceremonia donde la mención directa al presidente por su nombre brilló por su ausencia.

    O'Brien volvió como conductor y su energía fue celebrable, pero el filo de algunos chistes no terminó de transmitirse. Quizás el problema es la ceremonia. La fórmula para introducir cada galardón oscila entre la reverencia solemne y la burla directa, sin registro intermedio, y cada presentador invitado parecía estar ahí para promocionar algo antes que para entregar un premio.

    El propio guion de la ceremonia dejó un miedo al futuro que impregnó los chistes, con los sketches sobre ver películas en el teléfono y el ruego implícito de que la atención sobreviva. La parodia sobre los diálogos redundantes, escritos para espectadores que miran con medio ojo, sí fue buena. Aunque en ese sentido Pecadores no puede desmarcarse. Una película de esas ambiciones convive con un mercado donde se prioriza la acción inmediata y la explicación reiterada.

    ¿Qué buscamos entonces en los Oscar? Son ya varios años consecutivos en los que la ganadora de Mejor película se conoce con medio año de anticipación y un sistema de premios satélites construye un canon cada vez más uniforme, y lo que debería ser el reconocimiento a una diversidad de miradas termina siendo la confirmación de una inercia. Por lo menos la película de Anderson cerró con seis premios y una idea: avanzar es el heroísmo que queda.

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