El presidente de Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, afirma ser un maestro del “arte de la negociación”. Pero las negociaciones pacientes no son lo suyo.
La crisis energética mundial apenas está comenzando, luego seguirá la turbulencia política
El presidente de Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, afirma ser un maestro del “arte de la negociación”. Pero las negociaciones pacientes no son lo suyo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTras un fin de semana de conversaciones de paz fallidas con Irán, EE.UU. ha decidido volver a escalar la situación al anunciar un bloqueo naval del estrecho de Ormuz.
Es probable que esta última táctica resulte contraproducente. El cierre de facto del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha provocado un aumento de los precios mundiales de la energía. Pero el bloqueo estadounidense ya está haciendo que los precios del petróleo y el gas suban aún más. También aumenta el riesgo de que Irán responda con una escalada mediante ataques a la infraestructura energética en el Golfo.
Los iraníes creen que el tiempo está de su lado en este enfrentamiento y probablemente tienen razón. Cuanto más tiempo permanezca cerrado el estrecho de Ormuz, mayor será la presión económica y política sobre EE.UU. y sus aliados. Como resultado, es probable que la posición negociadora de Irán sea más fuerte, si es que llegan a reanudarse las conversaciones de paz.
Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ya ha advertido que la pérdida de alrededor del 20% de los suministros energéticos mundiales constituye ”la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de la historia”. Ha advertido de que la crisis actual podría eclipsar los efectos combinados de las crisis petroleras de la década de 1970, los cuales provocaron varios años de inflación, recesiones y racionamiento de combustible.
Los impactos económicos de la guerra actual se vieron amortiguados temporalmente porque gran parte del petróleo y el gas del Golfo ya estaba siendo transportado por vía marítima cuando EE.UU. e Israel atacaron a Irán el 28 de febrero. Pero los efectos del cierre del estrecho —y de los ataques de Irán a la infraestructura energética del Golfo— ahora están realmente comenzando a sentirse.
El aumento del precio de la gasolina en las gasolineras es apenas el comienzo. La escasez de combustible de aviación afectará el transporte aéreo, lo que perjudicará al turismo justo antes de la crucial temporada de verano en Europa. La falta de helio— gran parte del cual se produce en Qatar —podría detener la producción de semiconductores. La producción de alimentos se verá afectada por la escasez de fertilizantes, lo que provocará una mayor inflación. El Banco Asiático de Desarrollo ha pronosticado recientemente que la crisis energética podría reducir el crecimiento en más de un punto porcentual este año en los países asiáticos en desarrollo.
Trump espera claramente que la presión económica que se ejerce sobre Irán mediante el bloqueo obligue a la República Islámica a ceder rápidamente. Pero el régimen iraní es ingenioso, despiadado y lucha por su supervivencia. Irán también cuenta con un colchón de ingresos generados por sus recientes ventas de petróleo a precios inflados y puede generar algunos ingresos a través de las exportaciones de gas por gasoducto.
Si el bloqueo de Trump no logra doblegar a Irán a la voluntad estadounidense, EE.UU. enfrentará entonces decisiones muy difíciles. El presidente ha planteado la posibilidad de destruir la infraestructura iraní y, en ocasiones, sugiere que una operación militar para abrir el estrecho sería fácil.
Pero la verdad es que, si esas opciones fueran viables, ya se habrían intentado. Incluso aunque algunos buques de guerra estadounidenses logren atravesar el estrecho, eso no garantizará la seguridad del transporte marítimo comercial. Irán no necesita hundir o bloquear todos los petroleros. Unos pocos ataques con drones o lanchas rápidas seguirían haciendo que el tráfico de petroleros fuera prácticamente imposible de garantizar.
Si EE.UU. decidiera entonces escalar aún más la situación —cumpliendo las amenazas de Trump de destruir las centrales eléctricas y las plantas desalinizadoras iraníes —los iraníes han amenazado con atacar instalaciones similares en el Golfo. Sin el agua dulce generada por las plantas desalinizadoras, la vida en los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita sería prácticamente imposible.
El oleoducto que atraviesa Arabia Saudita hasta el Mar Rojo —y ofrece una alternativa a la exportación a través del estrecho— ya ha sido blanco de ataques y podría volver a serlo. Las estaciones de bombeo sauditas en la costa también son vulnerables. Los aliados hutíes de Irán podrían intentar bloquear las exportaciones de energía a través del Mar Rojo, atacando a los barcos en el estrecho de Bab el Mandeb.
Los efectos políticos y estratégicos malignos de esta guerra también se extienden mucho más allá del Medio Oriente. Las protestas por el precio del combustible en Irlanda casi paralizaron el país la semana pasada, lo que llevó al gobierno a recurrir al ejército para reabrir autopistas y puertos y a anunciar subsidios al combustible por valor de €505 millones.
Es probable que Irlanda sea sólo el primer país en experimentar este tipo de disturbios. Y es poco probable que los gobiernos menos solventes de Asia y Europa tengan la capacidad fiscal para apaciguar a los manifestantes. Francia, muy endeudada —y con un historial de protestas por el precio del combustible— ya se prepara para los problemas que se avecinan antes de las elecciones presidenciales del próximo año.
Antes de que se anunciara el bloqueo de EE.UU., muchos en la industria petrolera ya parecían haberse resignado en silencio a pagar peajes a Irán por atravesar el estrecho. A menudo se menciona un cargo de US$1 por barril de petróleo.
La administración Trump insiste en que un sistema de peaje iraní sería inaceptable. EE.UU. tiene razón en que las implicaciones para la libertad de navegación en todo el mundo y para el equilibrio de poder en el Medio Oriente serían nefastas. Una sola nación, Irán, tendría un lucrativo control sobre los suministros mundiales de petróleo y gas, lo que la convertiría en una versión más extrema y concentrada del cártel de productores de petróleo de la OPEP. Podría utilizar esos ingresos para reconstruir sus redes de aliados y su programa nuclear.
Negociar el fin de la guerra —y la crisis energética que está provocando— requerirá visión estratégica, paciencia y la capacidad de comprender las concesiones mutuas y de forjar alianzas. Todas ésas son cualidades de las que carece Trump. Qué desastre.
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