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    Falta de seguridad, prejuicios sociales y presiones laborales conforman el clima en que trabajan las periodistas en Pakistán

    Caminar entre cuerpos humanos destrozados, transmitir en vivo durante jornadas interminables, amenazas continuas de bombas, crueles exigencias de sus jefes y prejuicios y críticas de sus colegas hombres forman parte de la cotidiana realidad para las mujeres periodistas en Pakistán.

    Así lo relata Nadia Sabohi, reportera del canal pakistaní Geo TV, perteneciente a uno de los grandes conglomerados de medios de ese país (Independent Media Corporation) y con presencia satelital en otras naciones asiáticas, América del Norte y Europa. Para Sabohi, quien habitualmente cubre ataques terroristas en Pakistán, ser una periodista de televisión en ese ambiente “es como estar en un campo de batalla con enemigos que vienen desde todos los flancos”.

    “En nuestra sociedad, y en el campo del periodismo, desde fuera puede parecer que las mujeres son respetadas, pero cuando nos sentamos a discutir un informe con un colega hombre intentan desanimarnos y causarnos problemas. Es debido a esto que las mujeres son reacias a entrar en este campo y por lo cual algunas se van. Pero actualmente el problema principal es que estamos preocupadas por nuestra seguridad, por nuestras vidas”, escribió en en el sitio web de la Federación Internacional de Periodistas (FIP).

    En su artículo, Sabohi describe la cobertura que realizó en setiembre del año pasado, cuando un doble atentado suicida contra una iglesia cristiana de la ciudad de Peshawar dejó como saldo más de 70 personas muertas y 110 heridas. El ataque, adjudicado al grupo terrorista talibán Jundallah, ocurrió al mediodía durante una misa dominical a la que asistieron más de 600 fieles. Ella arribó al lugar apenas diez minutos después que dos terroristas se inmolaran con bombas en medio de la misa.

    “La escena fue muy desagradable. Las paredes y el piso estaban coloreados con sangre humana. Pedazos de los cuerpos de las víctimas se esparcían en las instalaciones. Pertenecían a hombres, mujeres, ancianos y niños. Siendo una madre, casi me desmayo cuando vi los pedazos de los cuerpos de esos angelitos”, escribió.

    Aunque no podía dar un paso sin encontrar manchas de sangre en el piso, debió rápidamente comenzar a trabajar, entrevistando desde el mismo lugar de las explosiones a heridos, familiares de las víctimas, oficiales de seguridad y representantes de la comunidad, en una transmisión en vivo que duró casi seis horas. “Fue difícil para mí, con las familias de las víctimas tan molestas mientras yo caminaba entre la sangre de sus seres queridos. Algunos se enojaron mucho y me provocaban. A la mañana siguiente volví para cubrir historias sobre las consecuencias del atentado, y la situación fue prácticamente igual”.

    Mente estrecha.

    Sabohi, que realiza entre dos y tres informes diarios sobre atentados, cubre la provincia de Khyber Pakhtunkhwa y las áreas tribales bajo administración federal (FATA), áreas pakistaníes semiautónomas cuya capital es Peshawar, que considera “primera línea en la guerra contra el terror”.

    En esa peligrosa región del noroeste de Pakistán incluso para los hombres “el periodismo no es un juego”, pues los ataques suceden continuamente desde el 2001, cuando Estados Unidos invadió el fronterizo Afganistán y expulsó de allí al gobierno talibán. Pero los riesgos de seguridad también aumentan debido a las propias exigencias laborales que los periodistas reciben.

    “Habitualmente, cuando salimos corriendo a la escena de un ataque, una segunda explosión ocurre llevándose docenas o centenas de vidas y muchos periodistas quedan martirizados”, destacó Sabohi. “La feroz competencia pone a los periodistas en un riesgo aún mayor. En el caso de una explosión u otra emergencia, debo dar la primicia. Si doy la primicia de una explosión, para poder competir con otros medios el canal para el cual trabajo demandará que encuentre más víctimas y un mayor número de fallecidos. El productor y el director que se encuentran en el estudio central no entienden lo crítica que la situación es en el lugar del hecho. Ellos no entienden los problemas de un reportero”, agregó.

    De acuerdo con Sabohi, en esa complicada realidad son las periodistas mujeres quienes están más expuestas al peligro, ya que en Pakistán los medios de comunicación las prefieren para cubrir este tipo de casos pues agregan un toque más humano a la crónica. “Yo siempre intento contar la historia verdadera, pero obviamente soy un ser humano y mis emociones como madre, hermana y esposa me superan. Cuando informo sobre familiares de víctimas de ataques terroristas trato de hacer que se vea real y mostrar los problemas que deben enfrentar luego de la muerte repentina de un integrante familiar al cual amaban”, destacó.

    Además de la falta de seguridad, las periodistas pakistaníes también tienen que convivir con los prejuicios arraigados en una sociedad muy tradicional y religiosa, especialmente en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa. “La gente aquí no acepta que necesitamos trabajar tanto en una oficina como fuera de ella. En su opinión, las mujeres no deberían salir a la calle. Todavía no están dispuestos a aceptar nuestra identidad laboral”, afirmó Sabohi.

    Muchas veces las personas a quienes entrevista no la toman en serio y en sus 17 años de experiencia como periodista ha tenido muchos colegas hombres con “mentalidad estrecha” que lo único que hacen es criticar su trabajo, diciéndole cosas como: “Lo hiciste bien pero no mencionaste tal hecho” o “tu historia no es equilibrada’”.

    De acuerdo con un informe publicado en abril por la FIP —“Las historias que las mujeres periodistas cuentan”—, en Pakistán es común que los medios de comunicación entrevisten a candidatas a ocupar puestos de periodistas y les pregunten sobre su estado marital y la posibilidad de que tengan hijos, o que una vez contratadas deban cubrir las historias viajando en el transporte público mientras a sus colegas hombres les pagan viáticos para costear el combustible de autos particulares.

    Sabohi añade que últimamente los medios intentan también aprovecharse comercialmente de sus mujeres periodistas, “utilizándolas para cubrir cuestiones donde a las autoridades les gusta que sean mujeres quienes les entrevisten”. No obstante, la reportera consdidera “alentador” que en una sociedad dominada por los hombres como Khyber Pakhtunkhwa, donde hay una barrera cultural que impide a las mujeres trabajar, 30% de los periodistas sean mujeres, de las cuales 13% trabajan en estaciones de radio, 10% en canales de televisión y 7% en periódicos.

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