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¿Qué más se puede decir de la rambla? ¿Qué se puede mostrar de ella que no hayamos visto? Mucho. Aunque sea un lugar al que los montevideanos vamos una y otra vez, lo que sucede y sucedió en los distintos eslabones de esa cadena que recorre la orilla de la ciudad se merecía estar contado y reunido en un libro que le hiciera honor.
Debía ser un libro de historias, pero también un libro para mirar. Durante dos años, el periodista Marcello Figueredo y los fotógrafos Diego Velazco y Santiago Epstein, de Aguaclara Editorial, compartieron una misma obsesión: “La Rambla”. La caminaron de día, de noche, en verano, invierno, otoño y primavera, con tormenta o bajo un sol rabioso. Fueron dos años, pero podría haber llevado mucho más. “A lo largo de la rambla, que es muy variada y muy larga, son 30 kilómetros de paseo, hay casi infinitos submundos, tenés pesca, deporte, arquitectura, museos, folclore urbano, gastronomía”, dice Figueredo. Por eso se fotografiaron dos veranos y dos inviernos.
El libro acompaña el recorrido de la rambla. “Antes de empezar: cruzando la bahía, en la falda del Cerro, hay otra rambla. Una hermana menor, algo alejada, en espera de que la ciudad le tienda una mano y la sume al gran paseo costero que surca Montevideo desde La Teja hasta Carrasco. La geografía contribuyó a su ostracismo, es cierto, pero la historia invita al acercamiento”. Así comienza el primer capítulo de “Rambla” titulado “La hermana menor”. De forma breve y concisa, pero con una pluma exquisita, el libro aporta mucha información histórica acerca de barrios, edificios, plazas, calles, esculturas, canchas y clubes. Además del vasto conocimiento fruto de su experiencia como periodista y escritor —varios de sus libros anteriores tocan temas relacionados con la historia de la ciudad—, Figueredo se apoyó en material bibliográfico (“hay crónicas de época deliciosas, por ejemplo, sobre el origen de Pocitos”) publicado por historiadores, cronistas, viajeros y periodistas, y realizó un profundo trabajo de campo, visitando cada museo, cada edificio y cada rincón del que habla en el libro.
Para Velazco, que lleva en su haber unos 14 libros, este ha sido su trabajo más difícil. “La rambla es muy compleja. Existen miles de cosas, vos bajabas a la rambla y te preguntabas qué fotografío: los niños con las cometas, los tipos jugando al fútbol, los que corren, los que pescan, los que toman mate, la pareja que se besa, el museo, la arquitectura, el transporte, la moto, el béisbol, el golf. Fue dificilísimo. ¿Y el tono? ¿Qué tono de foto? ¿Periodística, más poética o más descriptiva?”, se preguntaba el fotógrafo. Ambos empezaron a tomar imágenes libremente y fueron afinando el tono hacia una fotografía más de autor, personal, con un estilo más poético para provocar la contemplación del lector/espectador. Además de la calidad, la cantidad y la variedad, otra variable que dificultó el trabajo fue la polución visual que obligó a los fotógrafos a caminar (o pedalear) mucho para encontrar el ángulo. El resultado fue cerca de 10.000 fotos, de las que debieron seleccionar las 272 que integran el libro. Entre ellas la de la tapa: una foto sacada desde la loma de Kibón al mar que ese día estaba de dos colores. “Me retrotrajo a la infancia, cuando entre mis hermanos y amigos nos preguntábamos cómo está el agua: ¿marrón o verde? Y ese día estaba marrón y verde. Era la mezcla del estuario, el océano y el río, es bien donde vivimos”, cuenta Velazco, y confiesa que de esa foto sacó una sola toma, de una mañana entera de 350 fotos.
La rambla es muy conocida para el capitalino que reconoce al instante cualquiera de sus rincones. “Es como la piel de montevideano”, según Velazco. ¿Cómo sacar fotos de un lugar tan conocido sin caer en la obviedad? “Me lo tomé como un juego introspectivo”, asegura el fotógrafo, “tratar de sacar de mí una sensación. Cuando uno viaja saca fotos divinas porque es todo nuevo. Es mucho más difícil sacar fotos de tu lugar, de tu realidad, de lo cotidiano y que queden buenas, que te sorprendan. Ese fue el trabajo, buscar en esa cotidianidad algo nuevo o un punto de vista distinto”. Sin embargo, para sorpresa del lector, en el libro hay muchos detalles o rincones nuevos que va a descubrir.
A pesar de que el peso mayor del libro lo tiene la rambla actual, además de las imágenes de Velazco y Epstein, hay también fotos del archivo del Centro de Fotografía, postales de los barrios de la capital pertenecientes a la colección privada de Figueredo, y aportes de gente que prestó imágenes, como el caso de una señora cuyo padre había sido gerente del Hotel Carrasco. Son “las pinceladas justas de material de archivo para que la gente que no conoció eso lo vea y para que los veteranos lo evoquen. Porque el libro, además de funcionar como una guía —aunque no lo es formalmente—, pretende que la gente reflexione sobre la ciudad que tuvimos, la ciudad que tenemos y la que podemos tener”, dice el autor.
“Tiene algo de paseo existencial. Los montevideanos vamos a la rambla a definir nuestra relación con la ciudad, porque ese paisaje nos define. Pero también vamos a repensarnos a nosotros mismos, es como una mesa de café, uno va a la rambla a cambiar el mundo, y a cambiarse uno, y vuelve con ideas y se saca el mal humor”, asegura Figueredo, cuya porción de rambla que le “corresponde” es la Mahatma Gandhi (vive en Punta Carretas), y sale a caminar todos los días lindos, una hora de ida y otra de vuelta hasta el dique Mauá, en la rambla Sur. Y aunque se avergüence un poco por la obviedad, confiesa que efectivamente el libro se le ocurrió en una de esas caminatas; pues en ese momento la rambla ejerció sobre él uno de sus tantos poderes: la inspiración.
Editado en español y en inglés, “Rambla” fue pensado para que lo compren los turistas extranjeros como recuerdo de viaje. Con ese fin, el libro se imprimió en papel de gran calidad pero de poco peso, para asegurarse un lugar en las valijas de los viajeros.
“Rambla”, del periodista Marcello Figueredo, y los fotógrafos Diego Velazco y Santiago Epstein. Aguaclara Editorial, 352 páginas, en español e inglés, 1.490 pesos.