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    Hay que leer a Virginie Despentes

    N° 1980 - 02 al 08 de Agosto de 2018

    Hubo un tiempo que fue hermoso. Nunca la gente cercana a la cultura tuvo el tema económico solucionado. Pero hubo tiempos mejores. No hay un censo, no hay un índice económico, y más bien se debe hablar de círculos.­ Hoy, el Estado está más presente —y esa es otra discusión— pero en estos días, en Uruguay, tener un espacio de arte, o un lugar que comercialice elementos referidos a la cultura de manera independiente, es difícil, casi imposible. En los 90 y hasta entrados los 2000, no era así. En Montevideo existían, por ejemplo, muchas disquerías, en lindos locales. Se me dirá que los discos desaparecieron, pero a lo que voy es: qué difícil es ahora emprender.

    Leer a Virginie Despentes es comprobar que esa crisis también afectó al mismo círculo en París. En su trilogía sobre Vernon Subutex, muestra lo que los uruguayos vivimos, más o menos en la misma época.

    Vernon Subutex era dueño de una fabulosa tienda de discos. Los músicos lo conocían; sus amigos tenían bandas. Usaban buena ropa, tenían lentes negros. Igual que en Uruguay, en los 90, algunos vendedores de discos eran considerados una referencia; por eso solían escribir en revistas. Sabían de lo que hablaban. Tenían, como se decía en aquella época, “onda”. Swing. Los periodistas culturales estaban allí cerca. También corrieron una suerte parecida.El protagonista de la trilogía Vernon Subutex, después de cerrar el local, empezó por vender sus objetos personales. Cosas interesantes que tenía, porque los personajes que gustan de la cultura suelen ser algo fetichistas. Con sus discos, o libros, o con un papel o foto firmada por alguien a quien admiran. Esas cosas se muestran a los amigos cuando uno va a visitarlos, pero nada más.

    Con la falta de dinero, Vernon empezó a aislarse. “Ir a casa de alguien sin poder llevar una botella lo disuadía de aceptar invitaciones. Angustiarse por las noches si alguien quería hacer una colecta para comprar un gramo. Angustiarse por no poder colarse en el metro. Angustiarse por llevar zapatillas deportivas con la suela despegada”.No puede pagar el alquiler del apartamento donde vivió diez años. Empieza a dormir en casas de amigos, de exnovias. Se decepciona cuando entra a sus livings y ve que en las paredes ya no están los posters de conciertos. Solían estar pegados directamente en la pared y en la cocina, postales o fotos de músicos buenmozos. Vernon circula con un bolso chico donde guarda su computadora Apple. Es casi lo único que le queda. Termina viviendo en la calle. Varios de mis amigos que fueron periodistas culturales no están en la calle, pero muchos ejercen el periodismo en Facebook.

    Conviene leer el libro, que es duro, pero está bien escrito y describe el derrotero de una generación. Personas que leyeron mucho, que saben de música, que tienen sensibilidad y refinamiento pero no les sirvió para casi nada. En los buenos tiempos, creíamos que la cultura nos iba a hacer felices.

    El otro libro, mucho más punk, también escrito por Despentes y que acaba de llegar a Uruguay es Teoría King Kong. Sus poco más de cien páginas son inteligentes y polémicas. (“Es el matrimonio lo que constituye una violencia contra las mujeres y de todo lo que aguantamos. Aquellas que se dejan follar gratis deben seguir diciendo que su opción es la única posible, si no, ¿cómo las retendríamos?”).

    Despentes es la fuerza, es King Kong. Dice ser fea y que escribe “para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de las buenas chicas”. No se queja.  La francesa destruye el prototipo de la femineidad complaciente: “Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Eclipsada. Escuchar bien lo que te dicen. No brillar por tu inteligencia. Charlar es femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo doméstico se vuelve a hacer cada día, no lleva nombre”.

    La literatura de Despentes coloca la lucha —de género y de supervivencia— como un asunto de sentido común enmascarado de arrebato y subversión, pero sentido común al fin. Que es lo que se necesita para los temas cruciales: el hambre, la falta de techo, la miseria, la soledad. En Teoría King Kong se habla del porno, de violación, la educación de los hijos, la glorificación de la maternidad, la sensualidad amordazada y de las mujeres viciosas. Y de desarmar un ideal de perfección, que es este: “El ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada poco menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, aparte del hecho de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista”.