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    Historias de la naturaleza

    Con mezcla de trucos, contorsionismo y malabares, Cirque du Soleil vuelve a Montevideo con OVO, un espectáculo de impronta brasileña que se presenta hasta el domingo 14 en el Antel Arena

    Los insectos parecen estar en un ecosistema lejano y olvidado. Es probable que sean pocas las personas que se detienen a observar los curiosos movimientos de las hormigas con sus colonias en la tierra. O los que estudian el aleteo de las mariposas. Menos, quizás, los que recuerdan a los grillos hasta que aparecen en las noches de verano. Sin embargo, ellos siempre están. Solo basta acercar una lupa al césped para descubrir su universo. Allí habitan al menos un millón de especies. Y otras tantas todavía no descritas. Ahora, estos insectos olvidados son los protagonistas de Ovo, el espectáculo del Cirque du Soleil creado y dirigido por la brasileña Deborah Colker que se presenta hasta el domingo 14 en el Antel Arena. “La gente suele olvidarlos, quizás les da asco, pero son un universo increíble”, dice el clown Gerry Regitschnig, quien interpreta a Master Flippo, uno de los personajes principales.

    En una pieza teñida por el humor y la fantasía, un grupo de 50 artistas representan insectos de 17 especies que forman una comunidad sobre un escenario construido con imágenes de bosque. Y protagonizan una historia que mezcla el amor con los clásicos trucos del circo. Mientras las hormigas marcan su camino y juegan con su comida, las mariposas nacen con movimientos en tela desde la altura. También está el escarabajo semicalvo y una mosca que se disputan el amor de una vaquita de San Antonio. “Es una historia romántica, un espectáculo para toda la familia. Te traslada a un libro de niños”, dice Regitschnig.

    Con el sello del Cirque du Soleil, los insectos mezclan sus historias con trucos que pasan del malabarismo al trampolín. Hay personajes que dan enormes volteretas, otros que sorprenden con su manejo del diábolo —un complejo y popular juego entre payasos— y arañas que hacen contorsionismo. En Ovo se sienten la alegría, el amor y el asombro.

     

    Sobre ruedas. La construcción de este universo de insectos, que cobran vida con historias de amor y sentimientos similares a los humanos, no es una tarea sencilla. Así, y para que sea un escenario más real, el ambiente es recreado con música de Berna Ceppas, un compositor de bandas sonoras de películas que probó ruidos de insectos reales combinados con bossa nova —una influencia de su Brasil natal—, samba con funk y electrónica. En vivo, una banda de cucarachas formada por siete músicos recrea el universo con once instrumentos que pasan del bajo a la percusión. Estos sonidos envuelven un escenario que parece un huevo gigante (Ovo en portugués tiene este significado). Y se sienten en todo el estadio por el centenar de altavoces que provocan un efecto envolvente.

    Con una estructura inflable, el espectáculo transcurre en un espacio que —gracias a proyecciones gigantes— se asemeja a un bosque. Esta imitación, con plantas reales, se creó después de analizar fotografías tomadas de un ecosistema en miniatura durante 40 días. Y el bosque se ve desde todos los rincones por la cantidad de luces móviles utilizadas en el show. A diferencia de la mayoría de las piezas del Cirque du Soleil, además, el escenario no tiene casi ninguna línea recta. Inspirado en los nidos y estructuras formados por insectos que no tienen medidas simétricas ni coherentes, el escenario, el muro y hasta las paredes son curvos.

    Al menos al principio, esta decisión del escenógrafo Gringo Cardia complejizó la tarea de los artistas disfrazados de insectos. Pero el constante ensayo hizo que todos lograran trabajar en una estructura que reproduce las irregularidades de la naturaleza.

    La forma no es lo único que sorprende del escenario. Para que los artistas puedan demostrar sus capacidades con trucos, también hay una rejilla acrobática a más de 13 metros, que pesa más de 9.000 kilos. El piso está hecho con 225 paneles y se necesitan al menos 23 camiones para trasladar el escenario —y los complementos— de una ciudad a la otra. Es una tarea que lleva tiempo. Y horas de planificación. Para que las hormigas rojas puedan hacer malabares con los grandes kiwis, que sorprenden a muchos durante el espectáculo, se necesitan dos semanas de pintura con diferentes plantillas para construir esa fruta, que en verdad son dos tambores blancos que se encargan de una tienda en China. Lo mismo ocurre con el Jungle Gym, una sala de ensayo acrobático detrás del escenario que está hecha de cerchas. En este sitio, que en verdad es un gimnasio, los artistas pasan todo el día. “Los ensayos duran de la mañana a la noche. Estamos diez horas. Es un trabajo fuerte con un equipo fijo por espectáculo-”, dice Regitschnig. El gimnasio está equipado con una sala de fisioterapia y estiramiento a disposición de los artistas para recuperarse de las funciones sin sufrir una lesión. También hay un gran televisor que proyecta los ensayos, grabados para que analicen qué necesitan practicar. Y a unos pocos metros están los percheros con los vestuarios que les permiten ponerse en la piel de los insectos que, en todo el mundo, cautivan al público.

     

    Únicos y coloridos. Detrás de la confección de los disfraces, que debían identificar a los insectos y ser cómodos para los trucos, estuvo Liz Vandal. Con un estilo marcado por su creatividad y una debilidad por las armaduras antiguas, esta vestuarista diseñó originales y coloridos atuendos. También se inspiró en diseñadores de moda como Pierre Cardin, que es conocido por representar formas geométricas y líneas gráficas. Y en las populares mangas que se usaban en la época renacentista. Así, confeccionó dos disfraces por personaje: uno más cómodo y funcional, y otro más pesado. El primero está pensado para los trucos acrobáticos y el segundo, con más detalles, para mostrar su vida dentro de la comunidad de insectos. La influencia de la naturaleza en cada diseño es evidente. Mientras que las mariposas tienen vestuarios más bien coloridos, los grillos llevan trajes que requirieron 75 horas de trabajo por su complejidad. Tenían que ser flexibles pero rígidos, y poder adaptarse a sus movimientos.

    Cada vez que hay una función, el equipo viaja con más de 1.500 piezas para distribuir entre, al menos, 50 artistas. Están los trajes, los sombreros, los vestidos y los zapatos, como los del personaje The Foreigner, que tiene los más largos en la historia del Cirque du Soleil. Y siempre hay más de una opción. Quedarse sin una prenda no es una posibilidad. Por lo general, el equipo de vestuario está formado por cinco personas, tres que viajan por el mundo y dos contratados locales, que ayudan a mantener el orden y lavan los trajes luego de cada función. “Los artistas estamos acostumbrados y cómodos para trabajar con esta vestimenta. Pasamos por las pruebas de vestuario y de maquillaje. Son jornadas completas”, dice Regitschnig. Cada insecto tiene un estilo distinto. Los grillos que están sobre el trampolín, por ejemplo, llevan un maquillaje más liviano y sutil. Pero las arañas y las mariposas usan colores más vivos y atrevidos.

    En general, el equipo se traslada cada dos o tres semanas, dependiendo del lugar de la función, con 25 contenedores a cuestas. Los camiones llegan cargados con la escenografía, piezas de vestuario, consolas, luces, los infaltables instrumentos de la banda y hasta lavarropas. Además, claro, de más de 160 valijas con ropa y pertenencias del personal. El armado del espectáculo lleva al menos 13 horas y cerca de cuatro para volver a cero.   Más tarde, estos elementos vuelven a cobrar vida sobre otro escenario, como esta vez, recreando un ecosistema dominado por insectos. n

     

    Ovo, de Cirque du Soleil. Del jueves 4 al domingo 14, en el Antel Arena. Las entradas cuestan entre 1.635 y 4.360 pesos.