Llegaba entonces el fin de la barbarie y empezaban a instalarse las convenciones de higiene y su reacción a la falta de ella: el asco, una construcción cultural en sí misma y en lo que genera. En Antes del asco. Excremento, entre naturaleza y cultura, la semióloga Hilia Moreira ahonda en la idea de la cultura como convención. “Un conjunto de individuos, animales o humanos, vienen juntos (convienen) para colaborar entre sí y asegurarse, de esa forma, una vida mejor. De modo más o menos consciente, atribuyen significados compartidos a sus actos, incluso los biológicos. Así, lo orgánico, lo funcional, se tiñe de simbolismos, que el propio grupo genera y que termina considerando naturales e inevitables. De esa manera, la cultura toma el lugar de la naturaleza”. Y añade: “La semiótica aparece como instrumento para recordar al individuo que el significado de sus actos, aun los orgánicos deliberados, depende de una convención social. Si se hace necesario, dicha convención puede cambiarse”.
Puerta del baño abierta/cerrada. “Yo vengo de una familia muy especial, de europeos; no son especialmente pulcros. Mi madre cuenta que cuando ella era chica se bañaban los sábados. Allá en Europa, con el frío… mis abuelos sufrieron guerras, unos hábitos siniestros. Entonces, aunque la mujer suele ser más asquerosa, mi mamá, cero. Le pueden dar asco, ponele, los eructos, le parecen feos, pero nada más. Y yo tampoco soy muy asquerosa. Me choca si estoy con alguien que no conozco que se tire un pedo, lo civilizadamente normal. Pero en la intimidad del hogar, ir al baño con olor, no me importa”, dijo una de las mujeres encuestadas, mayor de 40.
—¿No le quita sex appeal cuando se da en la pareja?
—Yo tuve una única relación larga y él tampoco era para nada asqueroso. Entraba al baño y salía como perico por su casa, uno u otro. No teníamos mucho problema. Pero lo entiendo perfecto, es cómo se da, la dinámica. No sé si con otra persona lo haría, creo que ahora no me animaría. Es superparticular de la pareja, puede haber personas a las que les moleste más.
Hay aspectos de nuestra intimidad que solemos guardar en reserva al inicio de la relación, cuando se da la etapa del enamoramiento y la idealización. “Nos parecen bochornosos los ‘gases vaginales’, y nos horrorizaríamos si accidentalmente no podemos evitar un eructo o una flatulencia, los evitamos y reprimimos para cuando vamos al baño, a costa de sentirnos muy incómodos o doloridos”, explicó a galería la psicóloga y sexóloga Rosana Pombo, directora del Centro Médico Sexológico Plenus. “Nos esmeramos en mostrar al otro nuestro mejor aspecto, afeitados, perfumados, vamos a la peluquería, nos depilamos y maquillamos; y evitamos exponer nuestros aspectos desagradables y socialmente condenados, pero humanos, inevitables, y también en buena parte saludables”. Aceptar esas conductas es, según la experta, un aspecto positivo en la construcción del vínculo, que denota la madurez de la relación y de sus integrantes y “aporta una cuota de realismo y desidealización necesaria del otro, quien es un ser humano de carne y hueso, con defectos y necesidades biológicas iguales que las nuestras”. Relajarse en este sentido hace posible también mostrarnos tal cual somos y fortalecer así la confianza. “El rechazo, la vergüenza, el pudor, van quedando en un lugar secundario en la medida en que se fortalece el afecto, la empatía y el compañerismo”, agregó Pombo.
Otra persona consultada, menor de 25, contó que ella también entraba al baño mientras su pareja estaba dentro: “Él estaba haciendo pis y yo me estaba lavando los dientes y no me molestaba que estuviera ahí. Si se estaba bañando, una o dos veces entré a hacer caca. Con mis amigas es lo mismo. Tengo amigas que están en el water y yo abro la puerta y entro”, contó. “Con mi ex tampoco me daba asco. Él no me daba asco. No me acuerdo de una situación en que me diera asco”.
En su libro, Hilia Moreira habla de la “Maternidad de los amantes”. “Si, como dice Federico García Lorca en su poema Nocturno de Battery Place, el cuerpo tiene una doble vertiente de lis y rata, quienes se aman, madres, hijos, amantes, lo aceptan en su totalidad. Con desesperación y delicia, acariciando sus cuerpos en superficie e interioridad, besándose, lamiéndose, succionándose, los amantes ritualizan un regreso a la hora del primer amor. Nada repudiable en esa corporalidad adorada. Ciega perseverancia en olor, sudor, sustancia. Antes del primer abrazo, quienes se aman se prometen que toda emanación, toda materia de sus cuerpos, ilimitadamente deseados, serán acogidas en ternura y deleite. Y tal amor se sueña como eterno”, escribe, y va aún más allá: “En Tango del viudo, Neruda dice: ‘Daría este viento del mar gigante/… por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, / como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada. / Cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, / …llamando… sustancias extrañamente inseparables y perdidas”.
—Yo no tenía problema de entrar al baño cuando estaba ella, pero me parecía que era un límite que no estaba bueno cruzar porque después los bifes se juegan en la cama. No está bueno cruzar esa línea —opinó otro de los encuestados, un varón de 30 años—. No entraba, y ella no entraba cuando yo estaba. Y eso que teníamos un baño solo. Ahí se pierde la sensualidad. Viste que los japoneses tienen un baño en el fondo, apartado. El libro El elogio de la sombra habla sobre un japonés que contrasta la cultura occidental con la asiática. A los occidentales les encanta el brillo y a nosotros lo opaco, las paredes de papel, que entre poca luz. Y en un momento habla de los baños. Tiene un baño en la mitad del bosque y sin sonido.
—No todos tenemos un bosque en el fondo de casa —le replicó otra participante.
El cuidado personal. Depilarse frente al otro no, dijeron algunas, contundentes. Never.
—A mí no me molestaría que me depilara. No sería excitante pero no me molestaría. Me embolaría que me viera toda peluda, pero nada más —dijo una veinteañera.
—Yo me depilo con la maquinita y es como que la imagen de que me vea no es lo que más me gusta. Si me dice: “¿Puedo entrar?” le digo que sí, pero no me encanta. Prefiero depilarme tranquila.
—Yo hago casi todo con la puerta cerrada. Son 20 años de convivencia, pero no me pinches todos los globos —opinó otra de las mujeres, de más de 40.
—¿Qué cuidás, entonces? ¿Qué tratás de preservar?
—No lo dejo entrar si estoy en el baño. A veces se me pone a hablar del otro lado de la puerta y no me gusta hablar cuando estoy en el baño. Si yo tengo que entrar cuando está él, le golpeo, siempre. Si preciso agarrar el cepillo de dientes, le pregunto: “¿Puedo?” Y a veces me dice: “No, ahora no”. O “dale sí, pasá”. Es eso. Después la tenés que remontar más si no, ¿qué necesidad?
—La ducha sí, la ducha es sensual —agregó otro participante.
—Claro, hay olores ricos. Y además pasan otras cosas.
—¿Y qué pasa con temas de cuidado personal, como cortarse las uñas propias delante del otro?
—Eso no importa —aseguró la mayoría—. Pero que me corte las uñas de los pies o yo cortárselas, no.
—¿Y apretar los granitos del otro?
—Le saco a veces unos puntos negros de la espalda. Si veo que tiene, le saco. No me encanta, no lo disfruto. Lo hago porque me parece que es feo que lo tenga —contó una de las participantes.
—¿Sacarle las lagañas?
—Noooooo. Yo aviso, porque no me gusta estar mirándolo y que tenga. Si hay algo que me molesta, aviso.
Compartir el baño, dejar la puerta entreabierta, tolerar sin criticar una flatulencia, puede ser signo de confianza y madurez en la relación, y naturalizar esas conductas sería un aspecto más de la vida cotidiana en pareja, según Pombo. Pero ambos miembros de la pareja deben de alguna manera establecer sus límites e intentar buscar un equilibrio respetando los espacios privados reservados para esas acciones para “mantener cierto misterio dentro de la relación, cuidar la apariencia, el atractivo, y cierta ‘magia’, no de forma obsesiva sino desde un punto de vista equilibrado”.
Los aromas naturales. “Llegaré a París mañana por la noche: No te laves”, escribía Napoleón en una de sus cartas a Josefina. Su amor por su mujer es ampliamente conocido, y parte de la inmensa pasión que ella le despertaba tenía que ver con sus olores corporales, que le resultaban eróticos y atractivos, aun cuando la higiene de entonces dejaba mucho que desear. En otras cartas, le pedía que se abstuviera del baño incluso por semanas: “No te bañes, ni te perfumes... Porque al yo llegar quiero que tu aroma esté impregnado, fuerte, pues quiero respirarlo todo después de tantas noches sin él'.
“El aseo personal’, complementaba el de la casa en el Novecientos”, escribe Barrán. “La ‘civilización’ lo transformó en ‘tarea diaria a que debemos acostumbrarnos desde niños’, para que se forme en nosotros ‘un hábito’: ‘La boca, la cabeza, las manos, los pies, el cuerpo todo debe ser objeto de un aseo escrupuloso’. Los manuales de ‘Economía doméstica’ y los libros de lectura aconsejaban desde el diario lavado matutino de cuello, orejas, cara y ojos ‘con agua pura’, hasta el baño del cuerpo entero ‘por lo menos una vez a la semana’ en el invierno, debiendo hacerlo en el verano ‘todos los días’. Los olores del cuerpo sucio eran, ahora, calificados de ‘bárbaros’, cuando no, como observaremos, de inmorales y asqueantes”. Más adelante, el historiador cita el Tratado de urbanidad de 1890: “La limpieza revela cultura y orden, y nos la recomiendan el decoro, la higiene y el respeto que debe merecernos la sociedad”.
Ya no necesitamos el olfato para sobrevivir al peligroso ataque de animales feroces, pero su capacidad de suscitar placer o incomodidad es tan potente y perceptible que puede generar atracción o rechazo de una persona por otra. La decodificación de ciertos aromas lleva a asociarlos con determinadas conductas, hábitos y estilos de vida.
Hay quienes son muy críticos del aliento a tabaco, y otros en cambio son capaces de ignorarlo o incluso bloquearlo si es que conviven a diario con el fumador. Lo mismo sucede con el aliento matinal.
—Hay películas en que la pareja se despierta y arranca a besarse y uno piensa: andá a lavarte los dientes.
—A mí no me jode el aliento de la mañana.
—Me encanta el mal aliento de la mañana, me fascina —llegó a opinar una joven.
—A mí no me molesta demasiado, pero prefiero la boca mentolada.
—Si sé que vamos a avanzar, voy al baño y me hago un buchecito. Yo prefiero.
La transpiración es de lo menos condenado. Tal vez porque lo que la genera, por lo general el ejercicio físico, no es visto como vergonzante. “Llegaba de practicar todas las mañanas y el olor no era particularmente rico, pero me doy cuenta de que soy mucho más asquerosa con mis cosas. Si yo llego toda transpirada le digo: ‘No me toques, me quiero ir a bañar’. Si el otro está transpirado, no me molesta tanto”, dijo una participante.
—Porque uno siente que tiene que preservar algo —acotó otra.
—Es de lady.
“El pudor tenía dos caras sucesivas: la vergüenza y el ocultamiento. La mujer sería obediente, económica y trabajadora en su hogar porque esos eran sus deberes morales, pero el pudor era un sentimiento del que se deducían conductas, lenguajes, silencios, diversos recatos, ya que en lo profundo el pudor derivaba de la culpa, de la vergüenza ante la desnudez del cuerpo y del alma”, escribe Barrán. “La mujer burguesa vivía cercada por la vergüenza. La menstruación, un hecho a ocultar, la hacía sentirse impura, sucia, manchada. Lo revela, entre otros testimonios, el tabú que les prohibía bañarse por razones ‘médicas’. Cuando asomaba el deseo por un hombre, estallaba la tragedia personal, la oscilación entre la ‘entrega’ y la ‘caída’ culpables —vocablos reveladores— y la frustración, el ‘avinagramiento’, la ‘sequedad’ y la ‘histeria’, vocablos también reveladores”.
Según Pombo, el varón goza de privilegios machistas. “Le permiten ser más ‘desprolijo’, ‘desordenado’ y ‘tirarse pedos, eructar, oler mal, ya que es ‘cuestión de machos’. Sin embargo, la mujer es educada bajo una serie de mandatos que deberá cumplir para ser “femenina”, relacionados con la belleza, la perfección, la delicadeza, la pulcritud, las buenas formas, estimulado con los cuentos de ‘princesas y hadas’. Con esta impronta deberá reprimir y avergonzarse frente a estas necesidades biológicas, permitir que ocurran, exhibirlas, es condenable, implicaría ser grosera, mal educada, desprolija, y ‘marimacho’. Se cuestionaría su feminidad”. Las nuevas generaciones, sin embargo, se permiten tomarse estos aspectos con más naturalidad y flexibilidad y con un mayor respeto por la individualidad, los espacios personales y la diferencia de creencias y valores.
Negociación bilateral. Álvaro Alcuri, psicólogo gestáltico especializado en terapia de parejas y de familia, opina que cada pareja debería tener sus propios acuerdos sobre cuánta intimidad compartir y cómo, en lugar de dar por sentado qué habría que mostrar y qué no. “Hay personas que no muestran nunca su cuerpo desnudo, que se bañan solos, que se tapan completamente, todo o algunas partes del cuerpo. Otros son muy desinhibidos, ninguno tiene que imponerle al otro sus costumbres. La pareja tiene que sentirse cómoda en la intimidad, no está escrito en ningún lado cuánto, cómo y cuándo mostrar”, asegura.
Los gases no quedan fuera del acuerdo tácito de convivencia que establece una pareja: están permitidos frente al otro o no.
—Si él se tiraba no me daba asco, aseguró una veinteañera sobre su ex.
—Pero, ¿lo hacía adelante tuyo?
—Alguna vez sí. Yo se los festejaba, era una pelotuda. Eso sí es generacional, porque con mis amigas siempre jodemos con eso.
—Tenían mucha confianza.
—Sí, demasiada, capaz.
—Yo tengo una amiga que decía que cuando tu marido se tira pedos en la cama es porque ya está todo perdido —contó una de las participantes— Se sabe que no está bueno. Ni yo lo hago ni él lo hace.
—¿A quién no se le escapa uno?
—Eso sí, pero jactarse…
—Es bien chanchada de chiquilín.
“La vida en pareja desgasta la atracción, eso está hiperdemostrado”, dice Alcuri. “Se pierde encanto; se seduce, se galantea, se piropea cada vez menos; la rutina invade los momentos placenteros; la logística, los niños, la ropa y los platos sucios atentan contra la libido, de eso no se salva nadie. No parece muy astuto mostrar nuestras peores y más chanchas facetas a la hora de aproximarnos sexualmente”. Según el psicólogo, la seducción es exactamente lo contrario: mostrar lo más atractivo y esconder lo más feo. “Como una estrategia de marketing. Si hacemos lo opuesto, seguro que a la corta o a la larga no nos irá bien, si es que nos interesa tener algo de vida sexual (ojo, no a todos les interesa por igual…)”. “Seducir es básicamente mentir”, dice, citando a Helen Fisher, la antropóloga y ensayista feminista autora de El primer sexo. “La ‘mentira’, que no es tal, es mostrar lo más agradable para ser atractivos. ¿Quiere ser un asco para el otro? Fenómeno: haga todas las chanchadas que se le ocurran. ¡Pero después no pida sexo, eh! La libido y el asco no se llevan bien”.
En todos los casos en que se hace partícipe al otro de una intimidad no particularmente atractiva es una decisión que se toma, no algo que ocurre al azar. Está permitido o está prohibido. Pero conviene pensarlo bien, pues la apertura total es un camino sin retorno.