Príncipes populares hubo y hay varios —los hijos de Carlos de Inglaterra, Felipe de España en su momento, son algunos. Pero si se piensa en quiénes han sido las princesas, nacidas como tales, más populares de las últimas décadas, las que crecieron a la vista del mundo pasando de niñas a adolescentes, de chicas graciosas a jóvenes rebeldes y casaderas, de novias de blanco a protagonistas de escándalos y amoríos ocultos, de madres a abuelas, de solteras codiciadas a princesas serenas, el nombre que surge es uno, quizás dos.
Carolina de Mónaco —y en menor medida, después, su hermana Estefanía— es, tal vez, la más importante de las últimas décadas, de las últimas seis décadas para ser exactos, porque el próximo lunes 23 la primogénita del príncipe Rainiero y la princesa Grace cumple 60 años.
Lejos de aquella joven que en los 70 y 80 fue la favorita de las revistas del corazón, tanto por su belleza como por sus conquistas y desencantos amorosos, y también sus momentos más tristes, hoy Carolina es una princesa discreta, que se mantiene igual de elegante y sofisticada que siempre, pero con una presencia potenciada por el allure y la sabiduría que le han dado una vida en continua exposición.
Entre su apartamento en París y Montecarlo, para acompañar a su hermano Alberto —casado y padre de gemelos— y actual Príncipe de Mónaco, Carolina disfruta de una existencia tranquila y atenta a sus cuatro hijos —Carlota, Andrea y Pierre Casiraghi, y Alexandra de Hannover— y sus tres nietos, ya separada de su tercer marido, de cuna noble pero con fama de agresivo y demasiado aficionado a la noche.
La primogénita. Cuando la primera hija del príncipe Rainiero (1923-2005) y la actriz Grace Kelly (1929-1982) nació el 23 de enero de 1957 con el nombre de Caroline Louise Marguerite Grimaldi, la niña fue, durante 14 meses, la heredera del trono de su padre. Su nacimiento liberó al pequeño Principado de la posibilidad de perder la soberanía porque, según establecía un tratado de 1918, Francia sumaría Mónaco a su territorio si los Grimaldi no pudieran garantizar la descendencia. Como el pequeño Estado da preeminencia a los hijos varones, en 1958 el beneficio de la herencia pasó a su hermano Alberto.
Carolina fue educada en el palacio y luego asistió al colegio monegasco Las Damas de San Mauro, mientras en verano viajaba a EEUU para visitar a la familia de su madre e ir a campamentos. Con 18 años se mudó a París a estudiar Filosofía en La Sorbona (la misma carrera que décadas después eligió su hija Carlota, también en la misma casa de estudios). Fue entonces que la vida de Carolina comenzó a llamar más la atención de la prensa rosa. A los 19 años conoció al play boy Philippe Junot, 16 años mayor que ella. El vínculo no les gustó nada a Rainiero y a Grace; ellos querían al entonces codiciado príncipe Carlos de Inglaterra, pero entre ambos no hubo química.
Después de unas fotos comprometedoras que aparecieron en la prensa y para acallar rumores, los padres aprobaron la unión y Carolina, de 21 años, se casó con Philippe el 29 de junio de 1978. Hubo un festejo popular de tres días, una ceremonia civil, un baile para 800 personas y una boda religiosa a la que asistieron Ava Gardner, Frank Sinatra y Cary Grant, además de representantes de casas reales y autoridades de gobiernos de toda Europa.
Pero dos años después, luego de rumores de infidelidad de ambas partes, la pareja se separó. Carolina y Philippe llegaron incluso al tribunal para pedir la anulación del matrimonio, necesaria en un Principado oficialmente católico. (Paradójicamente, 35 años después, su hija Carlota también se casó, sin el beneplácito de su madre, con un hombre 15 años mayor y bohemio —el actor marroquí Gad Elmaleh—, y se separó solo tres años después). Pero entonces la vida vertiginosa de la joven Carolina continuó hasta que en 1982, su madre, la princesa Grace, murió en un confuso accidente de auto mientras supuestamente iba al volante su hija Estefanía, entonces menor de edad, que resultó lesionada.
La vida loca menguó con la tragedia, pero los amores de la princesa siguieron siendo tema de conversación: tuvo un romance con el tenista argentino Guillermo Vilas y un noviazgo, promocionado pero tranquilo, con Robertino Rossellini, hijo del cineasta; hasta que finalmente llegó su gran amor.
El amor y la tragedia. El italiano Stefano Casiraghi tenía 24 años, pertenecía a una familia adinerada de Milán y estaba fuera del radar de la prensa rosa. “Un amigo común los reunió —a propósito— en un crucero a Cerdeña, y ahí brotó el amor”, recordó un artículo de “El Mundo” cuando Carolina cumplió 40.
La princesa, dos años mayor que él, y Stefano, se casaron en diciembre de 1983 por civil, porque estaba pendiente la anulación eclesiástica de su matrimonio con Junot. La boda fue en la Sala de los Espejos del Palacio monegasco junto a los familiares de ambos y algunos pocos invitados famosos.
Carolina —que se casó embarazada— y Stéfano formaron una familia modelo en la realeza europea. Juntos tuvieron tres hijos: Andrea (1984), Carlota (1986) y Pierre (1987), y fueron felices. Pero todo terminó en tragedia cuando en 1990 Stefano murió al chocar su embarcación mientras buscaba revalidar el título de campeón del mundo de off-shore. Destrozada, Carolina se fue a vivir con sus hijos al pequeño pueblo Saint-Rémy-de-Provence, y allí guardó luto durante seis años.
Fue entonces cuando Carolina asumió definitivamente su rol de madre y princesa discreta, casi triste, se diría. De todos modos, en su retiro convivió con el actor francés Vincent Lindon durante varios años. Hasta que la princesa renació y regresó a París. Allí, dicen, se reencontró con un viejo amigo, el príncipe Ernst August de Hannover, duque de Brunswick y Luneburg, que en esos momentos estaba casado con Chantal Hochuli. La relación entre ellos comenzó en secreto hasta que el príncipe se divorció y se casó con Carolina. En 1999, la boda nuevamente fue en el Palacio de Mónaco, y ese mismo año nació Alexandra Charlotte Ulrike Maryam Virginia de Hannover Grimaldi.
De las fiestas a París. Con Ernesto, la princesa volvió a tener una vida social intensa, regada de alcohol y con una apretada agenda de fiestas. Pero ese ritmo fue demasiado para Carolina, que ya no era la misma de su juventud. “Los excesos del alemán, su vida desordenada y las borracheras hicieron poner distancia a Carolina”, escribieron las revistas, como “Vanity Fair”, hace unos años. La pareja hoy sigue casada pero desde 2009 ya no convive. Eso, dice la publicación, le permite a Carolina “ostentar el título de princesa de Hannover, un estatus mucho mayor que el de los Grimaldi”.
La princesa sigue vinculada con las actividades oficiales de Mónaco y mantiene la imagen familiar acompañando a su hermano. Públicamente, suele aparecer con sus hijos y sus nietos: Sasha (2013) e India (2015), hijos de Andrea y Tatiana Santo Domingo; y Raphaël (2013), hijo de Carlota y Gad Elmaleh.
Como parte de su actividad protocolar, dirige la Asociación Mundial de Amigos de la Infancia de Mónaco (Amade), una ONG que fundó su madre; pero además, ella misma creó, en 1981, la organización Jeune J’écoute, un servicio telefónico para ayudar a jóvenes. También fundó el Ballet de Montecarlo y fue presidenta de la Orquesta Filarmónica y de la Ópera de esa ciudad, entre otras organizaciones culturales y sociales del Principado.
Por otro lado, sigue participando en eventos de moda, un vínculo que le ha dado sólidas amistades, como el modista Karl Lagerfeld y la exmodelo Inès de la Fressange, entre otros. En ese universo no solo es invitada a los desfiles sino que también es convocada como jurado.
Las revistas europeas detallan que actualmente Carolina pasa largas temporadas sola en su apartamento de la elegante Avenue Foch de París haciendo una vida muy sencilla. Nuevos amores no han trascendido, pero nada está dicho: la princesa es y será un espíritu joven.