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    Diez años después, en Dolores no cierran las heridas del tornado que arrasó un tercio de la ciudad

    La parte urbana fue reconstruida, pero todavía hay secuelas en sus habitantes, muchos de los cuales prefieren no hablar de ese día ni evocarlo

    Hacía un calor pesado, inusual, insoportable ese 15 de abril. Junto con su esposa, su hija más chica de cinco años y una sobrina, Marcelo Garay estaba a 12 kilómetros de su destino, por la ruta 105. A eso de las cuatro de la tarde, “un embudo bajó del cielo” y enfiló hacia su auto. Desesperado, puso quinta rumbo a una estancia que la providencia puso en su camino. Los dueños de casa, tan aterrados como ellos, les dieron cobijo. Durante unos pocos minutos, que se hicieron eternos, propios y extraños aguantaron en una misma cocina lo que caía del cielo, entre gritos, rezos, llantos, un zumbido como el de la turbina de un avión y un temblor como si la tierra se abriera. Luego, el silencio se hizo oír y el desastre se dejó ver.

    Ese viernes de 2016 Garay iba a asumir como jefe del Destacamento de Bomberos de Dolores.

    Dentro de seis semanas la segunda ciudad de Soriano cumple 10 años de un evento que no puede olvidar, una de las peores tragedias naturales que vivió el país. El alcalde Joaquín Gómez dice a Búsqueda que el municipio está “viendo” la manera “adecuada” de atender ese aniversario redondo. Ese “viendo”, reconoce, puede significar no hacer absolutamente nada. “Hay varias ideas, pero mucha gente aún no superó lo que pasó y ni siquiera quiere saber del tema. Entonces, estamos viendo qué hacer para que no afecte a nadie, si es que decidimos hacer algo. Es un tema complejo…”.

    Dolores no olvida. Muchos doloreños prefieren no hablar. Y otros muchos aún hoy prenden las antenas cada vez que sopla un viento fuerte, que hay un calor inusual, que reina una calma chicha de esas que preceden la tormenta o que Meteorología emite un alerta. “Todavía hoy a un doloreño le genera algo ver una tormenta grande”, señala Álvaro Martínez, periodista con 30 años en las radios locales San Salvador y Skorpio.

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    Maldito día

    Garay llegó y se puso a trabajar en una ciudad que en menos de cinco minutos vio cómo un tercio de sus manzanas eran arrasadas. “Yo viví todo tipo de situaciones en 25 años en Montevideo, pero nunca había visto algo parecido. Era como una guerra. Llegué y mis compañeros ya estaban trabajando en un taller que había colapsado totalmente: a una persona la rescatamos con vida dentro de un auto; otra que buscó lo mismo no tuvo esa suerte”.

    Ese muchacho, que murió porque una viga cayó sobre el auto en el que buscó refugio, tenía 22 años. Fue la más joven de las cinco víctimas fatales del tornado, cuatro hombres y una mujer, aplastadas por vigas, paredes, coches y techos que volaron por vientos de velocidades entre 251 y 330 kilómetros por hora. Hubo 20 heridos graves, incluyendo dos niños. Las comunicaciones quedaron prácticamente colapsadas. Al destacamento comenzaron a llegar personas que preguntaban por sus seres queridos, cuyas llamadas no respondían. Una de ellas, recuerda, resultó ser pareja de uno de los cuerpos rescatados. “Le tuve que decir a una amiga que andaba con ella: ‘Vayan a la morgue del hospital’”.

    La tragedia pudo haber sido mucho mayor. Era día de clases y dos liceos, dos escuelas y un jardín de infantes fueron severamente dañados. Quienes vivieron esos días no pueden sacarse las imágenes de padres desesperados yendo al rescate de sus hijos. El bombero cuenta que hubo maestras que se escondieron con sus hijos debajo de las mesas y les cantaban canciones para intentar tapar el zumbido del viento.

    Fue un F3 en la escala de Fujita, que va de cero a cinco. Un tornado “severo”. Quien entonces era el alcalde de Dolores, Javier Utermark, recuerda las otras cifras de ese día maldito: 2.000 padrones y 7.000 personas afectadas (de una población de 17.000), casi 400 viviendas totalmente destruidas, daños calculados en aproximadamente US$ 30 millones. Además del intenso calor, hay otro recuerdo que repiten los testigos de ese día: mirar con sorpresa lo que parecían ser “papeles” que volaban por el viento. Una segunda mirada daba cuenta de que eran chapas de metal, prontas para caer donde sea y hacer un desastre.

    El tornado no pasó por lo de Martínez, por lo que su primera impresión no fue más que la de un viento fuerte. “Me parece que fue poca cosa”, le dijo el periodista a un vecino. Ni bien empezó a caminar se desdijo: a 300 metros los silos de la Cooperativa Agraria de Dolores (Cadol) sufrieron una destrucción total, un auto quedó incrustado en una pared, un camión terminó dado vuelta, una iglesia evangélica fue reducida a escombros. Llamó al director de la radio, a una cuadra de la céntrica plaza Constitución, para saber cómo estaba todo: “Esto es un desastre”, le respondió llorando.

    Opuesta fue la vivencia del fisioterapeuta Adrián Gastelumendi: en su trabajo no sintió nada y en su casa perdió todo. En la mutualista el viento se sintió fuerte y nada más. Tanto fue así que le dio por contar los segundos en voz alta, “a ver cuánto duraba”. Cuando empezaron a llegar lesionados al lugar, aterrados por “un tornado” jamás visto, quiso llamar a su esposa y no pudo. Al salir a la calle se dio cuenta de la magnitud de la devastación. Pensó en su mujer, que estaba en el negocio familiar, una ortopedia. Correr las cuadras, que parecían haber sido bombardeadas, le resultó desesperadamente eterno. Recién le volvió el alma al cuerpo cuando la vio en la calle, inmóvil del susto como una estatua pero ilesa, frente a la casa y comercio. Este había quedado totalmente destrozado, con un cartel que apareció en un campo a 90 kilómetros de distancia, un sillón de hospital que fue despedido quién sabe adónde y una moto que acabó incrustada como un proyectil.

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    Al hospital, que perdió buena parte del techo, incluyendo el del área de emergencias, también llegó un aluvión de traumatizados. El cardiólogo Eduardo Poloni, quien hoy dirige el hospital, también perdió el techo. Cuando ocurrió lo peor estaba encerrado en el baño de su casa con su esposa y su hija de 13 años. Salió y vio su patio —donde minutos antes había estado su mujer— lleno de restos de árboles y esas chapas que desde lejos parecían papeles volando y de cerca eran obuses. La vieja casa de la esquina se había derrumbado: un auto que impactó contra ella como si fuera un misil de cuatro ruedas fue demasiado para ella. Su calle, Agraciada, la continuación urbana de la ruta 21, tuvo que ser liberada de escombros, hierros y chapas como se pudo por los propios vecinos para que pudiera entrar la ayuda de afuera.

    Ya en su lugar de trabajo, Martínez creyó estar en una película bélica: oficinas sin techo, árboles arrasados, autos dados vuelta. Más en la tarde se vio en otra película, casi distópica: el Ejército entraba en la ciudad. “Fue impactante verlos llegar, armados. Era realmente un escenario de guerra”. Donde hay muerte hay aves de rapiña: varios comercios, aun aquellos en que poco quedaba en pie, fueron víctimas de saqueos.

    Martínez, que todavía no sabía que iba a tener cinco distintos lugares de trabajo provisorios hasta que la radio volviera a funcionar donde estaba, recuerda también la caída de la tarde siguiente, la del 16 de abril, cuando subió al techo de su casa a ver el panorama. Ya había comenzado a llegar y a sentirse la solidaridad y la asistencia departamental y nacional. Donde antes había otros techos vio lonas desplegadas, sobre todo negras, naranjas y verdes. Y escuchó ruidos, muchos ruidos, pitidos y martillazos, pulidoras y retroexcavadoras. La sensación era otra. “Nos estamos reconstruyendo”.

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    La calma posterior

    En la esquina de la plaza Constitución, en Puig y Artigas, hay una casa vieja, tapiada con madera. El viento se llevó el segundo piso y así quedó. Es un recuerdo bien físico y bien céntrico de lo que pasó el 15 de abril de 2016. Otras marcas quedaron en las almas de los doloreños.

    Es que lo urbano renació. Utermark, hoy director de Cultura de la Intendencia de Soriano, recuerda que los liceales estuvieron más de dos años tomando clases en contenedores. Hoy los dos liceos públicos ya están funcionando de nuevo. El 1, Domingo Taruselli, perdió toda su planta superior; el 2, Bautista Herrera, se debió reconstruir prácticamente de cero. Lo mismo pasó con las escuelas 64, 102 y el Jardín de Infantes 116. El hospital tiene nuevo techo, los gimnasios de los clubes Peñarol y San Lorenzo también. Cadol está trabajando nuevamente. Una cooperativa de viviendas se levantó ahí donde el tornado dejó un surco de destrucción. El viejo Teatro Paz Unión, un orgullo para Dolores, con 500 localidades, que también fue arrasado, hoy reabrió de manera parcial con solo una pequeña sala de cine. En 2021 se estrenó El viento nos dejará, de Pablo Martínez Pessi, un documental basado en 12 testimonios de ese día.

    La herida que dejó el tornado tardó mucho en cicatrizar. Tanto tardó que en algunos lugareños sigue supurando. “Poco después, se levantaba viento y los chiquilines no querían ir a clases. O estaban en la escuela, se formaban nubes y ya pedían para irse. Aún hoy vos ves que se pone feo y la gente empieza a apurarse a volver a las casas”, dice Martínez. Los sustos no fueron solo para los niños. El periodista recuerda que durante una reciente Expoactiva de Soriano Meteorología emitió un alerta roja para la zona. “Yo estaba con un grupo con gente de Dolores y otros que no. Era patente que teníamos una cara distinta, que se nos veía más angustiados, nos lo hicieron notar”.

    Poloni, el director del hospital, dice que aún hoy en esos días de mucho calor, con esas calmas sospechosas que preceden a las tormentas, sus vecinos actúan distinto. “En los primeros años que siguieron todos estuvimos muy afectados, ahora no sé qué tanto se sentirá”, desliza. Por su lado, Utermark asegura que “sigue habiendo secuelas psicológicas”. Cuenta que al año del tornado hicieron una placa en memoria de las víctimas fatales y se pregunta si hoy “amerita seguir recordando lo que pasó”.

    Gómez, actual alcalde —que tenía 16 años, estaba en viaje de estudios en Alemania y regresó en el primer avión que pudo sin tener claro si a algún familiar o amigo le había pasado algo—, quien aún no sabe si se va a recordar el tornado de alguna manera, reconoce que tiene bastantes obstáculos para eso. Varias personas —ninguna de Dolores— le han sugerido hacer una especie de recorrido turístico, informativo, “como pasa en otras ciudades del mundo”, como Nueva Orleans y el huracán Katrina. “Acá no tenemos nada de eso porque la gente no está preparada”, dice.

    Además de bombero, ya jubilado, Garay es cantautor. Él se encargó de ponerle música a un poema que su amigo Carlos Benavides, de Tacuarembó como él, escribió basándose en lo que él mismo le había contado. El resultado de todo eso fue Como mano tendida a Dolores y está disponible en YouTube. “Los dolores de Dolores / son los nuestros, / y así vamos”, dicen los primeros versos.

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